Opinión
Ver día anteriorMartes 23 de junio de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Vicente Rojo: homenajes simbólicos
E

l Centro Cultural Estación Indianilla ofrece una muestra atípica de Vicente Rojo. Atípica porque no está integrada de una sola serie, como suele suceder conforme a otras exposiciones de obra reciente que ha presentado.

Esta vez se trata de homenajes (cartas y mensajes) que rinde a autores o personajes de su predilección. Hay un mensaje que hace sonreír, sobre otros, y está dedicado  a Dámaso Pérez Prado.

La serie de fotografías que le fueron tomadas en el curso de  su realización por Rafael López Castro son, en sí, obras con valía propia. Parecen tener por objetivo ilustrar los modos de hacer del artista, pero, aunque uno las ve con profunda atención, intentando aprehender,  los resultados plásticos a los que llegó Vicente no están al alcance de cualquier espectador, por entusiasta que sea. En cambio, los simbolismos sí pueden detectarse.

Las piezas tienen carácter de objetos, no sólo los tridimensionales, también las pinturas que parecen fragmentos de muros en bajorrelieve, dado el manejo de las texturas y la incrustación de los elementos que ordenadamente las arman. Son piezas duras.

Así, en la Carta a Joseph Conrad, autor de tantos libros marinos, hay elementos en relieve que parecieran ser de índole náutica y la coloración es oscura. Conrad, quien recibió el Premio Nobel, era poco amigo de hacer relaciones, aunque, eso sí, amaba inconmensurablemente a los caballos.

Fritz Lang, el cineasta austriaco autor de Metrópolis, está caracterizado mediante intrincado laberinto, y en la Carta a Alicia Lidell hay espejos que aluden a Alicia a través del espejo de Lewis Carroll, el pastor Dodgson, quien fue también matemático y creador de un tipo especial de lógica, cosa a la que alude el cuadro.

En la Carta a Rothko, quizá la más identificable de todas, sin necesidad de leer la cédula, hay un Rothko típico al que se le privó de toda la atmósfera, convirtiéndolo en una estela conmemorativa, cosa que también hace sonreír, puesto que Rothko terminó sus días por mano propia. Algo parecido sucede con la Carta a Paul Klee en minuciosa cuadrícula. Para el escritor suizo Robert Walser utilizó collages de periódicos y sellos de variada índole, ya que, enemigo de las grandezas, a Walser todo le interesaba y lo destilaba en breves narraciones. El cuadro está recubierto con capas de color blancuzco, quizá alusivas a que el escritor murió en la nieve. Con Joan Brossa, el poeta catalán que no conocía límites en cuanto a sus creaciones (hacía instalaciones con textos poéticos) utilizó unas formas parecidas a antifaces. Con Paul Westheim decidió aludir a su cultura universal: Ravenna, Vermeer, Tlatilco y las estelas mayas ocupan al espectador que se entretiene identificando el mosaico de imágenes circunscritas en textura.

Uno de los cuadros más hermosos y escuetos es el que dedicó a Agnes Martin, la pintora canadiense de Colour Field Painting, quien quizá por ser mujer no obtuvo el mismo renombre que Add Reinhard u otros de sus colegas. Los colores distribuidos en estricta composición geométrica son grises cálidos, malvas, naranja pálido. Un homenaje muy bello. En cambio, el cuadro dedicado a Silvestre Revueltas es rojo, y las notas sin pentagrama vuelan en él.

Como anoté, los mensajes suelen tener vis cómica. Así, el de Francis Bacon alude a su estudio, en el que centenares de tubos de color apachurrados se prodigaban por todas partes, mientras que el de Torres García, está edificado con aquellos dados de madera –inencontrables hoy día– con los que algunos todavía alcanzamos a jugar de niños. María Callas se identifica con discos de acetato apilados. En ese rubro creo que hay un error museográfico. Me refiero al objeto-escultura titulado Joseph Ford, que creo es más bien mensaje a Joseph Beuys, pues se trata de un sombrero idéntico a los que él usaba.

El mensaje a Giorgio Morandi, favorito de tantos artistas, recrea en formas geométricas sus arreglos de implementos, sin glosarlos directamente. Esta pieza sirvió como elemento para uno de los retratos que Rafael López Castro hizo de Vicente, que posa con los brazos cruzados sobre Morandi y atrás, en buena compaginación de color, está el cuadro rojo dedicado a Silvestre Revueltas.

La museografía es espaciada, no hay acumulaciones y, con todo y que las Cartas son todas de idéntico formato y dimensiones, no provoca sensación de monotonía.

Antes bien, la configuración del espacio y sus elementos juegan de modo muy acertado con lo que se exhibe. Esto sucede debido a que el artista tuvo en vistas el recinto al concebir la exposición.