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Quiero que me recuerden madreado, pero con la guardia en alto, dice el ex boxeador

El Púas Olivares desea que disequen su cuerpo como el de un animal

Perdí todo, menos la honradez, señala el ex campeón mundial

Quiere comercializar la marca de su apodo y dirigir una película sobre su vida

Lejos de sus glorias, vivo de puro milagro

Foto
Rubén Olivares lamenta todo el dinero que perdió víctima de incontables estafasFoto Arturo Ávila Cano
Juan Manuel Vázquez
 
Periódico La Jornada
Sábado 1º de agosto de 2009, p. a12

Rubén Púas Olivares era apenas un niño cuando le dieron su primera chinga. Había tomado un billete de cinco pesos de la tortillería donde trabajaba, propiedad de su padre, don Salomón Olivares, quien le preguntó por el dinero faltante. Rubén reconoció que se había hecho el autopréstamo y a cambio recibió una brutal golpiza como lección. Ese día aprendió que un hombre puede perderlo todo, menos la honradez.

“Me metió un putazo: ¡pum! Me noqueó, ahí dentro de la tortillería, y me dio de patadas. Tons, ya le saqué el billete y me dijo: ‘pa que aprenda, cabrón, y cuando camine por el mundo vaya con la frente en alto’, y ahora que lo pienso sí cierto, cuánta razón tenía el viejo”, recuerda el ex campeón exhibiendo su enorme boca de risa fácil.

Con el hocico roto y la lección aprendida, el pequeño Rubén adquirió conciencia de que la vida es cabrona, con tal fuerza que aquel chamaco flaco y dientón terminó por agarrarle gusto a los golpes, y con ese entusiasmo escribió, a punta de guamazos, páginas memorables del boxeo.

Apenas era un jovencito y ya tenía un récord impresionante – 52 combates sin derrota–, cuando contra todo pronóstico derribó espectacularmente al monarca Lionel Rose, en 1969, para iniciar así una carrera como campeón, aunque siempre marcada por altibajos: lo mismo propinando nocauts demoledores, que protagonizando encarnizados combates donde rescataba la victoria con las uñas, o en cuestionables escaramuzas, donde la vida loca le cobraba su cuota de caídas.

Es mala fama

Entre el instinto natural del peleador y la técnica depurada de un bailarín, Rubén Olivares fue construyendo el personaje de el Púas, sinónimo del héroe que nutrió durante décadas el imaginario de los mexicanos, ávido de tragedia, comedia y melodrama.

–Púas ¿de verdad era tan indisciplinado y parrandero como se le recuerda?

–“No... psss es mala fama, pero la mera verdá es que yo siempre te corría a diario, porque sólo así se gana una pelea: con condición. Digo, que me tomaba una cervecita o que me ponía alegrito, ps no lo voy a negar, pero de todos modos corría.

Aunque me acostara a las cinco o seis de la mañana, yo me levantaba temprano y así echaba toda la cruda pa fuera, sudaba reboniiito, ¡hijuelachingada!, y así me componía.

Sin embargo, si la flota se le presentaba, psss, cómo negarse, y entonces sí, a jalar a donde sea –reconoce–, a la peregrinación por los míticos santuarios de los peleadores malditos: haciendo escalas en cabarets, pulquerías, cantinas, banquetas y camellones donde derrochaba dinero con los cuates, porque el campeón, como buen ídolo del pueblo, es generoso y manirroto con su gente.

“Donde sea, ¡no importa! En La Hija de los Apaches, la pulquería de mi compadre Pifas, hasta con los teporochitos del barrio, en el camellón con el Escuadrón de la Muerte, en La Bondojo.

“Llegaba a las cinco de la madrugada y me paraba: ‘¡Quihúbolas!’, les decía. Y ellos: ‘¡Qué pasó mi Púas!, échate un alcohol’ –me invitaban–. Y entonces sacaban un jarro de canela con alcohol, de ese matarratas, y yo les daba unos de coñac o de ron o güisqui, ¡aunque ni les gustaba!… bueno, con decir que una vez hasta me los llevé a comer a mi casa de Lindavista. ¡Puta! –recuerda entre carcajadas– ¡Qué desmadre!”

Eso sí, el gusto por las parrandas nunca lo ha negado, pero jura que jamás subió tomado al cuadrilátero, como aseguran algunas crónicas de la época en las que era el Gran Púas. Si acaso, –admite– un chisguetito antes de la pelea para relajarse.

Dicen que en los años más álgidos de José Toluco López, el público –que al mismo tiempo lo adoraba– no dejaba de chotearlo y le lanzaba crueles puyas por la célebre afición del ídolo a la bebida y por sus trágicas derrotas.

“¡Ese mi Toluco, tú ya ni noqueando ganas!”, le gritó alguien entre el público en una de sus peores noches.

¡Saca los pulques!

La afición es cabrona, lo sabe el Púas. Cuando asistió al funeral de Raúl Ratón Macías –símbolo del muchachito de bien–, Olivares fue asediado por una multitud de fanáticos que le pedían un autógrafo o que posara para una foto tomada con teléfono celular, pero al mismo tiempo lo choteaban gritándole: “Ese mi Púas, ya saca los pulques”.

“Hijos de la chingada –dice muerto de risa–, cuando pasó el féretro del Ratoncito, un cábula que me grita: ‘Otro, otro, otro’, o sea, psss como pa’ que yo también me petateara –dice rematando con otra sonora carcajada– ¡A toda madre!”

Pasadas las glorias, el Púas vive actualmente de puro milagro y no encuentra ni santo ni demonio que interceda por él y le ayude a echar a andar los varios proyectos que trae entre manos, algunos descabellados, aunque siempre atrevidos e interesantes.

“Ahorita necesito dinero para comercializar la marca del Púas: un muñeco para coleccionistas, playeras, gorras. Luego están el cómic y mi libro sobre cómo aprender el boxeo, pero bien, o sea como un arte. Además necesito hacer una película de mi vida, pero será in-te-re-san-tí-si-ma –dice saboreando cada sílaba–, con testimonios en Japón, Tailandia, Australia y Estados Unidos.”

La cinta sería dirigida por el propio Púas, pues asegura que trabajar tantas veces junto a directores como Ismael Rodríguez fueron muy formativos.

“Yo nunca he dirigido, pero, ¡ah, chingá! Psss aprende uno. Como decía don Ismael: aquí lo agarramos y hacemos un panning y la chingada”, dice muerto de risa mientras encuadra con las manos una escena imaginaria de quizá la primera película dirigida por un ex campeón.

En lo que llegan los recursos, Rubén Olivares se gana una feria como artesano, en el tallado de madera, un oficio que aprendió desde pequeño: mientras adiestraba las manos para destruir rivales, al mismo tiempo las disciplinaba para cultivar la belleza, dice lleno de orgullo.

“N’ombre, si hubieran visto mi Última Cena –donde los apóstoles usan guantes de box, menos Cristo, porque él es el jefazo. ¡Puta!, Leonardo y Miguel Ángel me habrían dicho: ‘Púas, adelante, cierra el changarro, acompáñenos a traer el mármol’”, y explota a carcajadas.

Pero ni modo, por ahora a conseguir dinero, por eso el Púas maldice por toda la lana que perdió víctima de incontables estafas: una fortuna. De los mánagers a quienes asegura les compró casas; de la familia, que le robó hasta las joyas; de las mujeres, que le vieron tantas veces la cara de maje, y así sigue el rosario de abusos que incluyen al escritor Ricardo Garibay, viejo raterazo, dice él, y hasta alguna esposa de un ex presidente, quien se quedó con uno de sus adorados Cadillacs, y termina con los políticos que lo explotaron con recursos para hacer campaña en tiempos electorales.

Era en la época en la que tomaba mucho y me resignaba, total, otra madreadita más y me recupero, aunque a la larga estuvo cabrón, porque todo se fue, abunda el ex púgil de 62 años.

–Decía que le gustaría ser enterrado en la Rotonda de los Hombres Ilustres, dentro de un ataúd por donde salieran sus manos, vacías y limpias, para que todos vieran que no se lleva nada, ¿aún quiere ser despedido así?

–No, ya cambié de opinión. Ahora voy a vender mi funeral como los famosos venden sus bautizos y bodas, y después quiero que un taxidermista diseque mi cuerpo, como un animal. Que me ponga vestido de boxeador y con guantes, con mi cara toda madreada, pero en guardia, eso sí; porque así es el boxeo, como la vida, donde uno no se sube a recibir besos”, finaliza, aunque en esta ocasión ya no ríe.

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