Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 9 de agosto de 2009 Num: 753

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

9:19 am–12:32 pm
YUNUEN CUENCA

La política de las fantasías conspirativas
MAURICIO SCHOIJET

Música de la música
(200 años de E. A. Poe)

ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

La estafa
JUAN GELMAN

Migración y ciudadanía hoy
RAÚL DORANTES Y FEBRONIO ZATARAIN

Telescopio SASIR: cinematografía cósmica
NORMA ÁVILA JIMÉNEZ

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Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

El perico en la banqueta

Hace años, en una reunión, mi amiga C, obnubilada por el entusiasmo, afirmó que Ciudad de México “es la más bonita del mundo”. El apabullado silencio que siguió a esta opinión fue roto por las carcajadas de la misma C, quien confesó que se había dejado llevar por un arrebato amoroso, de ésos que nos hacen la vida tolerable a los chilangos. Nadie en la reunión era un viajero experimentado, pero todos hemos visto un National Geographic, y que el DF no se compara con París, hasta los perros lo saben. Sin embargo, también puedo decir honradamente que conozco mexicanos que viven en París y a veces extrañan la comida y la gente.

No sé de dónde vienen los arranques de amor por el DF, o qué los provoca, pero de pronto la ciudad, con peseros, cacas de perro, basura y todo, se revela como un lugar entrañable. Siempre complicado, pero divertido –el otro día me reí a solas como loca al ver en el camión de la basura un letrero que decía: ¿Y la Cheyenne , apá?–, llevadero y con buen clima.

Estos arranques son, me temo, parte de un complicado mecanismo de defensa sin el cual iríamos por la vida como un perico sobre la banqueta: caminando con dificultad y mirando todo de reojo y con odio. Es difícil salir de aquí: de la ciudad y del país. ¿A dónde?

Sé que hay personas que podrían vivir donde se les antojara sin planear mucho, pero esos, me temo, pertenecen a un lugar que no tiene características geográficas ni culturales. Son ricos y su país estará donde los lleven las ganas. La mayoría de nosotros, si no nos obligan las catástrofes, la guerra, el hambre, etcétera, nos quedamos donde nacimos, nos guste o no.


Ilustración de Juan Gabriel Puga

Hay otra categoría maravillosa: la de los que van tras una idea, un trabajo o una persona y encuentran lejos lo que buscaban. Esos me dan envidia. Me temo que si yo tuviese fantasías respecto de, por ejemplo, Québec, al llegar allá me daría una infección, me perdería en el centro, me robarían la bolsa y regresaría a México con el rabo entre las patas. Lo más lejos que he llegado fue a g , una ciudad de provincia, donde languidecí un año hundida en un sopor hecho a partes iguales de melancolía y aburrimiento. Antes de irme para allá, pensé que si me acostumbraba a vivir lejos del df , ganaría. Y que si no, ganaría también, pues habría alcanzado un poco de paciencia para soportar lo que el df me deparase. Cuando volví me prometí no volver a quejarme por minucias y lo he cumplido, más o menos. Así, mi amor por la ciudad y, por extensión, por el país, tiene algo de fatalista resignación teñida de angustia.

No es fácil ser mexicano. Y menos ahora, cuando hablar de amor por México se ha puesto de moda. Conjeturo que es por el Bicentenario, la erizada situación política y social y porque los publicistas andan sin ideas.

Este nacionalismo meloso me recuerda un pesero que vi en la colonia Nápoles; tenía una bandera tricolor gigante enfrente, un sombrero de Pique amarrado en el techo, una ristra de chiles de plástico colgada del espejo retrovisor y una calcomanía que rezaba “¡Viva México cabrones!” en la ventana de atrás. Nada de lo cual le impedía arremeter contra quienes se le atravesaban a pie o en coche, tocar la bocina cada cinco segundos y usar el acelerador como si fuese un instrumento musical. ¿Qué hacer ante semejante amor por la patria y tanto desprecio por los humanos que la habitan?

Me impacienta que nuestro humor esté depositado en el desempeño de la selección nacional; que la campaña por el Bicentenario tenga las dimensiones que ya se coligen mientras la educación sigue en manos de Elba Esther Gordillo y los indígenas en el olvido o peor; que las autoridades del ife hayan cometido tantos errores y que los magistrados de la Suprema Corte se hagan de la vista gorda frente a delitos horrorosos.

Desconfío de la fiebre nacionalista que invade los ánimos en los estadios de futbol y los conciertos, en los que la gente corea Mé-xi-co, Mé-xi-co. Me da vergüenza. Sospecho que si se pudiera llevar a cabo una investigación, muchos de los que aullan a grito pelado resultarían evasores de impuestos, derrochadores de agua, tiradores de basura y cosas por el estilo. Preferiría que no hubiese nacionalismo. Que desapareciera junto con la corrupción, el mal gobierno y la violencia. Pero desear esto es como creer que el pesero es capaz de frenar para dejar pasar al malhumorado perico que quiere atravesar la avenida.