Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 14 de junio de 2009 Num: 745

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Las otras mujeres
ANDREA BLANQUÉ

Chipre '74
LINA KÁSDAGLY

Las andanzas del marxismo tropical
LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

Che Guevara: una política de la transfiguración
GUSTAVO OGARRIO

Adiós al papel… periódico
ROBERTO GARZA ITURBIDE

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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JUAN VICENTE MELO O EL AMOR A FLOR DE PIEL

JORGE ALLER


Los muros enemigos,
Juan Vicente Melo,
Universidad Veracruzana,
México, 2009.

Juan Vicente Melo (Veracruz, 1932-1996) estudió medicina en la unam y, becado por el gobierno francés, se especializó en dermatología en un hospital de París, cuya estadía aprovechó para estudiar, en La Sorbona , literatura francesa contemporánea; además estudió piano y era melómano y crítico musical. El mismo año, 1956, en que se tituló de médico, publicó su primera obra, el libro de cuentos La noche alucinada, del que le envió un ejemplar a León Felipe. Hay que destacar, asimismo, su labor de difusor de la cultura: fue director de la Casa del Lago (1963-1967), cuando esta institución alcanzó su máximo apogeo, y del Museo de la Ciudad en Veracruz, y estuvo encargado del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Veracruzana y de la dirección de la revista universitaria La Palabra y el Hombre (1977-1979), sin olvidar su participación en otras revistas y suplementos culturales mexicanos.

Además del ya citado La noche alucinada , Melo escribió los libros de cuentos Los muros enemigos (1962), Fin de semana (1964), El agua cae en otra fuente (1985) y El festín de la araña (1966, relato largo); la autobiografía Juan Vicente Melo (1966); dos novelas, La obediencia nocturna (1969) y La rueca de Onfalia (1996, obra póstuma), y el ensayo Notas sin música (1990), que reúne sus artículos críticos escritos a lo largo de varias décadas acerca de la vida musical en México a partir de los años sesenta. Finalmente, dejó un libro de cuentos inédito, Al aire libre, que se publicó en 1997.

No es de extrañar que Melo –médico de profesión (como su padre) y escritor por destino, apasionado por la música, con una sensibilidad exquisita y una sexualidad diversa cuando aún no era aceptada esa diversidad (por cuyo motivo fue destituido de su cargo de director de la Casa del Lago en 1967), con una personalidad conflictiva y atormentada que lo llevó a buscar refugio en el alcohol y el tabaco– se volcara en la literatura. Él mismo dice en su autobiografía que escribe para participar en otra realidad, porque ésta, en la que vive, le resulta intolerable. Para él escribir es “seguir inventando lo no dicho”.

Esta personalidad ha quedado reflejada en sus libros y en sus personajes, cuya soledad vital los lleva a debatirse entre el desamparo y la persecución de un amor imposible. Los personajes de los cinco cuentos de Los muros enemigos, libro del que vamos a hablar aquí, están particularmente impregnados de este sino: viven el presente como instantes o fragmentos de vida en los que arrecia la soledad de la que no pueden desprenderse, mientras buscan el amor en el pasado como una forma de escapar del fatal presente.

En la carta en que León Felipe le comenta lo que piensa de su primer libro aparece esta frase: “Todo tiende en usted al poema, más que al cuento.” Ya sabemos que el cuento, por definición, tiene que contar una historia. Y en los cuentos de Los muros enemigos (similares a los de La noche alucinada, libro al que se refiere el poeta) se puede decir que las historias son, a veces, mínimas, pero existen. Lo que ocurre es que Melo siempre estuvo preocupado por el lenguaje, por el modo de decir, por el ritmo, la cadencia y la musicalidad de las palabras y las frases, haciendo de cada cuento un poema. Es así como crea atmósferas enrarecidas, a veces asfixiantes.

Veamos un ejemplo. El comienzo de “Música de cámara”, el primer cuento del libro, suena así: “Una gota. Primero una sola gota: delgada, minúscula, incolora. Y en seguida un silencio largo como su encierro callado de años inmóviles. Y luego otra gota, otra, otra más, delgadas e incoloramente minúsculas, golpeando tan calladamente los cristales que apenas se pueden escuchar. Sonríe.” Se trata de la primera lluvia del año, aún indecisa, casi inexistente, pero cuya indudable presencia, en ese “primer lunes después de tantos años”, anuncia el cambio inminente que se va a producir en la protagonista, la cual, para más ambigüedad, carece de nombre. Escuchemos ahora el final de este relato: “Entonces se vestirá, se pintará la boca, […] y caminará entre los charcos de la calle, caminará por el primer lunes mojado de lluvia fresca, […] al encuentro de un desconocido que se acerque a preguntarle preguntas sin sentido, […] caminará al encuentro de palabras no dichas, de otras calles, de sus dieciséis años interrumpidos un día de sol a la salida de la escuela, al encuentro de una nueva, rotunda, feroz batalla victoriosa.” Saldrá a la búsqueda de un nuevo amor añorando el que conoció en su adolescencia.

Entre una cita y la otra se desarrolla la historia, un tanto velada, desdibujada quizá, en la que la protagonista se sacude el presente, rutinario, inútil, sin sorpresas, y se pone en movimiento; recuerda y analiza su vida y entonces decide cambiar. Y todo comienza al contemplar esa primera lluvia en el cristal, indecisa, casi muda, que le devuelve la sonrisa olvidada. El lenguaje es particularmente poético y sonoro, táctil, sensual y sensitivo, dérmico, hasta erótico. “Música de cámara” me parece un cuento maravilloso.

Veamos el segundo, titulado “Estela”: “Dibujó una letra, una figura, un signo; los ojos siguiendo el trazo, el dedo manchado de nicotina, la ceniza que comienza a caer del cigarro. Estela, dijo en voz baja, casi sin darse cuenta, insinuando apenas las sílabas, paladeándolas […] tarareando la melodía de las letras, la alegría de la música del nombre que sube y baja.” Esta cita, casi al inicio del cuento, se refiere a la amada inexistente, fetichizada en una vieja fotografía de un periódico, tal vez su amor de adolescencia también, que se ha convertido, en la adultez, en una obsesión, para terminar, finalmente, transfiriéndolo a una persona real que está a su lado: “Alguien lo tomó del brazo. Pensó en aquel gesto de Estela, en el ritual de los lunes, encerrado en el cuarto de baño. La mujer-ratón apretaba con fuerza su brazo. Vamos, ordenó con voz nueva. Ella lo miró, segura ya de su triunfo. Se veía bonita mientras avanzaban por el largo corredor abandonado.”

El tercer cuento, “Los muros enemigos”, es el más trágico de todos; sin duda alguna, el entorno poético en el que va avanzando la historia multiplica su dramatismo. Del mismo modo que el ambiente bélico que la provoca acrecienta su crueldad. Aquí la atmósfera se vuelve asfixiante: el hijo adolescente recibe de su padre el encargo de matar con saña a su madre porque ésta le descubre su escondite al general, que lo busca para llevarlo a la guerra, mientras la hace suya con el beneplácito de ella. Se trata, en último término, de la irremediable maldad humana.

Y así podríamos seguir con los demás cuentos. En este libro aparecen algunas variantes del amor humano, con sus imperfecciones y simulacros, con sus resplandores y oscuridades, con sus alrededores y circunvalaciones. En él, Juan Vicente Melo abarca algunas desviaciones del amor, algunas perversiones también, arañando en la parte oscura del ser humano, para presentar a sus personajes sin moralismos ni condenas previas, para mostrarnos cómo reaccionan en situaciones límite.

Apunta Tolstói que lo que buscamos en una obra de arte es la revelación del alma del artista. El alma de Melo, tortuosa, atormentada, sufriente, se expresa a través de una escritura llena de musicalidad, de poder de sugerencia, de evocación, de poesía, de ambigüedad, de misterio, que son las condiciones superiores del arte verdadero.

A lo que podríamos añadirle lo que comenta, de la obra de Melo, Vladimiro Rivas Iturralde en su tan atinado artículo titulado “Juan Vicente Melo” ( Letras Libres, septiembre de 2000), cuya lectura gratamente recomendamos : “No estoy seguro de que […] haya propiamente anécdota, sino elementos que se combinan, se repiten, se oponen, se metamorfosean. Una de las grandes habilidades de Melo consiste en combinar unos pocos elementos para producir esa obra de arte […] Los combina, precisemos, de un modo musical. Escribe casi como si compusiera música.” Aunque esos mismos elementos de los que habla Rivas Iturralde son los que, a medida que avanza la narración, van conformando la historia.

Por eso, Los muros enemigos es un libro escrito especialmente para ser leído en voz alta, saboreando el ritmo, las palabras, los acentos. Su escritura es tan densa que casi se mastica como un manjar, tan sensitiva que se estruja contra el paladar, tan sensual que llega a rozar la piel. Su lectura se convierte así en un acto físico, animal; y también en un acto musical, sonoro, con un ritmo conseguido al escribir escuchando. Sus repeticiones vuelven la escritura serpenteante, en una progresión que avanza y retrocede y vuelve a avanzar, de modo que de ella se prenden todos los sentidos. Tal vez sólo así podamos saborear cada uno de sus ingredientes (las palabras), y cada uno de sus condimentos (los signos de puntuación).

Sobre la infortunada inclusión en esta nueva edición del fragmento de la reseña escrita por Gustavo Sáinz en 1962, pensamos, con Juan Javier Mora Rivera en su escrito “Juan Vicente Melo: injusto es el olvido”, que “presentar a Gustavo Sáinz como uno de tus lectores atentos y eficaces resulta algo falso, equivocado, sin argumento alguno [...] Quien hubiera leído tu Autobiografía sabría que Sáinz formaba parte del grupo de La Onda , quien decidió emprender una actitud de enfrentamiento contra tu generación, la del Medio Siglo o Casa del Lago. […] Sáinz publicó una reseña poco profesional, donde lo visceral imperaba sobre la evaluación a tu escritura. Ahora, el editor responsable de Los muros enemigos de 2007 cita fragmentos de esa reseña visceral, despojando a la nota original de sus intenciones primeras. En descargo tuyo, Juan Vicente, Gustavo Sáinz no ha escrito obra alguna tan reveladora y trascendente como las que conforman tu bibliografía y su figura literaria no hace siquiera sombra a ti o a alguno de tu generación. ”

Juan Vicente Melo –perteneciente a la denominada Generación de Medio Siglo, el grupo de Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Inés Arredondo, Sergio Pitol, Rosario Castellanos, Sergio Galindo, Juan Rulfo, José de la Colina , Huberto Batis, Juan José Arreola, Tomás Segovia y otros– es un escritor que no recibió en su momento el reconocimiento que su literatura se merece. Deseamos que muy pronto su obra ocupe, por fin, el lugar que le corresponde en las letras mexicanas del siglo xx.


DE LA INTERPRETACIÓN

RAÚL OLVERA MIJARES


Perfiles esenciales de la hermenéutica,
Mauricio Beuchot,
Fondo de Cultura Económica,
México, 2009.

Cuando se considera la historia del pensamiento de Occidente la figura que se estampa en la mente no es una línea recta sino una espiral. En efecto, en círculos concéntricos se recorre el mismo terreno, es decir se avanza en profundidad. La mayor parte de las disciplinas filosóficas se encuentran en ese gran sistematizador y taxónomo que fue Aristóteles. Los grandes cambios en el pensamiento --esa revolución copernicana que Kant pretendió instaurar como rasgo de la modernidad-- son nuevos mapas de un territorio antiguo. Nuevos, no en el sentido de inéditos o no conocidos; nuevo es más bien el énfasis o, si se quiere, el sentido, ese Sinn de la Begriffsschrift de Frege, no el significado o Bedeutung . Frege decía que expresiones como “el lucero de la mañana”, der Morgenstern, y “el lucero de la tarde”, der Abendstern, tenían el mismo significado o extensión, es decir mentaban el mismo objeto --el planeta Venus-- pero lo hacían con otro sentido, con otra intención.

Un cambio de sentido semejante o análogo parece darse cuando Kant hace de la teoría del conocimiento el organon de su sistema, acotando así a la lógica y la ontología, volviéndolas necesitadas de justificación. La acusación de idealismo, subjetivismo y relativismo se alzó desde entonces y no fue sino hasta que Trendelenburg en Berlín tomó como alumno a Franz Brentano y que éste diseminó su semilla aristotélica. De Heidegger, un mal pupilo de Husserl bastante influido por atavismos kantianos y veleidades poéticas, procede Hans Georg Gadamer, uno de los consagradores del término hermenéutica. Una idea encomiable de Gadamer es el apego a los textos filosóficos mismos, el zurück zu den Sachen selbst husserliano actualizado como una auténtica vuelta a los escritos originales de los filósofos, añadiendo varias epojés o puestas entre paréntesis de prejuicios históricos y conceptuales.

De Aristóteles también quiere desprenderse aquella valiosa clasificación entre los términos y su significado en unívocos, equívocos y análogos, complementados con las nociones de emisor, receptor, código y mensaje. Se trataría ahora de salir alegremente al mundo e interpretarlo, “leer en el gran libro de la naturaleza”, pero no como quería sir Isaac Newton, con un aparato unívoco, trasparente, exacto: las matemáticas. Como escribía Schleiermacher, maestro de Trendelenburg, en esas espesuras de los textos y de hallarles sentido no hay más que Gefühl , buen gusto, olfato, tino o phronesis y Gadamer no se cansó de aconsejar. ¿Qué mejor método se quiere? Si es que la sapiencia o la sabiduría de las abuelas puede llamarse método. Los iniciados en la hermenéutica dicen que es un arte y una ciencia a la vez, poniendo de relieve su carácter práctico o de reglas de manejo para los usuarios y su inclinación por apadrinar a la metafísica o más bien servirle de fámula o heraldo para lograr que se la acepte de nuevo en la jerga académica.



La isla de las breves ausencias,
Francisco Hernández,
Almadía,
México, 2009.

Como Robinson Defoe, protagonista de las ausencias que pueblan este poemario, o como Ulises mismo, Francisco Hernández deja aquí el nuevo trazo de una singladura verbal que, hace ya más de tres décadas, saliera del puerto para extraviarse en el gozo lo mismo que en el dolor, al timón de un navío con el que ha sabido surcar aguas donde otros no han encontrado más que zozobra, en todos los sentidos de la palabra.



Otra cebolla de cristal,
Eduardo Langagne,
Ficticia/Dirección de Literatura UNAM,
México, 2009.

Un cuento por cada una de las horas del día, pues hay que considerar “Alejandrina remixed” como una historia más, y a manera de las capas concéntricas de una cebolla –pero de cristal, como la que Lennon nos ofreciera hace exactamente cuatro décadas–, componen este libro deleitable del poeta, letrista y guionista Langagne, autor entre otros muchos del también recientísimo Lo que pasó esto fue y Decíamos ayer... (poesía 1980-2000) .



El mundo y sus guerras,
Raúl Sohr,
Debate,
México, 2009.

Esta es la primera edición en México –las tres anteriores se produjeron en Chile, país natal del autor– del ensayo que Sohr publicara por primera vez en 2007 acerca de la globalización, tema a veces hipertrofiado y ampuloso que aquí se analiza con la rigurosidad y el talento analítico de un periodista que, además de sociólogo, se especializa “en temas de seguridad y defensa estratégica”.