Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 21 de junio de 2009 Num: 746

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José Emilio Pacheco: la perdurable crónica de lo perdido
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La cultura y el laberinto del poder
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José Emilio Pacheco:
la perdurable crónica de lo perdido

Diego José


José Emilio Pacheco, noviembre de 2008. Foto: José Antonio López/ archivo La Jornada

Martin Heidegger considera a la misión del poeta como un testimonio de su “pertenencia a la tierra”. El sentido que Heidegger le atribuye a la poesía tiene que ver con la idea de adentrarse en las cosas para captar la vibración inspiradora de la realidad, es decir, hacer palpable la exaltación de pertenecer al mundo. Que la biografía de un poeta se encuentra en sus libros es –en el mejor de los casos– una afirmación cierta. La vida nutre a la literatura como las lecturas alimentan a la vida. José Emilio Pacheco es un hombre de letras porque ha vertido su experiencia en la literatura. Su obra puede apreciarse como la declaración de su situación en el mundo.

En la obra de José Emilio Pacheco se manifiesta que la función del poeta es la de consagrarse por completo a la existencia, como se lee en “Legítima defensa”: “Tenemos una sola cosa que describir:/ este mundo.” Claro que nuestro tiempo presenta signos evidentes de deterioro frente a los cuales apunta su poesía como un arma contra el olvido. Su obra alude a una honda sensación de la pérdida, donde lo único que permanece es lo que perdemos; así lo anuncia desde Los elementos de la noche (1958-1962): “Todo lo que has perdido, me dijeron, es tuyo.” Este tenor evoca lo transitorio y roza la memoria con su lamento: El mundo suena hueco. En su corteza/ha crecido el temor. Alguien, a veces/ puede creerse vivo. Pero el tiempo/ le quitará el orgullo y en su boca/hará crecer el polvo, ese lenguaje/ que hablan todas las cosas.”

Esta sensación inflama El reposo del fuego (1963-1964), donde José Emilio Pacheco consigue integrar a su formalidad poética una correspondencia con sus preocupaciones temáticas: tiempo, historia, continuidad, destrucción y olvido. Escrito con el aguijón envenenado de la devastación, pero con la llama que purifica, este libro presenta al poema en su doble furor: devastar y purificar: devastador cuando su reflexión discurre, purificador cuando la emoción sacude al pensamiento: “Todo el mundo está en llamas./ Lo visible / arde y el ojo en llamas lo interroga. // Arde el fuego del odio. / Arde la usura. / Arde el dolor. / La pesadumbre es llama. / Y una hoguera es la angustia / en donde arden / todas las cosas: ”

El poeta es –directa e indirectamente– testigo, cronista y detractor de la condición humana. El devenir para José Emilio Pacheco se presenta como la inútil duración del momento y la historia como la funesta sucesión de la barbarie. Los versos iniciales de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1964-1968) demuestran lo que significa esta honda sensación por lo perdido: “Pertenezco a una era fugitiva, mundo que se deshace ante mis ojos. ” Su voz es áspera y profunda: la purificación del fuego transformó el dolor en sentencia poética. Su incisiva mirada observa y conmina, su estandarte es la desilusión. Sus versos se densifican por el tono profético que adoptan, mas su profecía resulta melancólica, puesto que señala los efectos provocados por la devastación con una inusual capacidad lírica para nombrar el desastre: “Cuando todos se hallaban reunidos/ los hombres en armas de guerra cerraron/ las entradas, salidas y pasos./ Se alzaron los gritos./ Fue escuchado el estruendo de la muerte./ Manchó el aire el olor de la sangre.”

Irás y no volverás (1969-1972) es un libro donde la elegía es mecida por la nostalgia. La sensación de la pérdida muestra una pátina de amargura, la ironía hinca sus dientes y se entrevera una fisura en la historia. A través de dicha grieta, la visión de José Emilio Pacheco reconstruye una concepción fragmentada de la realidad: “Mi único tema es lo que ya no está./ Sólo parezco hablar de lo perdido./ Mi punzante estribillo es nunca más./ Y sin embargo amo este cambio perpetuo,/ este variar segundo tras segundo,/ porque sin él lo que llamamos vida/ sería de piedra.”

Es a partir de Islas a la deriva (1973-1975) donde expresa su encomio contra la historia. El poeta acude a la crónica para descubrir intersecciones, coincidencias y patrones que repiten el mismo ritual del desastre: cada época pretende sustituir a otra, borrar su pasado para que ningún vestigio le recuerde el horror sobre el que cimentó su conquista: “Gran cielo malva y en el fondo azulea/la tierra prometida por los muertos. Será/ bosque sólo plantado para cortar madera/ y campo de cultivo que alimente no sus bocas, las/ nuestras./ Pero ante todo el oro,/ piedra color de sol que es color de Dios./ Y sobre esta piedra/ fundaremos el Nuevo Mundo.”

Este libro nos ofrece una crítica de la transformación de México en su punzante revisión con el pasado: la historia nos devuelve sus ruinas para cuestionarnos. En Islas a la deriva, el poema consigna la debilidad afanosa del hombre que lo lleva a la necesidad de construir para permanecer.


De izquierda a derecha: Carlos Valdés,
Juan Rulfo, José Emilio Pacheco, Rosario Castellanos, Alberto Dallal, Juan García Ponce, 1964, Torre de Rectoría de la UNAM Foto cortesía del Archivo Ricardo Salazar-UNAM

Comenta Jorge Fernández Granados en su ensayo “José Emilio Pacheco, la negra fábula del tiempo”: “La historia, su pasión aborrecida pero irrenunciable, desfila envuelta con adjetivos de condena. La crónica se acerca así a la poesía y la poesía se sincroniza con el tema de la historia.” Esta violenta asimilación del relato histórico se opone radicalmente al orden natural y al poético, aparece como el relámpago que parte la noche pero que –por contraste– permite vislumbrar la plenitud de un orden y la ruptura del otro. José Emilio Pacheco también procede por contrastes y oposiciones, su mordaz crítica la efectúa, no desde el rechazo sino a partir del reconocimiento; sabe que la historia nos condena irremediablemente al devenir, es el corrosivo testimonio de nuestro paso por la tierra. Desde entonces (1975-1978) representa la culminación de esta visión crítica. Es quizá en este libro donde sus epigramas aciertan con especial virulencia, verdaderas piedras de toque para la conciencia tribal: “Otros dejaron a la posteridad/ grandes hazañas o equivocaciones.// Nosotros nada dejamos,/ ni siquiera espuma.”

Desde entonces es también el libro con mayor exploración en los recursos literarios. La última sección está compuesta por una serie de deslumbrante poder expresivo, en “Jardín de niños” se intuye la conciencia del nuevo orden frente a la inocencia perdida. Esta serie, rica en imágenes y revelaciones, adquiere un tono reflexivo sobre el oficio del poeta frente al mundo. Representa un giro en su conciencia poética y una confirmación de principios éticos: “El niño tiene la intuición de que no es preciso formar/ una secta o sentirse/ superior a los demás para hacer poesía./ La poesía se halla en la lengua,/ en su naturaleza misma está inscrita./ Y sus primeras frases son poéticas siempre./ Como un poeta azteca o chino,/ el niño de dos años se interroga y pregunta:/ –¿Adónde van los días que pasan?”

Los trabajos del mar (1979-1983) representa el cambio de la década del setenta al comienzo de los años ochenta, que a decir de Fernández Granados “fueron la consolidación de José Emilio Pacheco como figura intelectual protagónica de su país”. Encuentro en este libro un estilo decantado y pulcro, la aparente sencillez de los poemas reposa y fluye con seguridad sobre el acervo cultural del poeta. Las referencias literarias revisten el tono coloquial sin afectar u oscurecer su lirismo. Los poemas que integran Los trabajos del mar tienden a la narración y al discurso, el epigrama se convierte proverbialmente en una negra alegoría de corte bíblico: “Y en mi habitada soledad tuve tiempo/ Para reflexionar en la esperanza: algún día/ ¿nuestra vida ya no será, como la llamó Hobbes,/ tan sólo breve, brutal y siniestra?”

Obra descriptiva que sugiere el reconocimiento del caos como constante poética. En Los trabajos del mar, la consigna sirve como advertencia: el libro cierra con una especie de defensa contra la frivolidad contemporánea: “Extraño mundo el nuestro: cada día/ le interesan cada vez más los poetas;/ la poesía cada vez menos./ El poeta dejó de ser la voz de la tribu,/ aquel que habla por quienes no hablan./ Se ha vuelto nada más otro entertainer./ Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,/ sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,/ tienen asegurado el amplio público/ a quien ya no hace falta leer poemas.”

Esta conciencia de “ser la voz de la tribu” presenta a la poesía como un medio para enfrentarse al olvido y como un testimonio del horror que nos rodea. Ejemplo de esto es Miro la tierra (1984-1986) que representa la memoria del terremoto de 1985. La serie de poemas que conforman “Las ruinas de México (Elegía del retorno)” aparece como la desnuda crónica de un hachazo y proponen una catarsis histórica. Quebrantamiento y reconstrucción: sólo a partir del caos es posible reconocer el inquietante sentido de la desgracia. ¿Puede la desgracia poseer algún sentido? Sí: la poesía purifica lo insalvable, en eso consiste su cualidad curativa. Mediante el poder de evocación del lenguaje, el poema pone a las personas en contacto con el cuerpo de sus emociones, con su memoria y con su circunstancia: las dispone para abrirse con el otro en un acto de comunión afectiva. Simone Weil afirma en un breve ensayo sobre la desgracia que: “Sufrimiento, enseñanza y transformación. Es preciso, no que los iniciados aprendan algo, sino que se opere en ellos una transformación que les haga aptos para recibir la enseñanza.” Para José Emilio Pacheco, cuando experimentamos la devastación lo que sigue es la caída. En el vértigo habita la enseñanza, mas ésta será compartida porque ha quedado impresa en la memoria colectiva: el poema al evocar, conjura: “Cosmos es caos pero no lo sabíamos/ o no alcanzamos a entenderlo./ ¿El planeta al girar desciende/ en abismos de fuego helado?/ ¿Gira la tierra o cae? ¿Es la caída/ infinita el destino de la materia?”

O: “Hay que cerrar los ojos de los muertos/ porque vieron la muerte y nuestros ojos/ no resisten esa visión./ Al contemplarnos/ en esos ojos que nos miran sin vernos/ brota en el fondo nuestra propia muerte.”

Sorprende cómo logra nombrar el horror desde la belleza; a partir de la calma y el silencio nos enfrenta a una realidad descarnada. Sus navajas entran con suavidad en la epidermis de la memoria para impedir que el olvido nos engañe.

En muchos sentidos –Miro la tierra– recupera la profundidad poética de El reposo del fuego, pero con la voz firme y reposada de quien asimila la realidad y asienta sin dejar de sorprenderse ni otorgar concesiones: “Lo que ayer fue jardín es hoy desierto de hojas./ Ya se quemó el otoño, sólo perduran/ los árboles inermes en su hojarasca, su ruina./ Y pasado el invierno recobrarán su grandeza./En cambio los muertos/ ya no verán la otra primavera./La ciudad/ jamás renacerá como estas hojas.”


Foto: Yazmin Ortega Cortés/ archivo La Jornada

A diferencia del arrebato y la exaltación de Miro la tierra, su siguiente libro, Ciudad de la memoria (1986-1989) es el ahondamiento en la conciencia interior. El tono se suaviza como la calma que nace tras la furia. El poeta reflexiona desde el intrincado laberinto de la introspección, sabe que todo discurso es “aire tan sólo para que el aire lo borre”.

Poesía del retorno a los espacios íntimos de la memoria, la queja es ahora soliloquio. En el poema “Caracol” se aprecia, por su estructura decantada y su arrastrado ritmo, una inteligente descripción de la identidad del mexicano: su coraza y su palacio, su acosado laberinto y su fragilidad, sus afanes y escondites: “Nunca habrá nadie/ igual que tú,/ semejante a ti,/ hondo desconocido en tu soledad/ pues, como todos,/ eres lo que ocultas.”

La cualidad que conquista José Emilio Pacheco en este libro es la paradoja, si bien a lo largo de toda su creación poética está presente la contradicción, es a partir de ciertos poemas de Ciudad de la memoria que la paradoja resulta más que recurso retórico, categoría existencial: “Si vuelvo alguna vez por el camino andado/ no quiero hallar ni ruinas ni nostalgia.// Lo mejor es creer que pasó todo/como debía./ Y al final me queda/ una sola certeza:/ haber vivido.”

Este período anuncia un nuevo giro hacia la conciencia real de la impermanencia y el cambio como constantes de la realidad, pero donde, a mi parecer, el quebrantamiento finaliza dejando una cicatriz que no concede nada al olvido, es más, la memoria del desastre se traduce en escritura a partir del caos que, paradójicamente, edifica y reconstruye.

El amplio espectro que representa El silencio de la luna (1985-1996) sirve como recapitulación poética, no sólo por el hecho de reunir materiales anteriores a su última entrega, sino por la riqueza en cuanto a sus recursos. El cuidadoso dominio de las formas le otorga la posibilidad de diversificar los efectos poéticos: “No hay nada tan redondo y circular/ como el término nada./ En él Adán/ se dobla fetalmente, se da la vuelta/ como una rueda o un ovillo o un óvulo;// termina su función:/ entra en la nada.”

Poesía que busca deshebrar el lenguaje, no a la manera de Octavio Paz o de Haroldo de Campos, más bien el lenguaje como referente de la experiencia humana, que supone una transformación del objeto y de la conciencia del sujeto: el lenguaje como respuesta al caos: nuestro fallido intento por ordenar el mundo. Desde el más insignificante objeto hasta las grandes construcciones, la palabra delata la ambigua solidez de la materia y la efímera posibilidad de nombrarla. Como las termitas o la gota de agua, sus poemas erosionan el mundo: “Valiente en la medida de su maldad,/ la gota se arriesga/ a perforar la montaña/ en los próximos cien mil años.”

Su mordaz atrevimiento consiste en hacernos ver que el universo está en expansión, que sólo somos un instante y que todo regresa al origen: lo que surgió del caos se volverá nada. ¡Pero además lo dice hermosamente!: “Sólo es eterno el fuego que nos mira vivir./ Sólo perdura la ceniza./ Funda y fecunda la transformación,/ el incesante cambio que manda en todo.// Sólo el cambio no cambia y su permanencia/ es nuestra finitud.// Hay que aceptarla y asumirla: ser/ del instante,/ material dispuesto/ a seguir en la rueda del hoy aquí// y mañana en ninguna parte.”

El hombre que transita por las páginas de El silencio de la luna está descubriendo lo que del mundo queda. No puede negar su “pertenencia a la tierra”, ni sus antipatías y duelos, pero evoca la memoria y recolecta los restos de la historia para contemplar su perpetuo fluir.

La culminación de esta búsqueda o conciencia poética corresponde al libro La arena errante (1992-1998) que inaugura un diálogo con el lector, donde la erudición transita con mayor naturalidad y desenfado. En este sentido, los poemas de La arena errante recuerdan la punzante sensación de su primer libro: “Triste que todo pase.../ pero también qué dicha este gran cambio perpetuo./ Si pudiéramos/ detener el instante/ todo sería mucho más terrible.”

La arena errante es como el aletargado atardecer de un gran ciclo poético, ofrece destellos luminosos y profundos matices que nos remiten al esplendor de toda su obra. José Emilio Pacheco utiliza los objetos, las circunstancias, los animales, la memoria, las referencias literarias y los signos como pretexto para tejer y destejer su visión de lo caótico: “No tomes muy en serio/ lo que te dice la memoria.// A lo mejor no hubo esa tarde./ Quizá todo fue autoengaño./ La gran pasión sólo existió en tu deseo.// Quién te dice que no te está contando ficciones/ para alargar la prórroga del fin/ y sugerir que todo esto/ tuvo al menos algún sentido.”

Siglo Pasado (1999-2000) apunta nuevamente a la perdurable crónica de lo perdido: piel y memoria de cuanto abandonamos en la arena errante de nuestros desiertos. El libro sirve como última bitácora del anochecer del siglo xx; es una continuación del discurso propuesto en sus anteriores libros, pero con cierto laconismo melancólico que lo distingue: “Uno tras otro le devuelvo al mar/ los restos de las ruinas de mis naufragios./ Y me quedo en la orilla como un cangrejo/que no sabe ser pez ni araña/ y, por buscar la dulce oscuridad cavando en la arena,/ termina por morir en el agua hirviendo.”

La poesía de José Emilio Pacheco es probablemente uno de los testimonios mejor escritos de lo que significa nuestra “pertenencia a la tierra”. Me parece que de su vasta producción poética, reunida en Tarde o temprano: poemas 1958-2000, son sus libros esenciales: El reposo del fuego, Islas a la deriva, Miro la tierra, y El silencio de la luna. Los otros –a su manera importantes– son apuntes y confirmaciones de un mismo riesgo: escribir poesía, que es una forma de entender el naufragio que es la vida y que “tarde o temprano a todos nos espera”.