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Ver día anteriorMartes 4 de agosto de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Swyer: Lo normal y lo patológico
D

esde hace años se ha generalizado la idea de que el sexo biológico en los humanos está determinado por la presencia de cromosomas sexuales específicos. Son los llamados cromosomas sexuales, a los que se atribuyen las diferencias entre los sexos. En las mujeres habría un arreglo 46, XX y en los hombres 46, XY. Pero algunas patologías nos obligan a transformar nuestras creencias acerca de las bases genéticas de la diferenciación sexual. El síndrome de Swyer es una condición en la que personas con cromosomas sexuales masculinos, se desarrollan completamente como mujeres.

En quienes presentan este síndrome, el arreglo de cromosomas es el típicamente masculino (46, XY), pero anatómicamente hay características femeninas, en especial, la presencia de órganos sexuales, como vagina, útero y trompas de Falopio. No desarrollan gónadas (ovarios o testículos). Generalmente son educadas como mujeres. Mediante la terapia hormonal, puede inducirse la menstruación. Por la carencia de gónadas no producen células sexuales, pero pueden embarazarse y tener hijos sanos, mediante la donación de óvulos o embriones. Es una patología rara, ocurre un caso entre 30 mil.

Los factores involucrados en este síndrome son reveladores del papel que desempeñan los genes en el desarrollo sexual. Lo primero que se pensó fue que había un defecto en el gen al que tradicionalmente se ha atribuido toda la responsabilidad en el desarrollo sexual masculino, el SRY, localizado en el cromosoma Y. Pero las anormalidades en éste sólo se detectan entre 15 y 20 por ciento de los casos. Hay otros genes relacionados con esta patología, entre ellos, el NROB1, que se encuentra en el cromosoma X, pero además, otros dos, el DHH, presente en el cromosoma 12 y el NR5A1 localizado en el 9.

De este modo, si asumimos que hay una identidad entre lo normal y lo patológico, el síndrome de Swyer revela con claridad la participación de diferentes cromosomas –y no sólo los llamados sexuales–, en el desarrollo de las estructuras y funciones que, desde un punto de vista estrictamente biológico, determinan si una persona es mujer u hombre.

Sobre este tema, Georges Canguilhem, autor del libro Lo normal y lo patológico, que es, a mi juicio, una de las obras más importantes en el siglo XX, cita a Théodule Armand Ribot (1839-1916), quien expresa de forma deslumbrante una de las ideas que comenzaban a tomar cuerpo en su época: “… En efecto, la enfermedad es una experimentación del más sutil orden, instituida por la propia naturaleza en circunstancias muy determinadas y con procedimientos de los que el arte humano no dispone: ella alcanza lo inaccesible”. En otras palabras, la enfermedad es un experimento espontáneo de la naturaleza que nos dice cómo somos en el estado que llamamos normal.

Estas nociones resultan inquietantes, pues llevan a preguntarnos si es posible obtener, no de manera espontánea, sino provocada, algunas patologías, para lograr una mayor comprensión de las mismas, así como de las funciones normales. Esto ha dado lugar al desarrollo de los modelos experimentales de algunas enfermedades.

En el caso que nos ocupa, la diferenciación sexual, algunos investigadores se han aventurado a explorar este territorio en distintas especies animales. En la primera mitad del siglo pasado, durante el auge de la endocrinología, autores como Eugen Steinach (1861-1944), desarrollaron modelos de hermafroditismo experimental y otros, como Bernardo Houssay (1887-1971), los consideraron indispensables en los estudios de las funciones de las glándulas endocrinas. Pero quizá quien logró obtener el modelo más parecido al síndrome de Swyer fue Alfred Jost (1916-1991), a quien ya me he referido aquí antes (La Jornada, 12 de febrero de 2008). Al extirpar las gónadas en embriones de conejo, este autor obtuvo en todos los casos el desarrollo de hembras, independientemente del sexo cromosómico del embrión.

En la era de la genética, comienzan a desarrollarse modelos, provocando alteraciones en genes específicos, pero todos ellos surgen de experimentos en especies distintas a la humana, y no han llegado a interesarse todavía en las patologías de las que se ocupa este texto. Por eso estoy de acuerdo con la idea de Ribot, de que aún en la era de las patologías genéticas experimentales –que ciertamente en el futuro serán de gran utilidad–, la enfermedad humana es la única que hoy nos permite alcanzar lo inaccesible.