Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 2 de agosto de 2009 Num: 752

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Naturaleza muerta
ORLANDO ORTIZ

Un condenado a cadena perpetua medita
STELIOS YERANIS

Pavana para Ulalume González de León
(1932-2009)

ELENA PONIATOWSKA

El espíritu neoclásico de Eduardo Lizalde
DIEGO JOSÉ

Juan Manuel de Prada: el poder de las palabras
JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
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Directorio
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Pavana para Ulalume González de León
(1932-2009)

Elena Poniatowska

La Ulalume González de León que entrevisté el sábado 27 de febrero de 1971 parecía una de esas figuras prerrafaelitas con el pelo rojo tiziano, “auburn” (dirían los ingleses), que caía suavemente sobre sus hombros y enmarcaba su rostro. Muy delgada, niña casi, sonreía constantemente. “¡Es la primera vez que me hacen una entrevista! ¡Bueno no, ya me hizo una Isabel Fraire! ¡Ven, te voy a enseñar la casa! ¡Me encanta! La hizo Teodoro, mi marido, Teodoro González de León, el famoso arquitecto que trabaja con Abraham Zabludowsky, o al revés volteado, en fin, los dos trabajan juntos. ¡Mira, te voy a explicar! ¡Es una sola pieza, que descansa sobre dos columnas huecas! ¡Allá es la parte de “los grandes” -nuestra recámara-, en medio está la estancia, y allá a la derecha los cuartos de nuestros tres hijos!”
Los González de León vivían en un rincón de San Ángel que compartían con pura gente famosa; a un lado, los Cuevas, José Luis y Berta; al frente, los Fuentes, Carlos y Rita; más allá, los Xirau, Ramón y Ana María. La casa de los González de León, toda transparencias, daba sobre un hermoso patio rodeado de azaleas rojas. Mucha agua ha corrido desde hace treinta y ocho años, Ulalume y sus hijos crecieron felices a la sombra de los árboles de San Ángel y el día de la entrevista, Ulalume, perfecta ama de casa, ya tenía lista la charola del café.


Foto: Rodulfo Gea

-Ulalume, ¿por qué escribes?

-Para usar mis energías en hacer cosas que mejor se adapten a mí. Dice Gide que la melancolía es fervor no empleado. El mundo es tan absurdo que todos los hombres deberían ser unos melancólicos incurables; pero usan su fervor, de alguna manera están programados para vivir, y la mejor prueba de ello es la alegría (también absurda, pero cierta) que sienten al hacer cosas: con las manos, con la acción, con el pensamiento. Yo sentí esa alegría al escribir. Por qué o para qué se escribe, es una reflexión que se hace uno después. Cuando me la hago, mi pasión por encontrar una respuesta es inseparable de la ira que me provocan las explicaciones que dan al público algunos escritores. Muchos responden como si se tratara de “tener razón”, y en literatura no se puede tener razón. Uno tiende un puente entre la conciencia y el mundo para situarse, para tratar de entender, pero también en busca de los otros. “Enfermo de otredad”, decía Juan de Mairena acerca del escritor. Se busca a los otros en un acto de amor (la alegría personal de hacer no basta); pero lo escrito no tiene la función, como dice Pound, “de obligar o persuadir mediante la emoción, o intimidar o reprimir a la gente para que acepte unas opiniones en vez de las contrarias. Tiene que ver con la claridad y el vigor de todos y de cada uno de los pensamientos y opiniones. El escritor no se propone, como el científico, descubrir leyes indiscutibles, ni trata de convencer a los demás como el luchador político. No puede “tener razón”. Busca al prójimo, definido como interlocutor inteligente; al prójimo que perdemos cada día con los medios de “comunicación” hechos para las masas”.

-¿Qué escritores te enojan con sus explicaciones?

-Los que olvidan que no hay nada tan diferente a un hombre como otro hombre y piensan que una forma de la literatura puede ser adecuada para todos como un producto industrial. En realidad se explican como si fueran a perder la chamba. Sus obras pueden ser buenas, llenas de sentido, duraderas pero engañan al público respecto al sentido total de la literatura y del oficio de escribir, porque los presentan como un producto de consumo al que hay que hacerle propaganda. Quieren vender. Entonces tienen que situarse en un terreno donde todo es circunstancia. Lo mejor es fundar un mercomún de las letras, dividiendo a los escritores en amigos y no amigos, en los que pueden o no ser buenos promotores a nivel nacional o internacional, en los que están o no en la misma onda literaria, en los que políticamente tienen o no sus bemoles. Estas categorías suelen ser irreconciliables, no se superponen, no coinciden; la literatura sólo tiene sentido como un todo indivisible y mostrarla de otra manera es engañar a la gente con fines de propaganda. La literatura sólo puede ser buena o mala (o sea no ser). “En la medida en que una obra es exacta, es decir, fiel a la conciencia humana y a la naturaleza del hombre, será duradera”, dice Pound. Se puede ser fiel a infinitos aspectos del hombre. Un escritor no escribe en contra de otro escritor; no se hace novela social para acabar con la fantástica, ni poesía sobre la poesía para acabar con el poema erótico, como quien lanza un producto mejor para acabar con el que ya hay en el mercado.

-¿Por qué escribes cuentos?

-Porque ahora es mi mejor forma de comunicarme. No escribo novela porque creo que no sabría prolongar las situaciones, sacarles más jugo del que se exprime en la brevedad del cuento, ni desarrollar personajes de los que sólo me interesa un instante dado de especial intensidad. No escribo poesía porque un poema no explica, no interpreta, sino que revela; y no revela para la razón, sino que causa perplejidad (la prueba de que hubo revelación) en los lectores porosos, y resbala sobre los lectores impermeables. El cuento da tiempo para soltarse y arrepentirse, corregir la emoción con la burla, diluirse a veces en un lenguaje menos concentrado que el de la poesía, concentrarse a veces como en un poema.

-¿Piensas que tus cuentos son poéticos?

-Pienso que escribir es dar la máxima carga de sentido a las palabras para que sean eficaces, para que comuniquen lo que el autor desea: un hecho, una emoción, una actitud. En un cuento diferentes lenguajes son eficaces a ratos. Cuando escribo cosas como “estar tigres” o “reparar después los hilos rotos” uso un lenguaje poético, no en el sentido idiota de adornado y elevado, sino en el de económico, preciso, el que llega al meollo sin largas explicaciones. Pero cuando digo “combate uno la cruda con alka-seltzer on the rocks”, uso un lenguaje comercial. Y cuando hablo de “un cura onda, no fresa”, uso un lenguaje a la moda. Y cuando digo que “la alianza cafeína-nicotina no sólo estimula la alquimia del verbo sino los movimientos peristálticos” lo de “la alquimia del verbo” de poco sirve para poetizar un lenguaje que es bastante escatológico. Y cuando explico “aun las clases de puntos de cada línea, que corresponden a las varias posiciones tanto de Aquiles como de la tortuga”, uso un lenguaje matemático.

-¿Prefieres la fantasía al realismo?

-No veo bien la diferencia. Si hablo de un hombre que choca con su mujer (en “La mujer ignorada”), la derrumba y después camina sobre ella de ida y vuelta sin darse cuenta, es porque me parece de lo más real. Hay cosas reales que no te tragas por inverosímiles y cosas “fantásticas” que te dan la clave para entender la realidad. El objeto final es la comunicación y no importa el medio empleado. Por ejemplo, no puedo creer en un personaje al que le pasan tantas cosas horribles a un tiempo como al Bill de “A sangre fría” de Truman Capote: ex combatiente en Corea, con unas cicatrices asquerosas en una pierna, hijo de un buscador de oro que lo “traumatizó”, entre otras cosas, disparándole con una escopeta que no estaba cargada (para desgracia de los Clutter), y de una india que es campeona de rodeos y también buena jinete en casa donde monta bípedos ante sus pobres niños (nuevo trauma para Bill); de un personaje que, por si fuera poco lo anterior, quiere encontrar el tesoro de Cortés y habla de un pájaro amarillo antes de matar, no a un tipo, sino a toda una familia. Me parece inverosímil porque tantos detalles diluyen la realidad, ¡y resulta que se trata de un reportaje! En cambio creo en un personaje sin nombre, ni señas particulares, ni traumas, como el M de Juan García Ponce en “El nombre olvidado , que te remueve todo lo que has pensado o puedes pensar de la vida sin recurrir a sucesos extraordinarios y, lo que es más importante, en un escenario, el aserradero, ¿fantástico o real? Real justamente porque nunca sabes si pertenece al espacio o al alma. ¿Qué es verosímil? Me acuerdo de Borges. En un comentario a “El hombre en el umbral” (cuento inspirado por un conventillo real de una calle real de Buenos Aires), dice que situó la acción en un punto remoto de la India para darle alguna verosimilitud.

-¿Qué escritores te importan?

-Los que me importan son los que me ponen en movimiento, me devuelven de alguna manera el asombro ante algo; podemos diferir o coincidir, pero siempre me dan ganas de escribir cuando me asombro.

(Y Ulalume hojea su libro de cuentos A cada rato lunes (cuya portada es de Miguel Cervantes), libro que, como dice Ángel Rama, “es tan rico de feminidad” y “tan terso de invención”).

-¿Qué impresión te causó ver que tu libro está entre los tres finalistas del Premio Magda Donato? (Los otros son El bordo, de Sergio Galindo, y Nostalgia de Troya, de Luisa Josefina Hernández).

-Fue una agradable sorpresa. Tú también llegaste a finalista el año pasado y me acor dé de ti, me acordé de Tito Monterroso, me acordé de Magda Donato. ¿Sabías que hace tiempo hice teatro con ella bajo la dirección de André Moreau? Yo era la Antígona de Anouilh y ella hacía el papel de la nodriza. Yo subía por primera vez a un escenario; era muy chica. Villaurrutia, quien poco después falleció, dijo al verme: “¿Y por qué le dieron el papel a esa niña boba?” Alguien se encargó de comunicármelo cuando estaba con todos mis compañeros del grupo, yo lloré y Magda se rió de mí y me regaló un caramelo. Me daba toda clase de consejos (por ejemplo, que no me quitara el maquillaje con agua y jabón porque “¡adiós cutis!”). Con la niña boba ella hablaba de teatro, de las no tan lejanas lecturas de cuentos de Pinocho ilustrados por Bartolozzi (su marido), y de gatos (le gustaban tanto como a mí o a Marie Jo Paz).

-¿Y ya no haces teatro?

-No. Actué en El juglarón, de León Felipe, y en Poesía en voz alta, en la época de Héctor Mendoza, Octavio Paz y Juan Soriano. Eso acabó; y como no había otras oportunidades de actuar a esas alturas mágicas y yo no intentaba hacer una carrera en el teatro comercial, terminé por olvidarme del asunto. Lo que siguió vivo fue mi deseo de viajar al lado de... algo así como al otro lado del espejo, como Alicia: o mejor como Lewis Carrol cuando escribió Alicia en el país de las maravillas. Y me puse a escribir. Es una manera de viajar a ese otro lado para rehacer la realidad, para “rehacer el mundo”, “y no vivir en su peligro”, como dijo Yves Bonnefoy de la escritura.

-¿Y cuándo empezaste a hacer viajes del otro lado del espejo?

-Empecé a “escribir” a los cuatro años (pon escribir entre comillas, porque todavía no iba a la escuela). Me aprendía de memoria lo que inventaba. A los cinco recogí mi producción en un primer cuaderno. Cosas como ésta: “Yo lo veo a Dios,/ lo veo en pensamientos,/ Ay que habla en el mar,/ Ay que habla en el viento.”

Pero llegaron la adolescencia y el miedo: miedo a expresarme, miedo a perder lo que amaba, etcétera. Escribía sin fe, excrecencias necesarias. Escribía sólo por higiene. Me di cuenta y dejé de escribir. A esa edad descubrí otra zona; otros viajes: el amor, o sea la posibilidad de comunicarme con otro. Después me dio por el teatro, que también dejé, como te dije. Sentía que tenía un pasado como hecho de puros pedacitos mal pegados entre sí, cuando de repente todo empezó a juntarse. ¡Por fin una identidad! Eso sucedió el día en que empecé a poder burlarme de mí misma. Con un pudor muy siglo XX, temía ser “romántica” (ponlo también entre comillas, porque después de las últimas conferencias de Octavio Paz, claro que me gustaría ser romántica sin comillas); pero en cuanto descubrí que el lirismo, corregido por un poco de humor, por un poco de burla, es aceptable, me puse a hacer lo que sería mi libro de cuentos. Y recuperé de paso la inocencia de los cuatro años; creer en lo que escribía.


Foto: Ricardo Salazar

Ser bestseller no es necesariamente señal de calidad. Pero mi lado infantil, o sin prejuicios, o no contaminado (llámalo como quieras) reacciona a estímulos no demasiado elaborados. Me dio gusto ser finalista del Magda Donato. Me dio alegría el año pasado que le dieran el premio a Tito Monterroso. “Sí, ¿verdad? Hay que ponerse feliz, ¿no?”, me decía él cuando lo felicité por teléfono. Me preguntas si los premios son un estímulo para un escritor. Creo que sí. No un estímulo para la escritura, que no depende de humores, pero sí para el escritor como persona que tiene que resolver sus problemas económicos de alguna manera. Lo ideal seria que los resolviera con lo que sabe hacer mejor, con lo que más le gusta, escribiendo lo suyo. Pero, por lo general, tiene que trabajar en otra cosa para vivir; dar clases, conferencias, escribir artículos que no siempre le interesan y, lo que es peor, ateniéndose a plazos precisos, no al ritmo interior. Creo que un premio es estimulante, porque es estimulante ganar dinero en la tarea para la cual se tiene vocación. Escribo todos los días menos el domingo; no por guardar el día del Señor, sino porque en domingo la casa es un infierno. Cuentos y otras yerbas. Cada día es más difícil definir los géneros. Escribo algo que debería llamarse “escritura ” . Cuando se lo dije a Elizondo me respondió que así se va a llamar (o algo muy parecido) uno de sus próximos libros. Le dije: a lo mejor va a haber dos “Escritura”. ¡Qué remedio! Además, durante el último mes y medio he estado sumida en la traducción de un largo poema de Carroll: “ La Caza del Snark”. El snark es un animal mitológico, mitad serpiente (snake), mitad tiburón (shark); su nombre es una de las famosas palabras-valija de Lewis Carroll (dos palabras en una, dicen que las inventó porque era tartamudo). Cuando el poema se publique en español (es la primera traducción a esta lengua) verás que ese animal se busca con cuidado y con dedales, se persigue luego con tenedores y esperanza, se amenaza con Títulos de los Ferrocarriles y, por fin, queda encantado con jabón y sonrisas. Es un poema-cuento muy bello y muy triste. Ya verás. Me encargó la traducción y un prólogo para presentarla Octavio Paz y más que ensayo, me salió otro cuento. ¿Qué dirán los críticos solemnes? Hace rato hablábamos de “el otro lado del espejo”. ¿Te acuerdas de los cuentos de Alicia? De ese lado, espacio y tiempo están invertidos. Te alejas de un lugar para llegar a él; te sangra y te duele un dedo, luego te lo pinchas, y finalmente queda intacto ¿comprendes? Pues bien: Carroll escribió este poema del otro lado del espejo, él mismo confiesa que lo redactó de final a principio empezando por el último verso.

El libro de Ulalume A cada rato lunes, elogiado unánimemente por la crítica latinoamericana le hizo ganar un premio importante en Uruguay .

-Lo que más importa, creo, es que haya sido dado a un libro mexicano, porque aunque nací en Montevideo he pasado casi toda mi vida en México, y esta circunstancia podía haber influido negativamente. Allá dicen que soy más mexicana que uruguaya. “Lo que más me gusta es tu acento uruguayo”, me decía Onetti. Cuando viajé a Montevideo el año pasado, todos me preguntaban qué era por fin y respondí que el Uruguay es mi patria en la medida en que la infancia es, para cualquiera, una patria: ese lugar mítico de “las primeras veces” de toda experiencia. Pero, como dice Pavese, “la primera vez” de algo no existe; se cobra conciencia de ella cuando ese algo sucede “la segunda vez”. Y todas mis “segundas veces” son mexicanas. La verdad, Elena, es que la nacionalidad no debería contar para nada en materia de libros.

-¿No crees que los países latinoamericanos están muy aislados y saben poco el uno del otro?

-Por supuesto. Es toda una hazaña conseguir aquí un libro uruguayo, o peruano, o chileno. Lo mismo encontrar un libro mexicano en Montevideo, inclusive de autores tan conocidos como Octavio Paz. Yo creo qué si algunos libros latinoamericanos circulan por todo el mundo es, ante todo, por su calidad; pero también creo que muchos libros de gran calidad están injustamente relegados a la categoría de producto de consumo local. Así sucede con el argentino Macedonio Fernández, por ejemplo y eso que todos saben quién es... bueno: saben quién es los que han leído a Cortázar, que lo menciona a menudo. Pero ponte a buscar un libro de él en México o del cuentista Felisberto Hernández, para mí el más original y fascinante de la literatura hispanoamericana actual. Apenas empieza a conocerse fuera de Uruguay. Claro que nunca perteneció al Boom, S.A. Pero inclusive figuras reconocidas por los críticos como “responsables” del boom, han tardado siglos en llegar a otros países. Onetti, por ejemplo, al que cada día se juzga más importante que muchos mencionados a cada rato. No debería haber fronteras para los libros. Claro que hay libros buenos y libros malos; pero los buenos deberían tener (frase célebre) igualdad de oportunidades. Necesitamos una política editorial menos nacionalista en todas partes. Ya ha habido iniciativas en este sentido. Siglo XXI ha sacado ediciones simultáneas de un mismo libro en México y en Buenos Aires. Joaquín Mortiz está de acuerdo en publicar mi próximo libro al mismo tiempo que una editorial uruguaya (esto resuelve, de paso, el problema de la incosteabilidad de los libros extranjeros en cada país). Mario Benedetti y Carlos Martínez Moreno han sido publicados, al mismo tiempo en México y en el Plata. Arca de Montevideo, sacó dos libros de Juan García Ponce. De alguna manera se abren brechas; yo creo que García Ponce, que es el narrador mexicano más conocido en Uruguay, debería aprovechar esta circunstancia para publicar sus próximas obras simultáneamente aquí y allá. Hay dos “dioses indiscutibles”, tanto en Montevideo como en Buenos Aires: Paz y Rulfo. Conocen a Fuentes, pero no lo adoran. Lo que más gusta de él allá es Aura y Cumpleaños.

-¿Por qué se llama Plagio tu libro de poemas?

-Porque todo es plagio. Todo ha sido ya dicho. Pero todo es creación: aun elegir entre lo que ya se ha dicho para que se transforme a través de cada irrepetible persona. Primero pensé en dar al libro el nombre de la última parte, “Plagios”, en plural, pero entonces pensé que también toda la poesía es plagio, que desde siempre los poetas hablan de lo mismo: amor, muerte; tiempo, etcétera... y le puse Plagio, en singular, a todo el libro. La última parte de mi libro se llama “Plagios” (así con s) porque en ella plagio, en efecto, a los “Libros de la Naturaleza de Life”. Muchos de los textos fueron “encontrados” (pero como se encuentra una aguja en un pajar) en libros de ciencias naturales cuya lectura me apasiona “por lo que no dicen”.

-¿Qué quieres decir con eso de que te apasiona “lo que no dicen”?

-Que hay en esos libros cosas que podrían ser muy bellas si se vieran, porque están ocultas por un mar de palabras. Allí lo importante es lo que informa el mensaje y no cómo es el mensaje. La poesía es todo lo contrario: lo que importa es cómo se dicen las cosas. Mi lectura es una “traducción” de los pasajes que no dicen. En otras palabras, lo que hago, como dice José Emilio Pacheco, es “revelar la carga eléctrica de un material inerte y darle ritmo y forma poética”...

-Ulalume, ¿podrías dar un ejemplo de lo que haces con el “material inerte”? -Supón que el libro decía: “El insecto es atraído por señuelos, como el olor de las flores, la miel o el néctar, colores atrayentes o partes brillantes. Estas trampas son una ventaja porque, al digerir el tejido de los insectos, las plantas obtienen nitrógeno y sales minerales.” Después mencionaba, seguramente con sus nombres latinos entre paréntesis, la “ utricularia” y la “sarracenia”, lo complicado que es el sistema de atrapar insectos en una y lo sencillo que es en la otra. ¿Qué leo yo allí? ¿Por qué me emociono y me pongo a escribir un poema? Esos libros no se leen para emocionarse sino para lo que se llama “aprender”: captar lo mesurable, lo analizable y perder de vista el hecho en sí. ¿Sabes a qué se parece? A leer una crónica policial llena de detalles sobre la posición del cadáver, el número de heridas recibidas, la hora de la muerte calculada tras una cuidadosa autopsia, todo muy útil, por supuesto; pero al informarnos nos aparta del hecho: una persona viva ha muerto. En cambio, García Lorca te da el hecho con toda su carga emotiva, sin analizarlo. ¿Te acuerdas? “Tres golpes de sangre dieron/ y se cayó de perfil/ viva moneda que nunca/ se llegará a repetir.”


Foto tomada de: mujerdesombra.blogspot.com

Antes de precisar qué es “plagio”, me gustaría dar otro ejemplo en el que no cambió mucho (nada) lo dicho por el libro de “Los insectos”, la Colección de la Naturaleza de Life, y sin embargo cambió en mi poema “Noticia”: “La crisálida/ translúcida/ de una mariposa monarca/ Pende/ durante doce días,/ de una rama.”

Un poema obliga a leer el mensaje de otra manera. En Life es sólo un pie de fotografía; la gente mira la foto, quiere saber qué es y consulta la leyenda; la lee y cree saberlo. Pero ¿dónde quedó la maravilla -noticia- y el suspense -pende- de la metamorfosis? Hay que rescatarlos. Para empezar, en vez de foto va un titulo: “Noticia”, que quiere decir: “¡ojo!” Está cambiado ya, con sólo llamarlo “Noticia”.

Si Octavio Paz llamó a Ulalume González de León la mejor poeta mexicana después de Sor Juana Inés de la Cruz y elogió su libro de poemas Plagio, Ramón Xirau, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, Tomás Segovia no se quedaron atrás.

“Cuando una niña pequeña se pone en puntas de pie para/ asomarse a un espejo que no alcanza/ hay otra niña que dentro del espejo hace otro tanto./ Habrá que presentarlas el año que entra”.

O en la página 99, el poema “Recién muerto”:

“Hace apenas un pensamiento estabas vivo/ Decíamos/ él dice/ él quiere/ nos pregunta./ Qué pronto nos pusimos a llorar/ y a hablar de ti en pretérito imperfecto/ ¿No hubieras preferido menos duelo y más asombro?/ Pero nadie quiso brindarte la oportunidad de la duda:/ ahora sé lo que quiere decir “el muerto muerto”/ Lloramos para perderte con todo y fantasma/ por miedo a convertirnos en tu última casa.”

Todo ha sido dicho. Pero cada poeta (y también cada lector) sabe que todo se transforma cuando pasa por esa zona en que se cruzan tantos datos convergentes, tantas experiencias divergentes, que es cada persona. Y porque cree que todo se transforma, escribe; y aun cuando acepta que todos dicen lo mismo, intenta quedarse, en esta conversación, con la última palabra.

-Como lo dice José Emilio Pacheco, ¿tu título Plagio es humilde y provocador al mismo tiempo?

-¡Claro! Porque escribir es un desafío: ¿han visto cómo todavía se puede decir esto de otra manera? Pero hay humildad en reconocer que esto es lo de siempre; que no debe exagerar el poeta su orgullo creador; que cada texto, se quiera o no, resulta una antología de citas, remite siempre a un antecedente cada vez más antiguo. Tal vez como pensaban Valéry, Emerson y Borges, todos fabrican entre todos un texto semejante a un palimpsesto -según el diccionario, “un manuscrito antiguo borrado para escribir otra cosa”-; pero un especialista puede reconstruir lo que se creía borrado. Con las palabras más simples, pero calculando dónde las pongo para que luzcan, para que no se les note lo usado; corrigiendo lo que podría ser demasiado lírico o patético, con humor, ironía y juego, como si me avergonzara (por humildad) ser solemne, y también para que cada texto no sea una “declaración”: esto es así, sino una pregunta: “¿es esto así?”; como si lo más importante fuera el interlocutor, el lector -comunicarse con él-. Pero como tengo conciencia de la forma que obliga a cierta lectura, después de todo también estoy preguntando: ¿no les gusta mi manera de preguntar?

Ulalume sonríe, su rostro blanco rodeado por sus largos cabellos que crecen a contrasueño.