Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de junio de 2009 Num: 747

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Las piedras preciosas de Juan Marsé
CRISTIAN JARA

Onetti cuentista: el cuerpo como espejo
ROSALÍA CHAVELAS

La Santa María de Onetti
ADRIANA DEL MORAL

La última invención de Onetti
ANTONIO VALLE

Onetti y su estirpe de narradores
GUSTAVO OGARRIO

Adolfo Mexiac: la consigna del arte
RICARDO VENEGAS

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Foto de Veturian, cortesía de: lasoledaddelcorredordefondo.blogspot.com

Las piedras preciosas de Juan Marsé

Cristian Jara

Aquellas historias reinventadas con los amigos al suelo de una farola en el barrio y los años duros de la postguerra española que cargaron de miseria las calles, fueron decisivos para la elaboración de personajes inyectados de intimidad poética que conformaron aquel universo literario que se empeñaba, con los ojos como dos perlas extraviadas, imaginar a su gusto. Tenía trece años y el taller de joyería se había vuelto su segunda casa, entonces el mejor sueño caía con la noche, pero no para dormir, pues el cansancio del día trabajado nunca fue una limitación para escribir en su cuaderno los apuntes cargados de intentos, de riesgos, y de esa búsqueda de estilo personal que marcaría los cimientos de su obra. Ganar un concurso de cuentos le valió de estímulo, pero lo inicios de su largo aliento se gestaron cuando escribió Encerrados con un solo juguete, durante el servicio militar en Ceuta, y que constituyó su ópera prima. Dicha novela, más allá de alcanzar la categoría de finalista del Premio Biblioteca Breve, cautivó la atención del editor Carlos Barral, que no dudó en calificar a Juan Marsé como el “escritor obrero”. Impulsado por una fuerza interior y por el apoyo de su amigo Jaime Gil de Biedma, pero también porque las circunstancias no le favorecían, Juan Marsé parte con destino a Francia. Aquel Julio de 1961, justo después que Hemingway se suicidara pegándose un tiro de escopeta, París dejaba de ser una fiesta; Marsé, con los poquísimos francos que le restaban, nervioso atisbaba el Sena y paseaba por el barrio latino. Necesitaba un trabajo que le permitiera quedarse en París. Y más que tener inconvenientes se mostró agradecido cuando le ofrecieron trabajo como ayudante de laboratorio. En sus ratos libres enseñaba castellano. Aprendió todo el francés que pudo, leyó todo lo que caía en sus manos y se guardó el recuerdo de aquella esmeralda llamada Teresa Camdessus. Dos años más tarde volvía a Barcelona con aquel proyecto de novela titulada Últimas tardes con Teresa, idilio de amor entre un inmigrante andaluz y una burguesa catalana que enfrentaba dos clases sociales y que le haría merecedor, esta vez sí, en 1965, del Premio Biblioteca Breve. Valiéndose de la paciencia y el ahínco, continuó con su arduo trabajo de novelista. Publicó Esta cara de la luna, considerada fallida por él y que ha preferido eliminar de sus obras completas. La oscura historia de la prima Montse no pasó desapercibida, pero tampoco le satisfizo plenamente, pues existía en Marsé una enorme necesidad de escribir sobre los trapos sucios de aquella España que la dictadura franquista silenciaba. Es por eso que se sumergió en uno de los más ambiciosos proyectos de su carrera: Si te dicen que caí que debido a la censura de Franco tuvo que publicar en México, donde le otorgaron el Premio de la Crítica Mexicana que le mereció un gran reconocimiento y la definitiva consagración. La suculenta suma del Premio Planeta por La muchacha de las bragas de oro, en 1978, le calmó los nervios, pero no influyó en su vocación –ya tenía un trazado camino–, ni se vio forzado a desviar su temática novelística. Un día volveré, publicada en 1982, retrata las distintas clases sociales catalanas y aquel verdadero ajuste de cuentas de un viejo militante de guerrilla que, tras salir de la cárcel, intenta corregir los errores del pasado que no siempre se perdonan. Dos años después publicó Ronda de Guinardó, cuya acción situada el 8 de mayo de 1945 (día de la capitulación alemana) se desata cuando una niña violada de un barrio proletario barcelonés avanza por las calles en busca de su agresor al lado de un decadente anciano inspector. En El amante bilingüe (1990), Marsé elabora con astucia el tema de la pérdida de la identidad, la ironía y el desamor. Y por si no quedaran claras las rotundas afirmaciones capaces de desplomar un edificio, lanza un disparo certero desde el inicio de El embrujo de Shanghai: “Los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos.” Rabos de lagartija (2000) le mereció el Premio Nacional de Narrativa y otra vez Barcelona, otra vez el territorio que reinventa a través de un niño que le explica a su hermano aún no nacido cómo es la vida. Todo esto por citar algunas de las novelas representativas, siempre sostenidas por la búsqueda de la identidad, por la miseria callejera tan terrible, como la guardada en el alma ruin de algunos personajes. Juan Marsé repudia los nacionalismos y se declara anticlerical practicante, no le debe favores a nadie, tampoco es seguidor de modas y le gustaría que alguien le dijera que proviene de una tribu de piratas. En torno a él se ha generado una aureola de respetos; le desagrada el calificativo de intelectual, su oficio es escribir novelas, contar historias, ambientar un pasaje de todas esas vidas que lleva consigo. Para Marsé: “La literatura es una lucha contra el olvido, una mirada solidaria y cómplice a la gloria y al fracaso del hombre, un apasionado empeño en fraguar sueños e ilusiones en un mundo inhóspito.” Y es que la postguerra en España constituyó una herencia imborrable; aquella España en la que le tocó crecer habita en cada página ficticia como la más cruel de las verdades. Entregarle el Premio Cervantes ha sido un gran acierto para la literatura. El tiempo ha transcurrido y, si alguien intenta buscar en las calles alguna similitud con sus novelas, se encontrará con un panorama diferente, pues pululan junto con catalanes, paquistaníes, latinoamericanos, africanos y chinos. Eso sí, hay un intenso olor a humedad que se respira y que al abrir una novela suya en las librerías de viejo uno consigue transportarse al pasado. Hay miradas duras y envejecidas que dan fe de que Marsé siempre estuvo, en guardia, firme, pues para él, así como lo afirmaba Ezra Pound “el esmero es la única convicción moral del escritor”. Y quién sabe si deseó con toda su alma convertirse en un verdadero escritor, quién sabe si lo pensó en París cuando, dejándolo todo, se marchó, o lo soñó despierto después de trabajar con esas manos de joyero; las mismas que labraron, porque no basta con soñar, aquellas imperecederas piedras preciosas de la literatura.