Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 14 de junio de 2009 Num: 745

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Las otras mujeres
ANDREA BLANQUÉ

Chipre '74
LINA KÁSDAGLY

Las andanzas del marxismo tropical
LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

Che Guevara: una política de la transfiguración
GUSTAVO OGARRIO

Adiós al papel… periódico
ROBERTO GARZA ITURBIDE

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
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Mentiras Transparentes
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Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Marco Antonio Campos

La isla de las breves ausencias

Ningún lector de poesía mexicana ignora que Francisco Hernández ha buscado en varios de sus libros recrear intensamente vidas de grandes artistas desdichados donde de alguna manera se encuentran imágenes y sombras de la suya: del músico Schumann, de los poetas Friedrich Hölderlin y Georg Trakl, del fotógrafo Charles B. White, o desde un ángulo del todo opuesto, con el seudónimo Mardonio Sinta, escribir, en la mejor tradición veracruzana, coplas deliciosamente lúdicas y sensuales. Alguna vez me he preguntado si es mera coincidencia o una afinidad inconsciente, por ejemplo (no estoy haciendo comparaciones), que Francisco Hernández tenga las mismas iniciales de su venerado Friedrich Hölderlin, o que, como el Sebastián de Georg Trakl, acabe lanzándose o acaben lanzándole una multitud de flechas sobre el cuerpo.

Si nos atenemos a los primeros versos del primer poema, el libro de Hernández, La isla de las breves ausencias –que publicó hace unas semanas en una bellísima edición la editorial Almadía–, es el mapa de una isla que figuradamente puede ser el mundo, donde habita Robinson Defoe, combinación de autor y personaje (Daniel Defoe-Robinson Crusoe), o quizá alguien que utilice ese nombre, pero se llame Francisco Hernández, que conoce a diario la pena, el vacío o padece una náusea sin fin en la soledad más extrema. El triste solitario del libro ignora cuánto tiempo lleva en esa isla, pero sabe que ni para él ni para nadie hay escapatoria. “El desenvolvimiento o la pérdida son la única diferencia/ entre el ser y el cero humano”, escribe Hernández.

Dijimos isla; debimos hablar de archipiélago. Hernández nos va haciendo saber los nombres de algunas islas próximas o distantes de la Isla de las Breves Ausencias, y las cuales son asimismo lugares de angustia y pavor: Fogata, que aparece y desaparece por años; Morgue, la cual es “visita obligada”; Lengua Sangrante, donde en una suerte de castigo dantesco debe uno morderse todo el tiempo la lengua; Redundancia, lugar santificado para la quincalla literaria; la Vieja Linterna , donde un ahorcado acaba transformándose en un péndulo, y Ayurvédica, “que jamás toca el agua que la rodea”.

Como Georg Trakl, hermano lejano en la hora y en la tierra, Hernández tiene una visión crepuscular de un mundo desmoronándose, y de un cerebro en desequilibrio del que se desviaron las líneas, pero en el cual de pronto surgen relampagueantes instantes mágicos. Las andanzas solitarias de Trakl en Salzburgo, Innsbruck y Viena, y del viejo Herr Scardanelli (Hölderlin) a las orillas del Neckar y en colinas y bosques de Tübingen, son las andanzas desesperanzadas del triste solitario del libro de Hernández, o emblemáticamente del mismo Hernández, que va con desalegría a donde lo lleven los pasos, sabiendo que encontrará, donde llegue, imágenes guillotinadas. En la isla –en las islas– se sabe que todo es pérdida, pero es mejor ignorarlo. Aun el cuerpo de la mujer sólo parece vivirse como bello recuerdo o ausencia.

Con precisión de cirujano, el bisturí de Hernández va abriendo cuerpo, corazón, cerebro y alma. Libro henchido de bellas y exactas imágenes, aun en los poemas menos logrados, hallamos lumbres abrasadoras, cortaduras llenas de pústulas, cisuras sangrantes. Más que il male di vivere, del que habló mucho la crítica en la obra de los poetas italianos del siglo xx, en la poesía de Hernández hay le petit mal, pero sobre todo le grand mal, que es a fin de cuentas la vida misma que se es incapaz de saber vivir.

En algún lugar de la Isla de las Breves Ausencias hay un obelisco en el que simbólicamente se lee, a través de jeroglíficos, momentos de la historia del archipiélago y de la vida del solitario. De una manera figurada, el obelisco es el mismo libro, y como el libro mismo desaparece.

Imaginativa y terrible, la poesía de Hernández no sólo emociona sino conmociona. Simbólicamente –no son pocas las referencias– La isla de las breves ausencias puede leerse asimismo como un libro del suicidio y la locura.