Opinión
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Posada Carriles, Obama y la CIA
Carlos Fazio
E

l pasado 11 de junio, la juez Kathleen Cardone, del tribunal de El Paso, Texas, aceptó aplazar el juicio de Luis Faustino Posada Carriles, ex agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y terrorista internacional confeso, hasta el primero de febrero de 2010. La decisión parece responder a una maniobra dilatoria de la defensa mafiosa de uno de los autores intelectuales del crimen de Barbados, y viene a confirmar la tesis de que el actual gobierno de Estados Unidos está apostando a una solución biológica. Es decir, a la muerte de Posada Carriles, dado su largo historial como guerrero sucio de la CIA en América Latina.

Tal presunción embona con el reciente cambio de estrategia de los fiscales encabezados por John W. Van Lonkhuyzen –que pertenecen a la sección antiterrorista del Departamento de Justicia, dirigido ahora por Eric Holder–, que tuvo como objetivo esencial alargar los procedimientos judiciales en el caso Posada, ante las repetidas solicitudes de extradición presentadas por el gobierno de Venezuela. En abono a esa hipótesis, que exhibe la doble moral de Washington, está la solicitud de la fiscalía federal al mismo tribunal texano, para prohibir que terceras partes, en particular los medios de prensa, tengan acceso a información delicada que pudiera ser presentada en el juicio.

Especialista en operaciones clandestinas durante más de cuatro décadas, Posada Carriles, más conocido como El Calambuco de Cienfuegos, Bambi y El Condottiero (mercenario), es un químico azucarero que colaboró en Cuba con la dictadura de Fulgencio Batista y salió al exilio en 1961. Aunque no participó, fue miembro de la Brigada 2506 –el grupo de mercenarios que desembarcó en Bahía de Cochinos– y aparece como agente militar y de inteligencia de un team de infiltración de la CIA en el anexo de la investigación sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy. Con entrenamiento en Fort Benning en técnica militar, táctica de espionaje, sabotaje, manejo de explosivos, demolición y armas de fuego, se enroló como tripulante en el buque madre de la CIA: Venus.

Destinado a Venezuela en 1967, fue el famoso comisario Basilio que organizó los servicios de inteligencia de la temida DISIP, y entre 1971 y 1973 fue jefe de operaciones de la Dirección General de Seguridad, que incluía la contrainteligencia. En Caracas montó la Agencia de Investigaciones Industriales, compañía privada que servía de pantalla para operaciones encubiertas de la CIA, incluidos varios intentos de asesinato contra Fidel Castro. En 1976 participó en el atentado con bomba contra una nave de Cubana de Aviación que explotó en pleno vuelo después de haber despegado de Barbados, así como en la planificación del asesinato del ex canciller de Chile, Orlando Letelier, en Washington.

Detenido en Venezuela, en marzo de 1985 se fugó de la cárcel de máxima seguridad de San Juan de los Morros. La fuga fue organizada por la Fundación Nacional Cubano Americana de Jorge Mas Canosa, en el contexto de la Operación Irán-contras del teniente coronel Oliver North, quien le brindó un santuario seguro en la base militar de Ilopango, en El Salvador. Allí, bajo el alias de Ramón Medina, organizó el suministro aéreo a los contras nicaragüenses en la guerra secreta de Ronald Reagan contra Nicaragua sandinista.

En 1992 fue investigado por agentes de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) sobre el escándalo Irán-contras. Su testimonio de 31 páginas fue clasificado secreto y archivado, y no se siguieron cargos criminales contra él.

En 1996 planificó una serie de atentados terroristas en el interior de Cuba contra el hotel Sol Palmeras de Varadero, el cabaret Tropicana, la Bodeguita del Medio y los hoteles Meliá Cohiba, Capri, El Nacional, Tritón, Copacabana y Chateau Miramar, en La Habana, mediante la contratación de una red de mercenarios centroamericanos. En el atentado al Copacabana ocasionó la muerte del empresario italiano Fabio di Celmo. Posada declaró a The New York Times que Di Celmo estaba donde no debía, cuando no debía.

En noviembre de 2000, fue capturado en Panamá cuando preparaba un atentado contra Fidel Castro en la Universidad local. Pasó varios años preso, hasta que la presidenta Mireya Moscoso lo indultó en agosto de 2004. Luego se esfumó. Después se supo que en marzo de 2005 estuvo viviendo en Isla Mujeres, en el Caribe mexicano, hasta que fue recogido por el barco camaronero Santrina y trasladado a Miami, Florida, burlando el enorme aparato de seguridad montado por la administración de George W. Bush para la guerra al terrorismo. Como dijo Saul Landau, el antiguo pájaro terrorista había regresado al nido. Es decir, a Miami, donde la mafia anticastrista mantenida por la CIA ha podido lavar el producto de sus robos, invertir en propiedades inmobiliarias y retirarse bajo la protección de quien los empleó durante años para sus guerras sucias en América Latina.

Posadas, de 81 años, enfrenta nueve cargos de perjurio por haber intentado obtener la ciudadanía estadunidense mediante declaraciones falsas en una solicitud presentada en 2005, y mentido en relación con su presunta participación en atentados contra hoteles cubanos en 1997. Ello no le impide vivir tranquilo y participar, incluso, en reuniones de connotados ejecutores de actos terroristas contra la isla. En ese contexto, la mancomunada acción dilatoria de la fiscalía, la defensa mafiosa de Posada y la juez Kathleen Cardone parece validar la teoría de que la administración actual ha apostado por la solución biológica. Es decir, a la muerte de Posada, para impedir así que salgan a la luz pública acciones clandestinas de la CIA. La central de Langley protege a sus terroristas, ahora con el aval de Obama.