Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 30 de agosto de 2009 Num: 756

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Bajarlía: el poeta que descendió del futuro
STELLA AVARADO

El amor cuando falla
EPAMINÓNDAS J. GONATÁS

De una acera a la de enfrente
GUILLERMO SAMPERIO

La cosa es la obra
O. HENRY

Confesiones de un humorista
O. HENRY

Tres poetas

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Germaine Gómez Haro

Emilio Payán: Ciudades ¿visibles?

Emilio Payán se ha desempeñado principalmente como artista gráfico y tenaz impulsor de este arte, a través de su prestigiado taller Tiempo Extra Editores, por el cual ha pasado toda una pléyade de artistas renombrados desde su fundación en 1990.

Su formación inicial fue en la facultad de Ciencias Políticas de la unam y desde esa plataforma incursionó en el periodismo, como reportero en publicaciones como unomasuno, Tiempo Libre, La Jornada, La Gaceta de la UNAM, así como en los canales de televisión Once y trece. Su inclinación por las artes plásticas lo llevó a participar como aprendiz en el taller de Peter Bramsen a lo largo de una estancia de un año en París. Ahí tuvo la espléndida oportunidad de convivir e interactuar con una serie de creadores célebres que lo llevaron a definir su vocación de artista gráfico y pintor. De regreso en México, tomó clases con los maestros Ernesto Alcántara, Vicente Gandía e Irma Grizá, y fue discípulo de los grabadores Nunik Sauret y Jesús Martínez. También reconoce a su contemporáneo Saúl Villa como un maestro-colega que le ha transmitido su experiencia creativa con gran generosidad.


Ciudad de 500 pesos, fragmento

Payán ha alternado el oficio de pintor, grabador y editor a lo largo de unas dos décadas, pero es en los últimos tiempos que se ha volcado de lleno a la pintura-pintura. Actualmente se presenta en la Casa Lamm la exposición titulada Ciudades ¿visibles?, conformada por una decena de obras sobre lienzo de mediano y gran formato, y una pieza escultórica. El tema que ha desarrollado en forma incansable es el de las ciudades imaginarias, a partir de las cuales construye sus complejos entramados arquitectónicos pletóricos de luces y colores bulliciosos. Ciudades que pueden ser alguna conocida o ninguna existente, y en las que la mirada del espectador va descubriendo signos y señales ocultos o apenas insinuados que evocan esos parajes fantásticos que de niños atesoramos en la imaginación. Sus composiciones parecen simples –y hasta infantiloides– pero lo son sólo en apariencia: la mirada aguzada va descubriendo poco a poco, al recorrer el lienzo, un sinfín de entresijos y vericuetos finamente delineados y armoniosos que se entreveran para crear deliciosos paisajes barrocos que encantan por su soltura y frescor. El artista no tiene miedo al color ni al abigarramiento de formas y texturas. Una de sus características es precisamente la pasión por hacer de su pintura un juego vital en el que el humor y el talante antisolemne marcan el contrapunto de su creación.


Ciudad Monarca, Acrílico, óleo y collage sobre tela

Es un lugar común hablar de México como el país colorista por excelencia; sin embargo, es cierto que una policromía excesiva, apabullante, contradictoria y a un tiempo majestuosa, invade nuestras miradas, a tal grado, que a veces ya ni la percibimos. Lo que resulta curioso es que, en la actualidad, pocos son los artistas visuales que se atreven a aventurarse en regodeos cromáticos audaces, como en su tiempo lo hicieron Tamayo, Pedro Coronel, Rodolfo Nieto, entre otros. Emilio Payán no pone límites a su paleta: sus composiciones son verdaderas explosiones cromáticas que se amalgaman sutilmente por la libertad de acción y espontaneidad que imprime en cada una de ellas. Resulta difícil no asociarlo con los alucinantes paisajes arquitectónicos del pintor vienés Hundertwasser, cuyo particular estilo ornamental se deriva del Jugendstil austríaco, pero también recuerda la serie de casitas multicolores que realizó Paul Klee a raíz de un viaje a Túnez. Como Klee, Payán reduce el paisaje urbano a diversos rectángulos y triángulos de amarillos, malvas, naranjas, azules, que se traslapan y entreveran dando lugar a un total horror vacui. El resultado es un tapiz caleidoscópico en el que las pinceladas sutiles y bien delineadas sugieren un techo, una fachada, las ventanas… Todo animado por esas parcelas de colores contrastantes y turbulentos que también remiten al arte popular. Sobre esta observación, Emilio comenta que vivió en casa de sus padres rodeado de objetos de arte popular que coleccionaba su madre, Cristina Payán, quien fuera gran promotora de estas manifestaciones artísticas.

La pintura de Emilio Payán es un canto a la vida, a la alegría y al humor, ajena a toda resonancia intelectual o conceptual. Es la expresión propia de un artista que no se suma a las modas ni a las demandas del mercado, y que es fiel a sus voces internas y al gran espíritu lúdico que impone su creación.