Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 2 de agosto de 2009 Num: 752

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Naturaleza muerta
ORLANDO ORTIZ

Un condenado a cadena perpetua medita
STELIOS YERANIS

Pavana para Ulalume González de León
(1932-2009)

ELENA PONIATOWSKA

El espíritu neoclásico de Eduardo Lizalde
DIEGO JOSÉ

Juan Manuel de Prada: el poder de las palabras
JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Foto: María Meléndrez Parada/
archivo La Jornada

El espíritu neoclásico de Eduardo Lizalde

Diego José

Daña el placer con dolor adquirido
Horacio

Leer a Eduardo Lizalde significa descubrir que su producción literaria ha estado marcada por una constante: ponerse a prueba. De ahí que su experimentación temprana en el poeticismo, su tendencia al gongorismo y su irreverente perspectiva, fueran decisivos para definir la voz que lo caracteriza, esa firmeza que tiene para moverse por el vasto y contradictorio dominio de la belleza.

La fabulación que sostiene a gran parte de su obra poética –El tigre en la casa (1970) , La zorra enferma (1974) y Caza mayor (1979)– muestra la culminación de una búsqueda que desemboca en una exquisita tensión moral. La ambivalencia entre la animalidad y el comportamiento humano le sirven para agudizar su crítica, pero más allá del artificio que delinea su bestiario, el tono satírico con que amarra sus navajas apuntala la casuística de sus metáforas, las cuales asocian lo instintivo y lo civilizado, el refinamiento y lo pueril, la cortesía y lo obsceno, pero siempre con el matiz de un lenguaje soberbio y con los giros sofisticados que nos recuerdan que la retórica es corrección, claridad y adorno . De tal manera que su lenguaje puede tornar lo execrable en sublime: “La perra más inmunda/ es noble lirio junto a ella./ Se vendería por cinco tlacos/ a un caimán// Es prostituta vil,/ artera zorra,/ y ya tenía podrida el alma/ a los cuatro años.// Pero su peor defecto es otro:/ soy para ella el último/ de los hombres.”

La animalidad deviene en símbolo: representación de la inconsistencia de las pasiones, juego de imitaciones y simulaciones que buscan encarnar en la metáfora. En los poemas de Lizalde se condensa, no una proclamación de la sexualidad, sino la crítica de los hábitos y las prácticas que, pretendiendo alzarse como civilizadas, conducen al hombre a su condición primitiva, ahí donde la razón es tentada por el instinto oponiéndose a las “buenas maneras” de la cultura. Su juego erótico consiste en abolir toda delicadeza, evitando los eufemismos de la piel para ensalzar la “vulgar ” significación de la carne.

Lo inusual de su poesía se encuentra en el tono ácido de su expresión. A diferencia de otros que enarbolan la amargura para enfrentar su gloria o su desdicha, Lizalde hace uso del humor para contrarrestar los sentimientos. La confrontación del animal sexual frente a la sofisticación del hombre civilizado crea un efecto contrastante que Lizalde aplica también al lenguaje, señalando que la mínima diferencia entre el animal y el ser humano consiste en la palabra. Su procedimiento estriba en emplear algunos usos prosaicos que ponen en evidencia al supuesto salvaje frente a la estilización afectada que lo enmascara: humor y erotismo son los resortes que hacen posible la extravagante comunión de lo vulgar con lo exquisito.

Destaco “el humor” como uno de los condimentos esenciales de su literatura porque me parece una virtud poco efectiva en nuestras letras; no hablo de bromas ni de juegos verbales o de trampas analógicas, sino del equilibrio entre compasión e ironía que Milan Kundera expresa en estos términos: “El humor: rayo divino que descubre el mundo en su ambigüedad moral y al hombre en su profunda incompetencia para juzgar a los demás; el humor: la embriaguez de la relatividad de las cosas humanas; el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certeza.” El humor de Lizalde conquista porque al ironizar nuestros actos los hace susceptibles de compasión. El otro ingrediente es el erotismo, que sirve como piedra de toque para ablandar las nociones habituales del cortejo y del desamor, tópico que sigue de cerca la noción acuñada por Octavio Paz: “El erotismo no es una simple imitación de la sexualidad: es su metáfora.”

El afilado bisturí con que Lizalde disecciona la moral es el erotismo, pero zurce con humor los cortes que hace. Esta intersección entre humor y erotismo ha sido frecuentada por una rica constelación de poetas, desde Catulo y Propercio, a Quevedo y Sor Juana Inés de la Cruz ; tradición que Lizalde sigue de cerca, sobre todo la diatriba de los latinos, como bien lo indica Carlos Ulises Mata en su libro La poesía de Eduardo Lizalde. Tales afinidades se resuelven en una visión compartida del desengaño, el odio y la inconsistencia amorosa, en cuyas obras oscila la queja siniestra y la dicha de revolcarse en la desgracia propia, porque después de tanto sufrimiento ¿cuál veneno sería más artero, el que se lanza contra los otros o el que se destila hacia dentro de uno mismo? En su caso, para beneficio del lector, veneno y antídoto son la misma sustancia: “Uno se dice:// ¿Qué mujer no se vería orgullosa/ de provocar estos versos?/ Como no sea aquella/ para la que fueron, por desgracia/ escritos.”

Amén de la impronta de ciertas figuras latinas en su poesía, tampoco dudaría en considerar que Eduardo Lizalde está en deuda con la canción popular mexicana de Lara, Jiménez y Sánchez, más como celebración del espíritu amoroso que anima a estas composiciones que como una banal utilización de su discurso, ya que al contrastar ambas referencias culturales, Lizalde reviste los sentimientos comunes con matices renovados que le imprimen una expresión clasicista, entre solemne y desenfadada; el tono doliente del que arrastra su desdicha por cantinas, tugurios y arrabales, aparece con frecuencia en varios momentos de La zorra enferma , especialmente en poemas como “Vino, mujeres y canto”, “Otra vez Ronsard”, “Boleros mexican style”, “Otra vez Monelle”, “Herida”, y con elocuente musicalidad en “Bellísima”: “Óigame usted, bellísima,/ no soporto su amor./ Míreme, observe de qué modo/ su amor daña y destruye.”

El humor de Lizalde hace posible que del aborrecimiento se asome la retama de la celebración; su festín se vuelca en una irresistible carcajada que duele, o en un dolor que cura mediante la carcajada: es voraz porque hace sentir su despecho, su amor y su enardecimiento, gracias a un exhaustivo tratamiento estilístico que invierte el sentido de la retórica, es decir, que utiliza –con sobrado dominio– los recursos de la tradición clásica para desmantelar la solemnidad poética y para contrapesar el discurso amoroso, de tal manera que logra lo que Carlos Ulises Mata apunta: “Permitirnos mirar nuestra realidad desgraciada, al tiempo de adquirir la capacidad para burlarnos –y divertirnos– de ella, sin que para esa conversión inducida, el poeta, como nunca lo hace, adopte el incómodo papel de moralista o pedagogo.” Y en este sentido, su obra transpira un delicioso espíritu neoclásico , capaz de tañer la lira del ingenio o la flauta de la emoción.


Foto: Luis Humberto González/ archivo La Jornada

Sus metáforas no pretenden revelar sino representar la condición erótica, es decir, el instinto estilizado que lucha por ir más allá del dominio de la razón y de las sombras de la costumbre; esa necesidad humana de extraviarse de sí mismo para mirarse convertido en metáfora, ese “más allá” que Octavio Paz explica como un retorno al estado original del ser: “El hombre imita la complejidad de la sexualidad animal y reproduce sus gestos graciosos, terribles, o feroces porque desea regresar al estado natural.” Lo erótico es el artificio que nos permite rebelarnos al racionalismo de las costumbres, permitiendo que nazca la ilusión consciente de sabernos animales: “El tigre en celo/ es como un pozo de semen,/ como un brazo de río:/ más de cincuenta veces en un día/ copula y se descarga largamente en la hembra,/ como un cielo encendido en éxtasis perpetuo,/ una tormenta de erecciones./ Y la hembra que aúlla o vocaliza/ con su voz de contralto,/ cómica y dolorosa,/ pornográfica y mártir,/ espera al tigre que la ronda sin tregua/ como una tea, como un astro poseído e hirsuto.”

Ambas cuñas, el erotismo y el humor, reafirman la calidad poética de Lizalde. Indistintamente sus libros desembocan en una celebración vital de los apetitos humanos. El tigre en la casa es el alarido furibundo de la bestia erótica y su resonancia reverbera en La zorra enferma y en Caza mayor, que conforman una suerte de ciclo poético por el cual se admira su obra y se lee con fruición.

Entre el desencanto y la fascinación erótica transitan los libros centrales de su poesía, trazando una parábola que vuelve hacia su centro, a veces con euforia, otras con reposada experiencia, pero obstinadamente haciendo uso de la ironía y de una reutilización de las formas culturales que casi siempre busca transgredir; esta línea poética, aunque presente dentro de sus demás libros, es retomada con mayor lirismo en Tabernarios y eróticos (1989), obra que delata más que la solvencia literaria del escritor, la plenitud del hombre. Este título, menos constreñido al rigor temático y estilístico, revela con firmeza la vitalidad que tiene Eduardo Lizalde para constatar llanamente la significación ambigua del placer, justo en el instante en que se vive, sin idealizaciones ni laceraciones, simplemente con conocimiento de causa; sin eufemismos ni axiomas, con la certeza del que se confirma en la quemazón y en los rescoldos.

Podría argumentarse que anuncia la domesticación del tigre, pero tigre al fin, dispuesto a desgarrar y a entregarse a su deleite. Lo que consigna en Tabernarios y eróticos es su afán por vitorear la experiencia física del amor desde sus inciertas caras, a veces sublimes, otras desencajadas y dolientes, pero rostros encendidos por una misma llama: el gesto furtivo del amante: Me guardo para ti./ Acudes un instante./ No hay tiempo. Te vigilan./ Tiro al papelero estas diez horas/ de vida estéril/ y otra carga de semen amoroso/ se avinagra, con sangre y con dolor,/ al fondo de mi cuerpo.”

Pocos poetas mexicanos se han aproximado con tanta elocuencia al territorio del erotismo, también son escasos quienes lo hacen con excelso preciosismo, sobre todo tratándose de una carnalidad palpitante, la que incendia la caricia con todas las imágenes del instante. Acaso Efrén Rebolledo le antecede en esta visión erótica de la poesía. Los sonetos que conforman Caro victrix son una muestra de esta cercanía, pero insisto, cercanía, que no necesariamente correspondencia, ya que ambos poetas siguen, utilizan y producen efectos distintos. Ambos comparten la obsesión estilística, uno contiene en tanto el otro se abandona, pero los dos buscan la expresión precisa. Rebolledo reviste, Lizalde desnuda. En Efrén Rebolledo triunfa lo deleitable de la imagen erótica, el desfallecimiento del cuerpo producido por la embriaguez de su propio sensualismo; mientras que en Eduardo Lizalde vencen las incisiones producidas por la experiencia, llevándonos de la sublimación del acto amoroso a la violencia prosaica y vital de lo cotidiano: “Los amantes se aman, en la noche, en el día./ Dan a los sexos labios y a los labios sexos./ Chupan, besan y lamen,/ cometen con sus cuerpos las indiscreciones/ de amoroso rigor,/ mojan, lubrican, enmielan, reconocen./ Pero al concluir el asalto,/ los dos lavan sus dientes con distintos cepillos.”

Esta violencia lingüística singulariza la erótica impuesta por Lizalde a su poesía, en ella se estrechan las metáforas del cuerpo y su realización concreta, sus palabras ponen de manifiesto que la naturaleza humana es atravesada por la pasión y que la pasión es irreconciliable para el raciocinio –aún cuando en su obra exista una reflexión sobre el erotismo, en ella laten los apetitos y en ella se anudan las contradicciones vitales–, de ello deviene su fuerza expresiva y su “esperpéntica” concepción de la belleza: “No soy bello, pero guardo un instrumento hermoso./ Eso aseguran cuatro o cinco ninfas/ y náyades arteras –dijera el jerezano–,/ que son en la materia valederos testigos/ y jueces impolutos./ Dice alguna muy culta y muy viajada/ que debería fotografiarse/ mi genital ballesta en gran tamaño/ y exhibirse en el Metro,/ en vez de esos hipócritas anuncios/ de trusas sexy para caballeros.”

Eduardo Lizalde es un poeta de la “encarnación”, no lo digo en un sentido místico –aunque cabe recordar el carácter sagrado de la sexualidad en la vida mística que analizó Bataille en su tratado El erotismo–, sino en el sentido en que su obra permite vislumbrar la certeza de que sólo a través del cuerpo se hace comprensible la existencia humana, mas es necesario gozarla y padecerla para sentirse verdaderamente humano. Es más, bajo la apariencia del lenguaje refinado, sus versos parecen sugerir que reconozcamos en la inmundicia la gloria del cuerpo y en la animalidad la plenitud del espíritu.

El erotismo de Eduardo Lizalde exalta y degrada estos aspectos, haciéndonos palpable la contingencia, por eso, al transgredir con el lenguaje el discurso amoroso, sus metáforas resultan en una afirmación de la condición del hombre que necesariamente compartimos: “Sólo antes del amor, míseramente,/ de la muerte sufrimos./ Nadie nos ha tocado para darnos el ser./ Dios no ha puesto la mano en nuestros cuerpos.”