Cultura
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Entre el siglo XX y el XXI
Marco Rascón
P

areciera que ha pasado mucho tiempo, más de lo que son nueve años de un siglo que no se acomoda, que se define por sus buenas intenciones, pero todo lo agrede, uniforma y descompone. Confesemos nuestra nostalgia por el siglo XX, por sus revoluciones, por la unidad que había entre la acción y la palabra, por aquellos tiempos de las ideologías definidas... de convicciones.

Estos tiempos de la justa medianía son hoy el imperio de la mediocridad, sustentado en la repetición del espot repetido. Nunca, como hoy, hubo tanta libertad individual para decir lo que quieras, y en ningún tiempo, como ahora, ha existido tanto control del pensamiento. El destino del mundo global es sólo uno y no hay herramientas para combatirlo.

En aquel siglo que nos hizo y nos moldeó, la construcción de fuerzas políticas con pensamiento coherente era labor colectiva, integrada con la experiencia, poniendo cimientos con la memoria que, como el cemento, siempre estaba presente para unir cada ladrillo conceptual, rodeando cada ventana y cada puerta construida de nuestros edificios ideológicos. Todas las experiencias del mundo que tenían que ver con la justicia humana queríamos hacerlas nuestras; cada una de nuestras luchas, queríamos que fuera universal. Recuerdo que nuestro internacionalismo era una idea global, y por ello las oligarquías decadentes y vetustas nos acusaban de poseer ideas extrañas, subversivas y contrarias a nuestra idiosincrasia.

En el siglo XX se construyeron grandes partidos. La piedra fundamental no era lo cuantitativo, sino lo cualitativo. Los partidos –expresión de fuerzas– nacieron en el siglo de las invenciones, respondiendo al Siglo de las Luces, el XIX, fabricante de naciones, fronteras, imperios y estados. Frente a lo que sembró la Ilustración, en el siglo XX nació la obsesión por explicarse el futuro y preparar la entrada al nuevo milenio del XXI, donde la Tierra y el espacio, el hombre y la tecnología, la justicia para todos, el humanismo y la ciencia serían uno mismo.

El siglo XX de los grandes partidos sustentados en ideologías irrumpió sobre la soberbia burguesa del liberalismo del XIX. Las revoluciones proletarias de obreros y soldados rebelados contra las guerras nacionales hicieron avanzar en la contradicción a la humanidad entera. Por eso el siglo XX inventó el satélite y en la contradicción de los conceptos entre Este y Oeste despegaron las ciencias, el acceso a lo atómico y lo lunar. La luz eléctrica, el teléfono, la radio y, a mitad del siglo, la televisión, llevaron a cada hogar la lucha de las ideas y al inventarse su masificación nacieron también la enajenación y la alienación.

El nazismo y el fascismo como la más grande unión entre Estado y capitalismo marcó el siglo XX, pero tiene más influencia de lo que pensamos en el XXI. Su fantasma no ronda: es parte del mundo global del nuevo milenio. El fascismo moderno es el imperio de los mediocres; la vía precisa para convertir el resentimiento en ideología sin necesidad de proponer nada. Por eso, al mismo tiempo que la contradicción Norte-Sur sustituyó el viejo conflicto ideológico Este-Oeste, cambiar sin cambiar nada, definir el mundo de manera abstracta entre buenos y malos, economías centrales y países emergentes se convirtió en la ideología global de la hipocresía, columna central del humanismo que siente lástima y preocupación por la pobreza extrema, pero la crea; que deja de prevenir la salud para vender vacunas y traficar con ellas; que combate ferozmente las drogas para hacer un mejor negocio; que es pacifista y vende armas, que se dice incluyente y extiende las formas intolerantes de segregación social, racial y religiosa a lo político y lo ha hecho su democracia; que posee la más alta tecnología, pero sigue quemando petróleo y haciendo guerras por éste; en el siglo XXI hay guerras con armas que destruyen con precisión, destrozan y mutilan, pero ya no vemos muertos. Todo esto sucedía en el siglo XX, pero lo que fue semilla hoy produce frutos.

A diferencia del siglo pasado, hoy vemos el mundo no por lo que creemos ni por lo que sentimos, sino por Internet. La fascinación de tener todo nos hizo ignorantes especiales y funcionales. La telefonía celular sustituye a la soledad por la red global: nos hizo ciudadanos con medios, pero sin fines. Vamos más rápido, pero no sabemos adónde.

El siglo XX de los libros y los conceptos trascendía a los autores. Hoy basta con la presentación: no se necesita leer, pues el XXI es el siglo de los lugares comunes.

La democracia del siglo que pasó era peligrosa, pues dependiendo de quién ganaba eran las decisiones futuras. Hoy, gane quien gane, es casi lo mismo; sólo cambia la dirección de los gritos y los escupitajos.

Entre los primeros nueve años del siglo XX y los que van del XXI, las ideas parecieran ser la diferencia. ¿Qué revoluciones o estallidos harán los vacíos conceptuales de hoy?

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