Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 31 de mayo de 2009 Num: 743

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Adriana Yáñez: entre filosofía y poesía
LUIS TAMAYO

Al compás de la OCDE (educación y cultura en México)
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Danilo Kis o el arte de mentir verazmente
GUY SCARPETTA

Reflexiones de Sándor Márai

La filosofía en tiempos panistas
ÁNGEL XOLOCOTZI YÁÑEZ

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Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
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Mentiras Transparentes
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Minotastasio y su familia

A Esmeralda y Miriam, por la generosidad y el afecto

Es natural el derecho de toda generación a rescribir a los clásicos, la vocación por retrotraerlos al presente, por confrontarlos críticamente, por conversar con ellos y con sus connotaciones más allá de la bruma del tiempo y la distancia. En esa relación pendular entre el palimpsesto y la autonomía se inscriben empresas como la encomendada a Luis Martín Solís por parte del Centro Cultural Tijuana –cuya situación, al momento de escribir estas líneas, permanecía en la incertidumbre, ante el nombramiento de un director totalmente ajeno a la vida de una comunidad pujante e indispensable en la vida cultural del país–: la reposición, tras casi treinta años, de un texto señero en la historia de la dramaturgia mexicana, en particular la de títeres. Casi tres décadas después del mítico montaje de su propio autor en colaboración con el grupo Sombras Blancas, el director guanajuatense ha estrenado en la Sala de Espectáculos del cecut su versión de Minotastasio y su familia, de Hugo Hiriart, la tercera coproducción entre el centro tijuanense y el inba en igual número de años.

Se sabe de la predilección y del interés de Solís por el teatro de títeres; vale recordar algunos de sus montajes en este género e incluso sus labores como investigador, en particular su aportación como antologador y presentador de Teatro de títeres, volumen editado por Ediciones El Milagro hace algunos años. No obstante, Luis Martín se ha decantado por trabajar su puesta exclusivamente con actores, lo que en esencia puede verse como un desmarque de la tesis que él mismo esgrimía en el prefacio de aquella antología, en la cual apostaba por diferenciar radicalmente la textualidad dramática para actores de aquella gestada para el teatro para objetos. Aquí Solís contradice sutilmente su tesis al corroborar que las posibilidades de la dramaturgia para títeres son tan ilimitadas o tan convencionales como cualquiera otra.


Escenas de Minotastasio y su familia Fotos: Alfonso Lorenzana

Luis Martín ha emprendido un proyecto que se quiere interdisciplinario, consciente acaso del variado potencial artístico que se suscita en la ciudad fronteriza, y ha incorporado a un grupo de artistas especializados en diversas manifestaciones. A ello pudiera obedecer la inclusión de la soprano Norma Navarrete, cuya voz y presencia escénica acompañan las transiciones, o la de Jorge Peña, Carlos Acevedo y Javier Martínez como músicos en vivo, ejecutando la partitura del propio Peña, cercana por momentos a una tesitura rockera pese a soportar una voz educada en contextos evidentemente más clásicos. Y si en este sentido, el de la diversificación estética, la actualización de Solís se antoja aún tímida e inconclusa, su reescritura alcanza tesituras más estimulantes en otros aspectos. En particular el tonal: Minotastasio (Héctor Hernández) es un minotauro que simboliza menos el erotismo masculino que la inocencia de un niño cautiva en el cuerpo de una bestia, y el Teseo de Daniel Rojo coquetea con el clown que habilita un personaje aquí abordado como una víctima inconsciente de los designios femeninos más que como el macho salvador del claustro asfixiante de las hermanas Ariadna (Cairo Bermúdez) y Fedra (Yelina Rodríguez). El espectro tonal no se perpetúa, sin embargo, en la comedia fársica, como la dramaturgia de Hiriart dispone; antes hay una recarga en tonos mucho más graves, en un regreso a la tragedia intrínseca en el mito antes que a la vuelta de tuerca fársica tan cara a la escritura hiriartiana. Allí entonces la virtud mayor de un montaje cuya economía de recursos y austeridad en el diseño escenográfico (a cargo de Manuel Sánchez Rubio) todavía espera por una habitación espacial realmente plena de un elenco cuya integración como conjunto, ya en estreno, es innegable, aun cuando se haya percibido cierta rigidez tempo-rítmica que quizás el correr de las funciones contribuya a erradicar. Lo anterior, así como una mayor compenetración emocional de Adolfo Madera en el papel del Doctor –en contraste notorio con Hilda Sánchez, que reviste a Pasifae con el peso de una maternidad milenaria y por ello mismo contradictoria y asfixiante–, han de ser los aspectos perfectibles de una iniciativa que ha logrado amalgamar los talentos del noroeste y del centro en una empresa común y orgánica, certeza que no debiera pasarse por alto en ningún estrato de la política cultural de esta nación.