Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 23 de agosto de 2009 Num: 755

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Pérez-Reverte: con el corazón desbocado
JORGE A. GUDIÑO

El alfabeto de Babel
SALOMÓN DERREZA

Sergio Ramírez: de una tierra de pólvora y miel
RICARDO BADA

Siete mujeres y Picasso
HÉCTOR CEBALLOS GARIBAY

Rius: 75 años en su tinta
JUAN DOMINGO ARGÜELLES entrevista con EDUARDO DEL RÍO

Juana de Ibarbourou: 80 años de Juana de América
ALEJANDRO MICHELENA

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

El colmo de los reality

Nadie que haya prendido la tele en los últimos quince años ignora que los reality shows, ésos que empezaron como paneles o foros de televisión abierta y “sindicada” para la pública discusión, exhibición, crucifixión y escarnio de las que hasta entonces fueron vidas privadas y particulares, son un éxito arrollador tal que mudando de formas y, multiplicando formatos, son hoy uno de los géneros televisivos más socorridos: desde cámaras escondidas reales hasta falsas pero doblemente intrusivas, como los diferentes programas Gran hermano, hacia programas de moda, de cocina, de construcción, de amarillismo periodístico –elemento este, el amarillismo, el efectismo, el morbo, que constituye el ingrediente principalísimo, el voyeur, ese intruso mirón que todos llevamos dentro sin el cual la cosa hubiera sido un fracaso breve, nada más que un experimento alocado de los ejecutivos de las televisoras– hasta llegar a crear un nuevo subgénero en el que la realidad se recrea “fidedignamente” pero con oportunos quiebres argumentales: la docuficción, que imita el encuadre móvil de cámara y el desenfado de producción, de entrevista improvisada, típicos de los reality, con actuaciones más o menos creíbles. Ejemplos de ello son las series de humor The Office o Reno 911, y casi todos los programas de naturalistas aventureros que atrapan animales vivos para explicarlos a cuadro y que, por cierto, ya saturan la tele abierta y los canales de paga especializados en el tema, como Discovery Channel o Animal Planet.

El éxito es tanto, que el canal People & Arts, (Gente y Artes) de producción conjunta Discovery Channel y BBC, alguna vez se hizo cargo, en efecto, de programación cultural hoy barrida por los reality shows: toda su barra programática, excepto un par de series dramáticas o alguna película a la semana, está dedicada por entero a transmitir realitys, y casi todos de producción estadunidense. Esto, en Latinoamérica toda donde llega la señal de People & Arts supone la avidez de los televidentes, pero encarna también una incongruencia un poco ridícula al poner en pantalla situaciones, lugares, costumbres o personas que no podrían, en muchos aspectos, ser más diferentes que nosotros. Peor se mira la cosa si se pone uno a pensar que poco o nada le interesarían programas similares pero a la audiencia en contrario: que en Estados Unidos se transmitieran series que exhiben nuestro modo cotidiano de hablar, de dormir, de comer, de llorar, de disfrutar o encarar o detestar el mundo de todos los días.

Pero el colmo de los reality es hoy ese frenesí de los ejecutivos televisivos y productores por meter la nariz, la cámara en todo, una auténtica orgía de intrusiones: en la enfermedad de un fulano que se llenó de granos; o en cómo aquella pobre, inmensa gorda necesita un bypass gástrico o revienta, y entonces nos llevan de bruces, cámara al frente, no sólo a lo que la gorda se zampa todos los días, sino hasta lo que descome en el excusado o, peor, la incisión que le hacen en la panza y entonces, a cuadro, recorremos su mismísimo cuerpo, con todo lo asqueroso que a muchos atildados nos parecen la grasa, la sangre y la piel ajenas.

O qué tal los de mujeres metamorfoseadas, por vía de la cirugía estética y de los recursos del maquillaje, que van desde el láser que elimina manchas de la piel hasta los dientes falsos para, despojadas de su mismidad y solamente a través de la mirada aprobatoria del otro, consigan la propia aprobación… para que se vean por quince minutos de fama quince años menores de edad (pero el hechizo seguramente se rompa cada mañana frente al espejo), o los indignantes programas de “gurús de la moda” que le dictan a una pobre tipa con la autoestima más baja que la cotización internacional del peso qué ropa, a su intransigente arbitrio, debe ponerse y qué ropa no, al grado de disponer del guardarropa ajeno y tirar las prendas favoritas del la víctima a la basura, como si el dinero lo ganara uno a paletadas.

O qué tal, colmo de colmos, ése nuevo de dos ancianas inglesas que recorren Estados Unidos, cada capítulo una familia casi siempre de clase media, metiéndose en las casas de la gente más puerca y con los peores hábitos de higiene, pura fodonguez, para exhibirlos y transformarlos tal que escenarios fotográficos de revista de decoración. Después, claro, de restregarnos en la trompa toda la mugre en que se revuelcan los hijos de la mayor de las sociedades de consumo, los ávidos consumidores, precisamente, de tanto cochambre televisivo.