Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 21 de junio de 2009 Num: 746

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Bazar de asombros
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José Emilio Pacheco: la perdurable crónica de lo perdido
DIEGO JOSÉ

Jaime García Terrés: presente perpetuo
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Las andanzas de Gato Döring
MARCO ANTONIO CAMPOS

La cultura y el laberinto del poder
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Juan Domingo Argüelles

La vocación caníbal

Quienes hemos cometido el grave error de elogiar y, a veces, de sólo mencionar a un médico delante de otro médico, a un especialista en frente de otro especialista, sabemos muy bien que más grave aún es el error de elogiar o simplemente mencionar a un poeta delante de otro poeta y, en general, a un escritor en frente de otro escritor.

“¡Ese güey es el peor poeta del mundo: escribe con las nalgas!”, es una de las exclamaciones reprobatorias que se podrían escuchar, a manera de comentario crítico. Más allá de la imagen visual que nos formemos de ese ejercicio de escritura, lo que se quiere decir es que el aludido, a juicio del censor, escribe muy feo.

La vocación caníbal no es exclusiva del arte literario, pero es en el arte literario en donde encontró su mejor caldo de cultivo. Parecería que los venenos que destilan los seres humanos se concentran en el espíritu de los que escriben, y que se aguzan del modo más letal en la poesía.

Querella y disputa son consustanciales a la poesía y, más exactamente, a los poetas, como si en ello les fuera la vida. La guerra literaria y, especialmente, la guerra poética es así desde que existe la creación escrita. Con seguridad, nunca ha tenido tregua.

A propósito, por ejemplo, de las batallas que se libraron entre 1940 y 1941, por las presencias y omisiones en la antología Laurel –que enfrentó y enemistó a algunos de los mejores poetas de la lengua española–, Octavio Paz afirma que “la culpa la tuvieron las deplorables costumbres literarias que son parte de nuestra herencia. Apenas si es necesario recordar a Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Alarcón y los otros, arrojándose frascos de bilis y redomas de gargajos envenenados”.


Don Francisco de Quevedo

Sin embargo, tal quehacer no corresponde únicamente a la tradición española. Basta con ir a cualquier literatura para encontrar, a flor de texto, las diatribas, ofensas y dicterios que se lanzan entre sí los poetas y, en general, los autores, por el solo hecho de ser distintos o de tener diferentes búsquedas estéticas. La ofensa, la injuria, el escarnio y el ultraje relevan a la crítica literaria y hacen las veces del juicio poético.

Cada cual se siente mejor que los demás, y cada uno se arroga la pertenencia de la verdad, la inteligencia y la sensibilidad. La vocación poética es antropófaga por excelencia. Es difícil tener a un grupo de poetas juntos sin que se muerdan. Todos y cada uno querrán ser, al mismo tiempo, los más ingeniosos. Es cierto que la endogamia impide muchos mordiscos, pero en cuanto el individuo sale de la tribu o, peor aún, es expulsado de ella, podrá sentir de inmediato los afilados dientes de sus parientes.

Los epigramas pueden ser más letales que las sucias injurias de viva voz. Gracias a sus Obras completas, Quevedo sigue insultando a Góngora: “Ya que coplas componéis,/ ved que dicen los poetas/ que, siendo para secretas,/ muy públicas las hacéis./ Cólica dicen tenéis,/ pues por la boca purgáis;/ satírico diz que estáis;/ a todos nos dais matraca:/ descubierto habéis la caca/ con las cacas que cantáis.”

Y Salvador Novo sigue haciendo lo propio contra Ermilo Abreu Gómez (en la voz de Sor Juana): “Cálate bien los quevedos/ cuando mis versos traslades;/ no pongas por jodes jades/ ni saques por podos pedos./ ¿Te parece bien, a fe?/ No te parece un insulto/ que donde yo puse el culto/ tú le suprimas la t?/ Y en aquella linda glosa/ ‘qué importa cegar o ver'/ hiciste cosas de oler/ la que era visible cosa./ Cegaste, y en vez del e/ una a me colocaste,/ con que no diré cegaste,/ sí que cagaste diré.”

La vocación caníbal es antiquísima, y la disputa de los poetas reivindica sus orígenes en la cultura clásica grecolatina. Las sátiras, los epigramas, los aforismos, los apólogos y demás formas abundan en el arte de injuriar. El ingenio literario es un arma cargada no sólo de futuro sino también de lodo, y es difícil sustraerse a la tentación de usarla.

Al final, y naturalmente, su uso llegó a las letrinas y a los retretes. Y, al final no de nuestros días, sino de los mismos tiempos clásicos. Prueba de ello son los grafitos pompeyanos (anteriores a la era cristiana) en las paredes de baños públicos y escusados. Sentados en el retrete, los que se sentían poetas e ingeniosos, dejaron muestras de ello sin saber que escribían para la posteridad. He aquí un ejemplo: “Propidio Segundo escribe:/ El lector es un bujarrón,/ pero no lo es, en absoluto,/ el que esto escribe.”