Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 26 de julio de 2009 Num: 751

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El lenguaje erótico y lo humano
JUAN MANUEL GARCÍA

La igualdad de los muertos
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ entrevista con JUAN GOYTISOLO

Ricardo Garibay: cómo se escribe la vida
RICARDO VENEGAS

Buscar la aventura
J. M. G LE CLÉZIO

50 aniversario del movimiento ferrocarrilero
AGUSTÍN ESCOBAR LEDESMA

Haruki Murakami: el adolescente que fuimos
JORGE GUDIÑO

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


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Las partes y el todo (I DE II)

“En una obra seria uno necesita que el público siga la historia y se implique en ella emocionalmente, y no puede permitir que alguien rompa de repente dicha realidad con una mala actuación o siendo poco verosímil”: así lo dice, de manera inmejorable, Woody Allen, como puede leerse en la página 190 del grueso volumen titulado Conversaciones (Editorial Lumen, 2009), que Eric Lax, biógrafo del autor de Bananas y Match Point, publicó recientemente.

La cita viene al caso porque aplica a la perfección cuando uno busca las razones por las cuales All inclusive (México-Chile, 2009), dirigida por el chileno Fulanito de Tal, acaba convertida en una suerte de autotraición, muy a pesar de que, en el papel, aparentaba tener los elementos necesarios para ser una película ya que no altamente memorable, sí al menos digna de algo más que el pronto olvido.

El argumento base no puede ser calificado de pobre o malo: una familia compuesta por padre, madre y tres hijos –dos de ellos mujeres-- sale de vacaciones, con el propósito colectivo más o menos claro, aunque no necesariamente compartido, de “convivir” como lo haría una familia “normal”, donde esta última palabra pretende incluir en su muy borrascoso campo semántico hechos y conceptos tales como alegría, armonía, capacidad de comunicarse y gusto por hacerlo, conocimiento, comprensión y aceptación mutuos, etecé. Como va resultando previsible ya desde el mero planteamiento enunciado en el párrafo que antecede, el conflicto consiste precisamente en la incapacidad que la familia padece de alcanzar dichas convivencia y normalidad.

Asimismo, y como cabe esperar en una historia armada coralmente, es decir una en la cual el hilo conductor no es un él o una ella en particular, tanto el calado dramático como la responsabilidad de hacer que la trama avance se reparten, más o menos equitativamente, entre el conjunto de actores convocado. Es en este renglón donde All inclusive comienza a hacer agua, y al final uno queda convencido de que lo variopinto del reparto no tenía más remedio que derivar en el naufragio histriónico: Jesús Ochoa cumple más que satisfactoriamente en el papel de un padre dividido entre sus preocupaciones laborales y el abandono emocional en el que reconoce haber tenido a su familia. Gris y carente de matices, Valentina Vargas interpreta a una madre que, atrinchilada entre el tedio matrimonial y la convicción de que pese a todo su obligación mayor consiste en mantener unida a su familia, medio acepta y medio rechaza los avances de un “conquistador de alberca”. Ana Serradilla, aquí en el papel de la hija mayor que se ha separado de su esposo y que acepta acompañar a su familia a las vacaciones para darse un tiempo y pensar en su fracaso, es obligada a correr riesgos actorales que no serían tales, ni resultarían en ejecuciones lamentables, bajo la tutela de algún otro director con más talento y sensibilidad. Por su parte, caracterizando a la segunda hija, una chava darketa borrosamente instalada entre el nihilismo-no-ilustrado y el egoísmo adolescente, Martha Higareda sigue dando muestras de que ni la popularidad mediática ni los llamados constantes a conformar elencos son garantía de que una actriz alcanzará un día registros más amplios de los que se le han visto desde un principio. La familia se completa con el púber ciberadicto hijo menor, encarnado en un Jesús Zavala por completo intrascendente.

A ellos deben sumarse como mínimo otros tres personajes: primero, el ya referido conquistador de alberca, mismo que en el cuerpo, la voz y las manías actorales –en las que consiste la totalidad de su magro arsenal– de Jaime Camil, encuentra lo mismo su escaso límite que su chocante resultado; segunda, la azafata personificada por la ibérica Mónica Cruz, cuyo único mérito apreciable –y muy posiblemente la única razón por la cual fue incluida en el reparto– es parecerse notablemente a su famosa hermana de nombre Penélope, y que no obstante ser un personaje que se supondría importante para el desarrollo completo del trayecto dramático del adolescente cibercachondo, aparece de modo tan marginal que uno acaba por soslayarla no sólo a ella, sino a la subtrama completa. Y tercero, Usnavy, personaje femenino cuya obvia relevancia debió impedirle a guionistas y director hacer de ella un ejercicio de inverosimilitud tanto más enojosa cuanto que es interpretado por Maya Zapata, actriz en posesión de talento y capacidad muy superiores a la caricatura que aquí se le hizo prestar cuerpo.

(Continuará)