Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de junio de 2009 Num: 747

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Las piedras preciosas de Juan Marsé
CRISTIAN JARA

Onetti cuentista: el cuerpo como espejo
ROSALÍA CHAVELAS

La Santa María de Onetti
ADRIANA DEL MORAL

La última invención de Onetti
ANTONIO VALLE

Onetti y su estirpe de narradores
GUSTAVO OGARRIO

Adolfo Mexiac: la consigna del arte
RICARDO VENEGAS

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

Detrás del detective

El poeta W. H. Auden dice en su precioso ensayo La vicaría culpable que para él, como para otros, la lectura de novelas policíacas es una adicción semejante al tabaco o el alcohol. “Los síntomas son: primero, la intensidad del deseo – si tengo trabajo que hacer, debo tener cuidado de no coger una novela de detectives, porque una vez que la empiezo no trabajo ni duermo hasta que la termino.”

Hasta ahí, me identifico completamente con él. No hay nada mejor para mí que hundirme, literalmente, en el sillón de la sala con una novela policíaca, gordísima de preferencia, y olvidarme de mi vida, para entrar en otras realidades donde gente más astuta que yo, o por lo menos, más audaz, resuelve problemas horrendos. No que falten crímenes aquí. Sobran, pero brilla por su ausencia la justicia llevada hasta sus últimas consecuencias, y esa es una condición sine qua non de este género. O el malo es castigado, o la novela fracasa.

Auden amaba las novelas de su patria. Yo, mientras más lejos, mejor. Es más, como leo tantas novelas inglesas y estadunidenses, ya estoy familiarizada con ciertos términos legales y forenses y tal vez por eso prefiero lo aún más exótico. Si el protagonista está en Suecia, como el inspector Wallander, creación de Henning Mankell, o en Shangai, donde el pobre detective Chen Cao se debate entre los políticos que buscan mantenerse en el poder a toda costa y los policías que lo odian por ser recomendado de Deng Xiao Ping, mejor. Yo, al menos, jamás hubiera sospechado hasta qué punto se parecen la corrupción de China y México, si no fuera por la obra de Qiu Xiaolong, y los tristes dilemas que desvelan al detective Chen.


Jill Scott, como Mma Ramotwe

He sido feliz paseándome por el Tokio de los años cincuenta de mano del detective Daiyu Matsushita, o por Bostwana, guiada por la sensata Mma Ramotwe, una mujer mitad detective, mitad consejera sentimental, que resuelve casos más bien ingenuos, sobre todo para uno que vive en un país como éste, pero cuya tersa rutina está llena de rasgos africanos que me fascinan. Que en Botswana las dotes se den en forma de cabezas de ganado, o si la medicina tradicional en su vertiente más terrible necesita niños como ingrediente en la preparación de ciertos elíxires, son asuntos de los que me enteré gracias a las aventuras de Mma Ramotwe y que, me temo, no hubiera podido leer en ninguna otra parte.

Las descripciones del clima y la comida en Israel, que le debo a la desaparecida Batya Gur, me mostraron un país en donde los policías, o al menos los que están bajo las órdenes del inspector Michael Ohayon, van por el mundo en sandalias porque las banquetas hierven de calor y los jardines son como espejismos debido a la escasez de agua. Sus cinco libros son un diorama en el que el lector se puede asomar a una sociedad desgarrada por los problemas que sabemos, pero en el que hay vastas diferencias de opinión entre la población, cosa que generalmente ignoramos. Aparecen ultra religiosos y laicos, inmigrantes, árabes nacidos en Israel, conservadores nacionalistas de derecha, socialistas, rabinos liberales: un mundo complejo y rico que no se revela en las noticias que leemos.

La que me decepcionó fue la francesa Fred Vargas. Hace unos meses, leí en un suplemento literario español una reseña muy elogiosa del libro La tercera virgen. Salí como rayo a comprarlo, aunque la edición es cara. Fantasmas, una asesina serial, una receta medieval para la eterna juventud, un detective que habla en verso… y aun así, un ladrillo intolerable por aburrido. En un capítulo memorable por lo menso, el inspector Adamsberg hace que un helicóptero siga a un gato que huele la ropa de su dueña y va por ella. El gato camina como de aquí a Cuernavaca sin que lo atropelle nadie, sin distraerse por los animales con los que se encuentra, seguido por los policías voladores, hasta donde, efectivamente, tienen escondida a la víctima. Hay un forense al que le ataca una narcolepsia repentina y no va al doctor; el gato ese bebe alcohol como cosaco, así, y Adamsberg se comunica en una jerga que es dizque poética pero que resulta vaporosa y necia. El final, gratuito como una mentada en el tráfico.

En cambio, la segunda entrega de la trilogía de Stig Larsson es una delicia tal, que merece una columna completa para alabarla como se debe. Ojalá pronto se publique la tercera. Mi adicción me trae frita: el sofá me espera y necesito mi novela.