Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 19 de julio de 2009 Num: 750

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La pasión de Carl Dreyer
RODOLFO ALONSO

Descenso
YORGUÍS PABLÓPOULOS

La riqueza del bilingüismo
ADRIANA DEL MORAL entrevista con KIRAN NAGARKAR

La frase de Marx sobre el opio en su contexto
ROLANDO GÓMEZ

En recuerdo de Jorge Negrete
MARCO ANTONIO CAMPOS

Mathias Goeritz: ecos del modernismo mexicano
LAURA IBARRA

Amélie Nothomb: del narrador a lo narrado
JORGE GUDIÑO

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

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GERMAINE GÓMEZ HARO

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Palabras perdidas

A Óscar Correa García,
por la comida y las palabras compartidas,
por la amistad,
por las muchas cosas que se quedaron pendientes.

Quienes no reparan demasiado en el lenguaje no se dan cuenta de que a éste le ocurre lo mismo que a las plantas y los seres vivos: hay follajes que se pierden por completo en el otoño para renovarse en primavera, o especies que se extinguen después de años de haber poblado la Tierra. No es extraño, entonces, apreciar la reaparición de palabras que son pájaros dodó cuyas sombras se deslizan fugazmente durante alguna conversación, o sombras venerables en la lectura de textos viejísimos donde expresiones como yantar o folgar tienden a parecer fósiles cuya fantasmal aparición prohíja la extrañeza, si no un pragmatismo como el desplegado por la familia de estadunidenses que conoció al vetusto espectro que protagoniza “El fantasma de Canterville”, ese delicioso cuento wildeano. En términos generales, las reacciones de hablantes como los yanquis del cuento mencionado se manifiesta con un “no entiendo” y ahí queda el desentendimiento, sin la intención de buscar más allá para esclarecer el sentido de la palabra “rara”.

En el curso del párrafo siguiente no pretendo remontarme hasta la Edad Media, sino permanecer en una meditación casi intimista: muchas veces se cuenta con un repertorio verbal que está apoyado, parcialmente, en hablas generacionales o familiares convertidas en parte de nuestras costumbres lingüísticas. Son como huellas digitales que delatan alguna clase de prehistoria personal e ignoro si los especialistas tendrán el instrumental necesario para perseguir los orígenes, registros, variantes, significados y connotaciones de cada uno de esos fenómenos, o si sólo serán materia de lo que los lingüistas consideran un idiolecto. De acuerdo con lo que llevo dicho, yo empleo palabras que algunos de mis compañeros de generación ignoran o nunca usan: agorsomar en lugar de agobiar, jaletina en lugar de gelatina, barruntar en lugar de conjeturar, amasia en lugar de concubina, trasuntar en lugar de copiar… No es difícil deducir que se trata de palabras empleadas por mis padres, que pertenecieron a una generación nacida en México entre 1900-1925 y que se incrustaron en mi repertorio personal por haberlo empleado cotidianamente durante muchos años. En ese sentido, no me sorprende que el esposo de una gran amiga mía y su familia empleen el verbo aprudentar como sinónimo de “ser prudente” o “hacer las cosas con prudencia” (expresión que toleraría el antónimo imprudentar).

Mencioné palabras que parecen evidentes piezas de algún museo lingüístico pero, ¿qué pensar cuando alumnos de primer año de licenciaturas en ciencias sociales no entienden el significado de trashumante, exhumación, inhumación, homilía, berenjena, albahaca, piscícola, casuística, verbena o alhelí? Todas siguen siendo de uso corriente –seis de ellas no son “exclusivas” de la norma culta, ni de la académica–, pero esos alumnos, cuya edad oscila entre los dieciocho y los veintidós años, no las entienden ni deducen su significado, lo cual tiende a corroborar que el lenguaje se ha ido empobreciendo, o que sólo se enriquece en ciertos estratos sociales, o que la generalidad de los jóvenes que egresan del bachillerato hacia las licenciaturas son poseedores de esas míticas setecientas palabras, escaso repertorio con el que se han desenvuelto en la vida y proseguirán una carrera profesional. No cabe duda de que el porcentaje es temible y de que difícilmente se pondría el destino personal en manos de un abogado o un médico con ese universo verbal donde sí existen palabras presididas por güey, chingar, coger, fajar, fri, torta y papear.

Qué lejos está la oficina sorjuanesca del Primero sueño: “aquella del calor más competente,/ científica oficina […]”, donde sor Juana entendía por esa palabra algo como “local provisto de lo necesario para experimentos y operaciones farmacéuticas”, hoy equivalente a un laboratorio de farmacia, según el Diccionario de palabras olvidadas o de uso poco frecuente, de Elvira Muñoz; mediante un complejo procedimiento metafórico propio de la poetisa, la “científica oficina” es el estómago, lugar donde se encuentra un eficiente laboratorio donde se produce el calor del organismo.

Las palabras perdidas también dependen de cada país: un ejemplo regocijante de la subjetividad de los diccionarios lo ofrece la palabra piruja –de uso vigente en México–, reemplazada en el que cité como prójima, expresión insignificante desde este lado del océano pero de uso peninsular. ¿Dónde quedó la bolita?