Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 7 de junio de 2009 Num: 744

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

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ROMÁN GUBERN

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ALFONSO GUERRA

Joseph Renau: Yo no he esperado, he vivido
ESTHER ANDRADI

Columnas:
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Paso a Retirarme
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Ana García Bergua

Los chistes y la muerte

Una mujer de cuarenta años, agobiada por el dolor de haber perdido a su hijo, y un niño solitario de doce, columpiándose en el tránsito de la pubertad y la separación de los padres, se encuentran en un cementerio al que el niño acude todos los días para buscar su nombre en las tumbas y empiezan una relación que se podría llamar amorosa. Esa sería la premisa de Emilio, los chistes y la muerte, la que se anuncia como primera novela de Fabio Morábito (Anagrama, 2009). En efecto, podría decirse que es su primera novela para adultos, aunque hay en esto cierta ambigüedad, ya que además de sus libros de poemas, ensayos y relatos, Fabio Morábito tiene publicada una novela para niños, Cuando las panteras no eran negras (Siruela 1996) y es interesante ver cómo Emilio, los chistes y la muerte conserva el tono de una larga fábula juvenil, apegada al espíritu de su joven protagonista. Se podría decir que el libro borda entre la inocencia y la dureza: Emilio enfrenta peligros en la novela y, como todo protagonista de una novela para jóvenes, debe superar una prueba para crecer. Este tono, al que podríamos llamar transparente, permite a Morábito mostrar las oscuridades de la sexualidad y las intuiciones de la vida adulta de frente, de una manera empática y comprensiva con los personajes, a ratos enternecedora, sin quitarles por ello su naturaleza inquietante y aterradora, ni añadirles la más mínima cursilería.

Emilio, los chistes y la muerte plantea muchas inquietudes, entre ellas la de la naturaleza del cuerpo como algo que se domina y se entrega, o algo que nos arrastra hacia los otros, sin que exista un límite claro entre ambas posibilidades. La fragilidad en que se encuentra Eurídice, la masajista de cuarenta años que “afloja” a sus clientas para sus maridos bestias y exigentes, la hace dejarse besar y tocar no sólo por Emilio, sino por otros habitantes del cementerio, e incluso hace que Emilio fantasee en una probable relación entre ella y su padre. A su vez, la madre de Emilio se deja masajear por Eurídice con un abandono que al niño lo escandaliza. Emilio observa cómo el cuerpo es, finalmente, algo oscuro y caprichoso, un misterio que hay que aprender, practicar incluso con aquel que parece una niña o con esta mujer que se asemeja a su madre pero no es. Algo distinto y a la vez cercano a los miles de cuerpos encerrados en el cementerio, cuyos nombres aprende a pesar suyo, buscando el propio en silencio: no vaya a ser que los muertos, al saber un nombre que les falta, lo deseen y lo maten para tenerlo.

“–Porque estoy buscando mi nombre. No puedo leer ningún nombre sin aprendérmelo enseguida. Se llama incontinencia mnemónica. El doctor dice que es algo que desaparece con el crecimiento. Parece que no dejo fluir las palabras.

–¿Cómo que no las dejas fluir?

–Sí, tengo que aprender a no hundirme, a quedarme en mi lugar.

[…]

–A mí me pasa lo mismo, pero no con las palabras, sino con las personas: me hundo, voy enseguida al fondo, como si resbalara. –Volvió a mirarse los zapatos–: Creo que por eso doy masajes. Sólo cuando la gente se quita la ropa y se deja tocar, me siento cómoda y entiendo dónde estoy.”

Este fondo al que temen resbalar Emilio y a Eurídice –y hay también una referencia expresa a la leyenda de Orfeo–, este fondo complejo y abismal que son, a fin de cuentas, las relaciones entre humanos, es el que provoca la unión y la complicidad entre Emilio y Eurídice, y los ayuda en el difícil tránsito entre los muertos: el tránsito del duelo, en el caso de ella, la muerte de la niñez y del amor entre los padres, en el de Emilio.

Desde Lotes baldíos, Fabio Morábito ha mostrado una predilección por ciertas zonas de urbanización que no sobresalen, zonas deprimidas que en su melancolía guardan sin embargo algo inquietante, como las piedras que esconden serpientes venenosas. El cementerio de Emilio, los chistes y la muerte no es un cementerio espectacular, ni abandonado; carece de prestigio romántico, pero, guarda la mítica desolación de las ruinas antiguas donde los personajes abandonan sus referencias para escenificar una historia humana intemporal, alejada de fáciles interpretaciones morales, pero también del escándalo de una Lolita, pues no es ése el centro de la novela. En Emilio, los chistes y la muerte, la impresionante destreza narrativa de Fabio Morábito se transforma en la de un delicado equilibrista que ayuda a sus personajes y al lector a cruzar el abismo sobre una cuerda floja. Es, como dije, una larga fábula, al final de la cual queda uno con más preguntas que respuestas.