Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 5 de julio de 2009 Num: 748

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Por qué menos es más
RICHARD MEIER

Esperábamos...
ANDREAS KAMBÁS

José Emilio Pacheco y los jóvenes
ELENA PONIATOWSKA

Carta a José Emilio Pacheco, con fondo de Chava Flores
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Michael Jackson (1958-2009)
ALONSO ARREOLA

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Columnas:
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Michael Jackson (1958-2009)

Alonso Arreola

El ritmo no es medida: es visión del mundo
Octavio Paz

No nos interesa hablar sobre el Michael Jackson que hoy inunda las noticias. La verdad sea dicha: no nos importa quién se quede con la custodia de sus hijos, a qué manos llegue su herencia ni los resultados finales de la autopsia. No llama nuestra atención si estaba drogado cuando murió, si su médico de cabecera tiene alguna responsabilidad o si sus restos descansarán en Neverland, mítico parque de diversiones del que fue dueño. Más aún, estas líneas defraudarán al lector que desee nuevas perspectivas sobre ventas, récords, extravagancias de vida o pederastia. Tampoco redactaremos una forzada reflexión psicológica, ni una síntesis biográfica que culmine con el morbo de quienes poetizan la tormenta ajena. Lo avisamos: a partir de este momento haremos a un lado toda numeralia y grandilocuencia informativa para sólo señalar, con aproximadamente seis mil caracteres, tres de los aspectos que según creemos hicieron único al Rey del Pop.

La estirpe

Conocer el linaje de Michael Jackson, su temprana entrada al sonido eléctrico de la música negra de los sesenta y setenta, es indispensable para entender el laboratorio con el cual creó el pop de los ochenta.

Sin redundar en lo ya sabido, diremos que su infancia al centro del grupo familiar Jackson 5 lo situó en la recta final del motown, género creado por Motown Records, auténtica fábrica en la cual se gestaron conjuntos vocales como las Supremes y los Temptations; plataforma de lanzamiento en la que, firmado y apadrinado por una de las leyendas del movimiento (Diana Ross presents The Jackson 5), el cantante pasó de niño prodigio a entertainer profesional directo y sin escalas. Poco después se hizo solista y comenzó su natural y lento reclamo del trono, un proceso hereditario que hace la diferencia con el resto de su generación.

Así, podrían morir Madonna, Cher, Prince o cualquier otra estrella y no sería lo mismo. Ninguna desaparición será como la suya, porque fue un eslabón directo entre el sentimiento soul, la complejidad del funk, el cool jazz y esa ambición comunicativa del pop inicial que no se sacia con dinero sino con aceptación. He ahí otra pregunta clásica: ¿qué tan necesarios son los demonios y los traumas para la creación? Gasolina de la noche, por esa falta de aceptación se firman los peores pactos aunque, como dijera el Mefistófeles de Goethe a punto de sellar su contrato de sangre con Fausto, al final sólo podamos ser lo que ya éramos: “Ponte pelucas de millones de bucles; calza tus pies con coturnos de una vara de alto, y a pesar de todo, seguirás siendo siempre lo que eres.”

Adulto inmaduro, niño podrido, rebote defectuoso del espejo, reflejo distorsionado… Michael Jackson, con todo y todo y de manera extraña, nos deja un poco huérfanos y desvalidos, un poco más viejos de golpe.

El ritmo

Admirar la motricidad de Michael Jackson, su relación con el tiempo y el ritmo, permite llegar a sus impulsos primarios, a sus prioridades vitales.

Octavio Paz dice: “El ritmo es la manifestación más simple, permanente y antigua del hecho decisivo que nos hace ser hombres: ser temporales, ser mortales y lanzados siempre hacia ‘algo', hacia lo ‘otro': la muerte, Dios, la amada, nuestros semejantes.” Ese algo que el bailarín tenía muy claro desde niño: lo primero era moverse, sentir la música en cada articulación para luego dejar que la improvisación liberara al cuerpo. Ideas que su mente creativa llevó al extremo produciendo una combinación dinámica, fascinante, que iba del tap al flamenco pasando por el break dance, la danza contemporánea, el ballet y el andar urbano.

Entonces, si como dice el propio Paz, “la historia misma es ritmo y cada civilización puede reducirse al desarrollo de un ritmo primordial”, resulta innegable la contribución de Michael Jackson a la banda sonora, al ritmo elemental de la humanidad a finales del siglo XX. Por ello y por una calificación unánime que con su muerte se reafirma, podemos citar lo escrito por Carlos Chávez en uno de sus mejores ensayos, aunque mucho le pese a los detractores del ídolo: “No importa lo peyorativa que sea nuestra actitud hacia las grandes masas, es el gran público, la gran masa, la que pronuncia el juicio final.”

El grito

Michael Jackson se fue convirtiendo en un electrizante grito. Un grito que de pronto, sin aviso ni razón aparente, salió de su afinada garganta en medio de una canción para tensar sus fibras y las nuestras. Un grito que rompió con la corrección política de MTV, que expulsó frustración y soledad dando visos del gran dolor que lo aquejaba. Era el grito de la persona más famosa del mundo, de una de las más solas, de quien paradójicamente fuera pionero al comunicar un lenguaje que todos entendieron y disfrutaron como novedad. Era el grito tribal con el cual mostró la esencia, centro y origen de una música aparentemente superficial, pero que tenía largas raíces rituales.

Ese grito por el cual entendimos que la sofisticación era exterior, pero no estructural. Por dentro su búsqueda era primitiva; era ir en reversa. Era quitar la rebaba, los excedentes, lo prescindible para dejar desnudo al compás de 4/4, al bajo que apenas recordaba su frenesí del género disco, al rocanrolero fraseo de la guitarra, al marco panorámico del teclado… todo sumado al baile y a una voz cada vez más visceral, poderoso hallazgo estético de cuyo magnetismo animal nadie pudo sustraerse.

Cuchilla de doble filo, fórmula brillante que Michael Jackson creó al lado del productor Quincy Jones y que dio nacimiento al pop. La misma con la cual mentes poco inspiradas inventaron los torpes balbuceos de nuestros días, ya no la síntesis valiosa del pasado. ¿Quiénes son entonces los herederos de su casta? Entre otros pocos, Will.I.Am, Usher y Justin Timberlake, aunque Prince haya quedado indiscutiblemente cuidando el cetro.

Epílogo

“La soledad es el imperio de la conciencia”, decía Gustavo Adolfo Bécquer; cierto, pero también del desequilibrio. Prueba es Michael Jackson, habitante de una isla del Golfo Pérsico en los últimos años de su vida; hombre desconectado de los hombres; personaje que alcanzará medida justa con los años y que finalmente consiguió lo que su amado Peter Pan: ya no envejecer jamás. Ojalá que ese nuevo estar en el mundo soporte el vendaval, tal como lo hace su eterna Billie Jean cuando repite obsesionada: “he is the one”.