Las líneas de la dignidad

en memoria de Macario Matus, el amigo alegre, el poeta permanente

 

Que los caminos de la lucha indígena estén minados sin cesar no ha impedido que ésta avance, crezca y aprenda. Los pueblos indios siguen confinados al México invisible, hoy que el México visible da vergüenza. Pero si la nación viera y aceptara a dichos invisibles recibiría unas bocanadas de realidad y aire fresco que buena falta le hacen.

La sociedad mayoritaria merece y necesita saber qué hacen, qué proponen, por qué luchan nuestros pueblos indígenas. Que les debe respeto y reconocimiento, que cualquier buen ciudadano debería estarles agradecido.

Ellos piensan, y actúan, en la defensa y protección de los recursos naturales, que es la del planeta en los tiempos que corren. Han trazado las líneas de la dignidad en cada paso que dan. Siendo víctimas constantes del sistema de justicia, de las decisiones económicas y la entrega de la nación al mejor postor, ocupan la posición más avanzada y conciente en la defensa de los territorios, los derechos humanos y la soberanía de nuestra nación.

Sus avances en la legitimación de las demandas y determinaciones que plantean los han vuelto el punto sensible, el desafío definitivo para la justicia con sentido ético, si acaso existe aquí. Y si concluyéramos que no existe, ¿no sería que gracias a los pueblos al ser escuchados, la sociedad nacional aceptaría por fin que en México la Justicia es un chiste y ha llegado la hora de que eso cambie?

Para los poderes, los pueblos originarios no pueden salirse con la suya. Por eso los persiguen tanto. Sus mensajes (su existencia misma si es posible) deben permanecer fuera del horario triple A, a menos que sirvan para engalanar la escenografía y los discursos del presidente y sus funcionarios, los gobernadores y algunos diputados.

En un país cedido a la violencia y la arbitrariedad, ellos resultan el blanco dondequiera que asomen la cabeza. Representan el principal obstáculo para diseminar hoteles, carreteras, negocios inmobiliarios, casinos y paseos veraniegos para el turismo mundial. Se pretende aniquilarlos en favor de la minería en su asalto final al subsuelo, de la comercialización y el envenenamiento de los ríos y las tierras. Estorban para expandir el negociazo de los transgénicos (los acusan de “premodernos” o “fundamentalistas”: “ni que un elote criollo fuera para tanto, pudiendo multiplicarse los cultivos en millones, y además ‘protegidos contra la piratería’”, nos predican los non sanctos monsantos que por el mundo van).

El país llamado México, de tan deteriorada y precupante salud política y social, empezaría a curarse de verdad si escuchara a sus pueblos, y si los que mandan obedecieran. Pero los de arriba no quieren que el país esté sano. Corruptos, saqueadores, usurpadores, gesticuladores, ellos son la enfermedad, y esa enfermedad es su negocio.

La verdadera riqueza de México no son su oro, ni su petróleo, ni sus atractivos visuales, sino los pueblos indígenas que han puesto la dignidad en su voz y la escriben cada día. Merecen respeto, reconocimiento, el derecho a vivir en la paz y la prosperidad que ellos decidan.

 

El octubre próximo Ojarasca cumplirá 20 años. Ha sido un honor y sigue siendo nuestro compromiso acompañar a los pueblos a través de su palabra, sus artes, pensamientos y esforzadas luchas.

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