Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 12 de julio de 2009 Num: 749

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

De cine y literatura, el híbrido caso de Alberto Fuguet
JUAN MANUEL GARCÍA

Tensar un arco: tres poetas brasileños
JAIR CORTÉS

El pensar apasionado de Franco Volpi
ÁNGEL XOLOCOTZI YÁÑEZ

Diálogo con Franco Volpi (fragmentos)
ÁNGEL XOLOCOTZI YÁÑEZ

Luciano Valentinotti, un partisano en México
MATTEO DEAN

Elemental, querido Borges (150 aniversario de sir Arthur Conan Doyle)
RICARDO BADA

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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Ilustración de Juan Gabriel Puga

Elemental, querido Borges
(150 aniversario de sir Arthur Conan Doyle)

Ricardo Bada

Hay tres frases famosas, repetidas hasta la saciedad, y que nunca se escribieron ni dijeron en las obras de donde dizque proceden. Una de ellas es la ambigua seudocita de Don Quijote, “Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho”, que Cervantes no escribió jamás. Tampoco Humphrey Bogart dijo en Casablanca aquello de “Play it again, Sam!”, y si prestan atención a la escena en que Rick se dirige a Dooley Wilson, el pianista, para pedirle que toque de nuevo “As time goes by”, sus palabras textuales son “Play it!” a las cuales agrega : “La tocaste para ella, puedes tocarla para mí.” Y la tercera frase famosa que asimismo nunca se escribió es la marca de fábrica de Sherlock Holmes : “Elemental, querido Watson.”

Amén de ello debo confesar que siempre me ha extrañado que cuando se habla de territorios míticos creados por la literatura, todos citan Yoknapathawpha, Comala y Macondo, pero nadie se acuerda del 221 b de Baker Street, quizás porque no se trata de una región, sino de un simple domicilio londinense. Tan inventado como el 348 de la calle Corrientes en Buenos Aires y su 2° piso ascensor, con el telefón que contesta, la victrola que yyyora y un gato de porcelana pa que no maúyyye al amor.

En este sesquicentenario del nacimiento de sir Arthur Conan Doyle será inútil gastar espacio en hablar de sus novelas de ciencia ficción protagonizadas por el profesor Challenger, entre ellas El mundo perdido (The Lost World, 1912), que describe una expedición a una aislada meseta sudamericana, la del monte Roraima en la selva amazónica venezolana, donde siguen viviendo dinosaurios, entre otras criaturas prehistóricas. Ojo: no confundir con la novela homónima de Michael Crichton que Steve Spielberg convirtió en la segunda parte de su saga jurásica.

También será inútil gastarlo en hablar de su pasión por el espiritismo. Sólo, si acaso, mencionar de pasada el tema de Arthur & George, de Julian Barnes, de cómo Conan Doyle se embanderó por la rehabilitación de un ciudadano británico de ascendencia parsi, condenado por la justicia inglesa en condiciones que recuerdan el tristemente juicio a Dreyfus, en Francia : hablar, pues, de cómo Conan Doyle mostró en Inglaterra el mismo coraje civil que Zola al otro lado del Canal. Aunque no fuera en una cause célèbre, lo que paradójicamente acrecienta su mérito.

No: el espacio se gastará todo en hablar de Sherlock Holmes. Algunos tal vez recuerden las desopilantes parodias de sus aventuras por Jardiel Poncela en Para leer mientras sube el ascensor, de las que sólo citaré la explicación que Sherlock le da a JP, en el Hyde Park de Londres, cuando el español le pregunta que si no había muerto en las cataratas del Niágara: “Fue un falso rumor. Caí, en efecto, en las cataratas del Niágara, pero no me ahogué, no hice nada más que mojarme. Me salvé a nado, y como realmente estaba fatigadísimo de mi oficio y además había por el mundo algunos individuos que me las tenían juradas, me conformé por pasar por muerto y he vivido largos años pescando con caña en una aldea de la Patagonia. La vida del campo y el acento argentino me han devuelto las energías y estoy dispuesto a luchar de nuevo en mi antigua profesión. Ayer llegué a Londres, disfrazado de perro vagabundo.”

Los cinéfilos recordarán aquella alhaja filmada por Billy Wilder en 1970, La vida privada de Sherlock Holmes, con una seductora Geneviève Page en el papel del gran amor de la vida del detective, Ilse von Hofmannsthal... invalidando así los versos de Borges : “Es casto. Nada sabe del amor. No ha querido./ Ese hombre tan viril ha renunciado al arte/ de amar.” [La hermosa espía alemana, cuando la detienen más tarde en Japón y la ejecutan, muere con el nombre de Mrs. Ashdown, el que usó como esposa ficticia de Holmes.]

Y por último, gente de lecturas periféricas sacarán a relucir cómo el ensayista neerlandés Karel van het Reve demostró la influencia de los métodos deductivos de Holmes en la literatura de Freud: “ Una relevante diferencia entre Freud y Conan Doyle radica en el hecho de que Conan Doyle publicó sus historias como ficción, y de que incluso dentro de esa ficción, al menos en La marca de los cuatro, Sherlock Holmes tuvo la honestidad de conceder que sus deducciones eran ‘un equilibrado cálculo de probabilidades', con lo que daba a entender que son posibles otras conclusiones a partir de las mismas observaciones. Freud, por el contrario, hace como si todo hubiese sucedido según él lo sostiene, y no tolera ninguna otra explicación sino la suya .”

Pero a fin de cuentas, todo girará alrededor del genial detective, tan políticamente incorrecto que se inyectaba morfina sin ningún pudor, aquejado por el tedium vitae y en presencia de su médico: un tal Watson.

Los puristas seguramente se emperrarán en seguir afirmando que el padre de los detectives modernos es el Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, y en parte se sentirán apoyados por el propio Conan Doyle, el cual dijo alguna vez que “si cada autor de una historia en algo deudora de Poe pagase una décima parte de los honorarios que recibe por ella para un monumento al maestro, se podría hacer una pirámide tan alta como la de Keops”. Y es cierto que Sherlock Holmes le debe a su colega francés la listeza sin par y la brillantez deductiva, además de una incuestionable superioridad intelectual y mental respecto de la policía común y silvestre. Pero por las razones que sean, Auguste Dupin no es un mito y Sherlock sí que lo es.

Borges lo dejó dicho de manera indeleble: “No salió de una madre ni supo de mayores./ Idéntico es el caso de Adán y de Quijano.” No “lo soñó un irlandés” como quiere Borges más adelante en ese mismo formidable poema de Los conjurados: aunque hijo de madre irlandesa, Conan Doyle era escocés. Pero sí acierta al final, Borges, con unos alejandrinos de desarmante naturalidad: “Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una/ de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte/ y la siesta son otras. También es nuestra suerte/ convalecer en un jardín o mirar la luna.”

Elemental, querido Borges.