Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 26 de julio de 2009 Num: 751

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El lenguaje erótico y lo humano
JUAN MANUEL GARCÍA

La igualdad de los muertos
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ entrevista con JUAN GOYTISOLO

Ricardo Garibay: cómo se escribe la vida
RICARDO VENEGAS

Buscar la aventura
J. M. G LE CLÉZIO

50 aniversario del movimiento ferrocarrilero
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Haruki Murakami: el adolescente que fuimos
JORGE GUDIÑO

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
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jsemanal@jornada.com.mx

 

CUERPO SECRETO

MARCO ESCALANTE


Extrasístoles,
Jochy Herrera,
Ediciones Vocesueltas,
País, 2009.

Esta es la obra de un médico. Pero no de un médico cualquiera, sino de uno que entiende la medicina como un saber infinito, incluso como un arte. De nada valen aquí las restricciones tácitas que el tiempo le ha impuesto a su profesión. La medicina, como arte, tiene que codearse con la literatura, la filosofía y el saber universal del ser humano. Por eso rescato aquí una hermosa frase de Le Clezio: “Tal vez un día nos percatemos de que nunca hubo arte, sino solamente Medicina.”

Es sintomático que un médico nos hable de un “examen de rutina”. En dicho examen no se espera encontrar nada: es la corroboración de una vida sin alteraciones, libre de accidentes dolorosos y cuestionamientos, regular y simétrica, como un electrocardiograma perfecto. La extrasístole por eso representa una ruptura y un reto: un latido que escapa al cauce de la normalidad, que se sale de la rutina y revela la precariedad de la existencia. En este sentido metafórico, la extrasístole tiene un valor metafísico y político: representa al mismo tiempo ese temor reflexivo que nos suscita la eventualidad de la muerte y el cuestionamiento del orden establecido. No en vano Jochy Herrera, en la introducción de Extrasístoles, ha enfatizado ese vínculo fatal entre rutina y libre mercado, binomio que se “ha robado el alma de las cosas”.

Este libro es en sí mismo una extrasístole, un objeto raro y ejemplar, puesto que renuncia a la rutina del ensayo monográfico y se entrega al vagabundeo del espíritu, cosa poco común entre médicos. El doctor Francisco González Crussí, prologuista del libro, ha anotado certeramente lo siguiente: “El verdadero ensayista tiende al vagabundeo, al errar de un sitio a otro, es decir de un tema a otro, sin el rígido orden y disposición que caracterizan al estilo académico.” Gracias a este errar interminable, a este viaje que sólo en apariencia carece de un sistema, el autor ha logrado poner un pie en los dominios de la literatura mientras que el otro permanece firmemente establecido en las complejidades de su ciencia.

Herrera entiende que la profesión médica lo condenaría a un mundo relativamente estrecho si no tuviese una conexión con el universo del pensamiento y las artes. En este sentido, su libro me recuerda ese tratado magistral sobre el silencio del cuerpo donde Ceronetti congrega a escritores como Flaubert y Stendhal, y a médicos como Esquirol, Bichat y Tissot. La ciencia resucita en la literatura, y Ceronetti descubre en Bichat a un romántico de la estirpe de Leopardi. ¿Por qué no?

Resaltemos además que los datos que Extrasístoles proporciona, lejos de responder a un afán por brindar información curiosa, sirven de sustento a conclusiones relevantes. En el ensayo “Origen del placer sexual femenino” , al autor no le basta con señalar que la mutilación del clítoris era una práctica común en la Inglaterra decimonónica, sino que abunda en las implicaciones políticas y morales del hecho. De esta manera, ese ensayo pasa a ser una espléndida disertación en torno al control del deseo.

Otra cosa que llama la atención en este libro es la manera en que su autor desaparece en él. Su presencia es más bien sutil o sugerida, y en muchas ocasiones se revela en la selección del tema: el beso, el origen de las lágrimas, los misterios del deseo, los avatares del incansable corazón o el destino trágico de nuestros órganos. Por momentos uno tiene la impresión de que en estas páginas habla un cuerpo condenado al silencio y al olvido, un cuerpo secreto que la salud nos permite contemplar con menosprecio: el cuerpo interior, el cuerpo obrero, el de las vísceras y la sangre, el del corazón extenuado.

En su ambiciosa empresa, Herrera logra por momentos un tono donde se mezclan, de manera impensable, lo lírico y lo épico, porque en la sangre, en las vísceras, en los intestinos, y sobre todo en el corazón, descubre una grandiosa gesta: “Nos inquieta que la verdadera forma del corazón no sea la proveniente de su anatomía sino la que adquiere al ser moldeado por asuntos allende su existencia de monótono músculo rojo: el desamor, el pesar o la melancolía, el odio, la pasión o el rencor. Es así que como conductores de nuestro sentir, formamos y deformamos los límites y perímetros del corazón trazando la huella final de su devenir; somos sus arquitectos, constructores del ánima que, repleta de pneuma psiquicon, puebla el corazón en ocasiones fatigado y en otras vibrante otorgándole en esta faena su verdadera forma.”


DOS MUJERES UNA SOLA SEDA

RAÚL OLVERA MIJARES


Seda,
Alessandro Baricco,
Anagrama,
Barcelona, España, 2009.

Seda es una de esas breves obras que se imponen y resultan difíciles de definir. ¿Novela corta, relato, fábula o apólogo? De hecho, ninguna de estas cosas por separado y todas juntas. El autor, Alessandro Baricco la concibió a partir de una anécdota oída en una excursión de esquí. Un pariente lejano de un amigo suyo se aventuraba cada año en largos viajes por el Japón, en busca de huevos para criar gusanos de seda. Hervé Joncour, el protagonista, es la voz de un pueblo que, a instancias de Baldabiou, un forastero, personaje profeta y mentor, comienza a dedicarse al beneficio de la seda. De ahí el título y no solamente. La seda, además de fuente de riqueza, representa la sensualidad del Oriente que cubre con un tejido casi imperceptible la trémula carne de las mujeres. Seda es, fundamentalmente, una historia de amor, el triángulo formado por dos mujeres y un hombre, donde la virtual amante se convierte en una prolongación mental de la esposa.

Los huevos llegan del Cercano Oriente, hasta que el estallido de una epidemia, la pebrina, afecta la producción local. El visionario Joncour tiene una idea: traer el material del Japón, cerrado en aquel entonces al comercio. Haciendo un recorrido a través de Württemberg, Baviera, Viena, Budapest, Kiev, el lago Baikal, Sabirk llega al Cabo Teraya, en la costa occidental de la isla, a bordo de un navío de piratas holandeses. El recorrido de ida y vuelta será siempre el mismo y, a pesar de ello, Baricco va a referirlo varias veces, a lo largo de la obra, siempre con las mismas palabras.

En su natal Turín, tras exitosos experimentos en la televisión, Baricco abrirá una escuela para narradores. De hecho, sus muchos críticos en Italia le recriminan la impecabilidad de su técnica como narrador, la cual vuelve sus piezas truculentas y algo acartonadas. Baricco está convencido que no sólo las letras sino el cine, la televisión, y hasta el periodismo, dependen de conocer y dominar el sutil arte de contar. En el libro, Hara Kei, una suerte de Kublai Khan en El millón de Marco Polo o Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, recibe al visitante, con fasto y una joya invaluable, de rasgos casi occidentales, su propia mujer. Por recados y traducciones se entera Hervé del secreto de amor, ya expreso en el lenguaje del cuerpo, la taza donde los labios de los dos desconocidos, de manera consciente, se han posado. La seducción se prolonga tres episodios: ese viaje y dos más, sin pasar, en realidad, a mayores. En medio estalla la guerra civil en Japón y, haciendo frente a presiones en contra, Hervé vuelve por tercera y última vez, sólo para ver colgado al joven sirviente que le portó un mensaje de su virtualmente adúltera ama. Mensaje, ¿cuál? Él mismo era el mensaje, responde Hara Kei, conminándolo a no regresar jamás. Luego las curas de Louis Pasteur y la apertura al mundo de Japón inundan de huevecillos Europa, haciendo inútiles sus viajes.


EVOCACIÓN DE LA LUZ

CHRISTIAN BARRAGÁN


Lucinda Urrusti. Pintora de luz,
Eduardo Espinosa Campos,
CNCA, Col. Círculo de Arte,
México, 2008.

Naturaleza muerta blanca y negra. Acaso el silencio. La quietud de la luz en el aire conteniendo la sombra difusa, evanescente, de una jarra para té. Sólo la huella de su materia encerrada en los bordes imprecisos del espacio oscuro. Cercano, otro cuerpo de menor tamaño, casi esférico, de tonos blancos y nacarados completa la imagen. Quizá una azucarera. Alrededor de las dos piezas, un halo azul de cielo antes de la lluvia, incluso antes de la palabra, del nombre, rodea y atestigua la presencia de las formas. El espacio, no de fondo, no venido de fuera, sino interno, íntimo, deviene en enmudecida resonancia de resplandores templados. Acaso el silencio de la luz que apenas dibuja la materia, que la nombra.

Recientemente apareció, dentro de la discreta colección Círculo de Arte, el título Lucinda Urrusti. Pintora de luz que recoge un ensayo monográfico de la vida y obra de la artista avecindada en México hace setenta años. El texto, ilustrativo, está firmado por Eduardo Espinosa Campos y nace a partir de una entrevista que el autor le realizó a la pintora algunos años atrás. Como rúbrica de la colección, una breve pero representativa selección de reproducciones de la obra plástica de Urrusti concreta este espléndido volumen, que es a un mismo tiempo testimonio y homenaje de quien ha evocado la luz en el espacio poético del cuadro.

Desde la llegada de Lucinda Urrusti a México procedente del puerto francés Sète, siendo aún adolescente, en el mes de junio del año 1939 a bordo del buque inglés Sinaia y acompañada por sus padres y su hermano menor, hasta el encuentro con la creadora y su obra más reciente, Espinosa Campos urde un viaje a través de la memoria de su exilio y su permanencia en este país que la acogió a ella y a su familia como a muchos otros refugiados españoles de aquella época. Así, conocemos de la inquietud en su infancia madrileña por la expresividad del arte, de su gusto ingenuo y habilidad temprana por el dibujo, aunque sería hasta varios años después, ya instalados en las proximidades del centro de Ciudad de México, que recibiría sus primeras lecciones de dibujo a cargo del maestro aragonés Luis Marín Bosqued, también alejado de su patria; de su posterior ingreso, informal, libre, a la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda y sus trato con los pintores Agustín Lazo, quien impartía clases de óleo; Federico Cantú, que enseñaba a trabajar al fresco, y Jesús Guerrero Galván, que aconsejaba como dibujar desnudos; de su formación en el taller de Ricardo Martínez; de sus amistades con jóvenes artistas, escritores y pensadores como Lilia Carrillo, Luis Villoro, Joaquín Sánchez MacGregor y Leopoldo Zea, entre otros, y de la persistencia a lo largo de su obra de ciertas obsesiones: naturalezas muertas, retratos, desnudos, atmósferas, rumores, penumbras: quietud, templanza.

Lucinda Urrusti. Pintora de luz representa una inmejorable oportunidad de acercarse, de volver, para muchos es cierto, al universo iridiscente e íntimo creado con discreción y constancia por la última artista mexicana sobreviviente del siglo pasado.



Alas de ángel,
David Martín del Campo,
Ediciones B,
México, 2009.

Esta novela obtuvo, hace diecinueve años, el Premio Internacional Diana de Novela. Con el subtítulo “episodios tropicales de A.C. Roy), la trama se ubica en las primeras décadas del siglo pasado y en ella se cuenta la historia y peripecias del protagonista, Ángel Roy, que ha perdido a “su amada Mary Riff” y que en su búsqueda se ve envuelto en una cantidad notable de peripecias.



Huellas en el polvo,
Luis Girarte Martínez,
Conaculta/Instituto Jerezano de Cultura/Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde,
México, 2009.

Con este poemario el autor obtuvo el primer lugar en los Juegos Florales Ramón López Velarde 2008, y aunque la idea misma, de suyo arcaizante, de los juegos florales, puede ahuyentar al probable lector –la edición del libro y el diseño tampoco son de gran ayuda para adelgazar el prejuicio--, el contenido vale mucho la pena. Prescíndase sin culpa de la presentación que abre el volumen, y listo.