Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 19 de julio de 2009 Num: 750

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La pasión de Carl Dreyer
RODOLFO ALONSO

Descenso
YORGUÍS PABLÓPOULOS

La riqueza del bilingüismo
ADRIANA DEL MORAL entrevista con KIRAN NAGARKAR

La frase de Marx sobre el opio en su contexto
ROLANDO GÓMEZ

En recuerdo de Jorge Negrete
MARCO ANTONIO CAMPOS

Mathias Goeritz: ecos del modernismo mexicano
LAURA IBARRA

Amélie Nothomb: del narrador a lo narrado
JORGE GUDIÑO

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
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ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


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Mathias Goeritz,
La serpiente, Monterrey, Nuevo León

Mathias Goeritz: ecos del modernismo mexicano

Laura Ibarra

Los duros ataques contra Mathias Goeritz eran en buena parte la expresión del temor que sentían los muralistas de perder la posición privilegiada que tuvieron durante varias décadas, así como la defensa de un arte que había caído en un callejón ideológico sin salida. Octavio Paz señala que las obras de los muralistas que se presentaban como revolucionarias, siempre fueron encomendadas, impulsadas y pagadas por gobiernos que habían dejado de ser revolucionarios. Estos gobiernos permitían que los pintores plasmaran con sus imágenes en los muros de los edificios públicos una versión pseudomarxista y en blanco y negro de la historia de México y la apertura al exterior, la relación del Estado con el muralismo cambió radicalmente, abriendo la puerta a nuevas corrientes modernistas.

En 1954 apareció una carta publicada de Diego Rivera en que protestaba ante el rector de la Universidad Autónoma de México por el cargo otorgado a un joven artista alemán cuya idea del arte apenas coincidía con las posturas ideológicas del muralismo mexicano. Rivera y Siqueiros acusaban en aquel entonces a Mathias Goeritz de ser “un simple simulador, carente en absoluto del más mínimo talento y preparación para el ejercicio del arte del que se presenta como profesional”. Lo catalogaban de “cosmopolita”, “decadente”, “agente del imperialismo” y hasta “nazi”. Con respecto a su actividad docente, le reprocharon “llevar a juventud por el país por caminos equivocados y peligrosos.” Rivera fue aún más allá y exigió públicamente que Mathias fuera deportado, pues la edificación de un museo experimental que Mathias había construido “deformaba al país”.

El joven objeto de los ataques era un alemán nacido en 1915 en Danzig, una ciudad que ahora pertenece a Polonia, y que en ese entonces estaba bajo la administración de la Liga de Naciones. Una serie de causalidades unidas a un infatigable espíritu por experimentar nuevos caminos del arte lo llevarían a convertirse en uno de los artistas más significativos de la segunda mitad del siglo xx.

Después de su nacimiento, la familia Goeritz se trasladó a Berlín. Mathias vivió en la capital del entonces imperio alemán hasta 1941 cuando abandonó definitivamente el país. En 1934, a instancias de su madre, Mathias Goeritz inició sus estudios de medicina, que abandonaría un semestre después para seguir su interés por el arte . Ese mismo año se inscribió en la Universidad Friedrich-Wilhelm Humboldt, para seguir los estudios de historia del arte y, en 1937, en la Escuela de Arte y Oficios de Berlín-Charlottenburg, para formarse simultáneamente como pintor. Como muchos otros artistas, Mathias se convenció muy pronto de que bajo el clima de terror y persecución implantado por los nazis, las posibilidades de desarrollar un arte libre y novedoso eran prácticamente inexistentes.


Altar con los rectángulos dorados de Mathias Goeritz en la Capilla y Convento de la Capuchinas Sacramentarias, obra de Luis Barragán

Al finalizar la década de los treinta, Mathias se concentró en sus estudios de historia del arte con el propósito de terminar su tesis de doctorado, pues tenía el presentimiento de que el país entraría en guerra y que, ante el destino incierto, lo mejor sería concluir la formación universitaria lo antes posible. Mathias presentó su tesis doctoral en el verano de 1940. Una vez terminado sus estudios en Historia del arte, en 1940, Mathias se inscribió como voluntario en la Galería Nacional en Berlín. No existe claridad sobre los afortunados motivos por los que Mathias, quien en ese entonces tenía veinticinco años, pudo evitar ser enviado al frente y lograr salir de Alemania en los años en que el país, ya en guerra, se preparaba para enormes hazañas militares y reclutaba y organizaba para estos fines especialmente a su juventud. Un ex compañero de la escuela, Fred c . Bruhms, decía que Mathias, en su actividad como guía del museo conoció a un alto funcionario de Munich, quien impresionado por sus conocimientos sobre historia del arte y sobre su persona le ofreció un puesto en el servicio exterior cultural del gobierno de Munich. Según Bruhms así fue como Mathias logró obtener el puesto de maestro de alemán y representante de la cultura en Tetuán, Marruecos español.

En 1942 Mathias contrajo matrimonio con la fotógrafa y escritora Marianne Gast, a quien Mathias había conocido en un tranvía en España, en el invierno de 1941. Marianne, cinco años mayor que Mathias, había crecido en Silesias y más tarde había vivido en Inglaterra y Francia y, desde 1939, en España. Era una mujer bella, sensible y elegante, que con una especie de amor maternal siempre siguió los impulsos de su marido. Se divorció de Mathias en 1957 y murió en Bonn, al año siguiente, como consecuencia de un tumor cerebral.

Poco después del final de la segunda guerra mundial, Marianne y Mathias se establecieron en Granada, España, en una vivienda vecina a las Torres Bermejo de la Alhambra. En ese momento Mathias decidió dedicarse completamente al arte, pero sus obras apenas tuvieron alguna acogida. En julio de 1948, el matrimonio Goeritz viajó a Santillana del Mar, un pequeño pueblo en la provincia de Santander. A media hora a pie de este lugar se encuentra la cueva de Altamira, cuyas paredes y techos muestran las pinturas que han sido valoradas como el punto culminante de la cultura paleolítica magdalénica. Las imágenes de animales en la cueva de Altamira constituyeron una profunda experiencia emocional con grandes consecuencias para Mathias, pues no sólo veía en ellas “lo más esencial” que ha creado el hombre, sino que estas imágenes estuvieron simbólicamente vinculadas con la idea de que su verdadero nacimiento ocurría entonces, después de los treinta años, en que se concebía como un hombre libre, sano y nuevo.

Aquí, en Santillana del Mar, Mathias fundó la Escuela de Altamira, un intento por coordinar todos los esfuerzos por apoyar el arte contemporáneo que se había desarrollado en diferentes regiones y que permanecían incomunicados. A través de publicaciones, la organización de exposiciones y reuniones de artistas con prestigio internacional, Mathias dio un impulso significativo a un desarrollo que permanecía paralizado por la política cultural gubernamental.


La obra monumental Las torres de Satélite de Mathias Goeritz y Luis Barragán

Pero la actividad de Mathias no era bien vista por el gobierno franquista. Ante la negativa del gobierno español de renovarles la visa, los Goeritz aceptaron la invitación del arquitecto Ignacio Díaz Morales, quien se encontraba en Europa buscando profesores para la escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara que estaba próxima a ser fundada.

Gracias a la generosa oferta de un mecenas, Daniel Mont, Mathias pudo construir en 1953 un Museo Experimental, El Eco, en el centro de Ciudad de México, que fue pensado como una obra de arte en sí mismo, y que se proponía ofrecer un espacio a los creadores que estuvieran dispuestos a incursionar en una disciplina artística distinta a la que generalmente practicaban. El Eco encontró una gran acogida en el público y los intelectuales de la época, y contribuyó enormemente a cimentar la fama de Mathias, tanto en el país como internacionalmente.

Después de laborar por tres años en la Universidad de Guadalajara, Mathias fue nombrado jefe del taller de Educación Visual de la Escuela Nacional de Arquitectura de la unam y dos años más tarde, en 1956, la Universidad Iberoamericana lo invitó a iniciar la Escuela de Artes Plásticas, la cual dirigió cuatro años. Allí instaló los primeros talleres de Diseño Industrial que hubo en el país. Ese mismo año Mathias Goeritz invitó a México al escultor Henry Moore.

En 1957 Mathias fue invitado por el arquitecto Luis Barragán a diseñar la entrada del fraccionamiento Ciudad Satélite, que realizaba Mario Pani a 10 kilómetros al norte de Ciudad de México. El resultado fueron las famosas cinco torres, cuya altura varía entre los 37 y 57 metros y que fueron pintadas de blanco, amarillo y naranja. Años más tarde, la autoría de estas torres fue el motivo del distanciamiento entre Barragán y Mathias Goeritz.

Gracias a las invitaciones a colaborar de los arquitectos más prestigiados de México, Mathias realizó una significativa obra de arte urbano. Junto con el arquitecto Robina reconstruyó la iglesia de San Lorenzo. También hizo los vitrales para la iglesia del ex convento de Azcapotzalco y para las catedrales de México y de Cuernavaca.

Después de la muerte de Marianne y la crisis que provocó en el ánimo de Mathias, éste se convirtió en un duro crítico de la banalidad del arte. Las expresiones artísticas se limitaban a reflejar la vanidad individual, provenían de intelectuales y estaban dirigidas a intelectuales y carecían de un fondo ético, filosófico y trascendente. Como respuesta a estas tendencias había que desarrollar un arte como servicio, es decir, un arte que cumpliera con una función espiritual.

En 1961 Mathias escribió, junto con algunos artistas que coincidían en su postura el manifiesto más espectacular de todos los escritos: Estoy harto, en el que resume y hace público sus ataques a las corrientes de vanguardia que se desarrollaban en ese momento en las capitales del arte. En diciembre de ese año se realizó una provocativa exposición en la Galería de Antonio Souza, que duró solamente un día, pues algunos de los asistentes terminaron por lanzar objetos y los vasos de agua de jamaica, pero que tuvo un gran eco en el país y en el exterior.

Otras obras de “arquitectura emocional”, como Mathias denominaba sus proyectos, fueron las Torres de Automex, realizadas en colaboración con el arquitecto Ricardo Legorreta, una escultura urbana monumental para la fábrica de vehículos vam (Vehículos Automotrices Mexicanos), la pirámide de Mixcoac, en la plaza central del conjunto habitacional que lleva el mismo nombre, y que fue un encargo de los arquitectos Teodoro González y Abraham Zabludovsky. El coco, una escultura en donde unos grandes anillos planos se compenetran para formar una esfera con mucho espacio vacío y que se encuentra frente a un edificio de departamentos en Tecamachalco.

Unas de las torres más bellas que Mathias heredó a Ciudad de México es La osa mayor, su contribución al Palacio de los Deportes; literalmente esta obra es una constelación de torres cuyos colores van del amarillo al rojo, su colocación corresponde a los puntos de las estrellas fijas que realmente componen la constelación del mismo nombre.

Con motivo de los Juegos Olímpicos que se llevaron a cabo en México en 1968, Mathias inició y dirigió un gran proyecto colectivo que dio una vez más muestras de su gran talento organizador y de su enorme potencial para generar ideas artísticas. Creadores de dieseis países y cinco continentes fueron invitados a realizar una obra plástica para colocarla en algún sitio determinado de la llamada Ruta de la Amistad. A pesar de innumerables problemas burocráticos, espaciales y de las dificultades surgidas por las exigencias de los artistas, Mathias logró hacer una enorme galería al aire libre formada con obras destinadas a ser vistas desde vehículos en movimiento.


Foto: Frida Hartz/ archivo La Jornada, 1990

Mathias Goeritz estaba convencido de que la colaboración con otros artistas y arquitectos era indispensable ante los problemas técnicos que planteaba el arte público, por ello siempre que pudo impulsó o participó en equipos de trabajo que pretendían ofrecer el resultado del intercambio de experiencias, concepciones y posturas de procedencia disciplinar muy diversa. En 1975, a iniciativa de la escultora Ángela Gurría, se formó un grupo que recibió el nombre de Cadigoguse formado por las iniciales de los apellidos de sus integrantes: Geles Cabrera, Juan Luis Díaz, Mathias Goeritz, Ángela Gurría y Sebastián, que realizó en Villa Hermosa, Tabasco, cinco plazas escultóricas. Estas plazas fueron inauguradas por el presidente de la República Luis Echeverría, el 20 de noviembre de 1976.

Ese mismo año, 1979, Mathias participó en un nuevo trabajo colectivo. La idea fue promovida por la Coordinación de Humanidades de la unam , cuyo director era en aquel entonces Jorge Carpizo, y el proyecto fue aprobado por el rector Guillermo Soberón. Los seis artistas que fueron invitados a integrar el grupo fueron Mathias Goeritz, Federico Silva, Manuel Fuelguérez, Helen Escobedo, Sebastián y Hersúa, todos ellos miembros de la comunidad académica de la Universidad.

Los participantes decidieron enmarcar una zona de piedra volcánica y señalar sus límites con una plataforma que sostiene elementos plásticos. En 1977 se empezó con la construcción del llamado Centro del Espacio Escultórico.

En el Parque de Chapultepec, cerca de los museos, se encuentra una torre pequeña que bien podría considerarse también escultura, y observada a distancia semeja un árbol cuyo denso follaje crece en formas geométricas rígidas. Mathias trabajará esta figura durante muchos años, modificando las formas geométricas y la altura, pero manteniendo la idea de la incrustación como motivo esencial. Algunos años después, más precisamente el 13 de julio de 1990, y en presencia de Mathias, se colocó en el patio de la Facultad de Arquitectura de la unam una versión en bronce de aproximadamente dos metros de altura. Profesores, colegas y discípulos colaboraron para financiar el proyecto y promovieron la instalación de este “monumento de agradecimiento”. Pues su esfuerzo fue efectivamente un acto de reconocimiento a quien por más de cuarenta años transmitió sus conocimientos y experiencias a más de 40 mil estudiantes con un mérito extraordinario. Mathias murió cuatro días después. Los cubos ilustrados se convirtieron así en el símbolo de la memoria de un artista y un maestro que influyó decisivamente en el modernismo mexicano.