Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de septiembre de 2009 Num: 757

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Poema de los treinta años
RODOLFO USIGLI

El Viaje Adolescente
RODOLFO USIGLI

Riesgo inminente
ROLANDO GÓMEZ

Figuras de un apocalipsis en las ruinas de Nueva York
THOMAS MERTON

El 9/11 ocho años después: la herida abierta
NAIEF YEHYA

El hambre en Nueva York
EDITH VILLANUEVA SILES

Columnas:
Galería
RAÚL OLVERA MIJARES

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

El Viaje Adolescente

Rodolfo Usigli

 

(Enero 12 ,1935)

El barco es el teatro;
El tren, el cinematógrafo del viaje.
¿Y el aeroplano?
Qué sé yo.
Viajar en él debe de
Ser semejante a viajar por radio
R. U

A Eduardo Vasconcelos

 

Recuerdo incidentalmente que desde los tres años me fugaba yo de casa y soñaba que mi breve estancia en el estanque seco de una casa de vecindad era un viaje. Fue en el curso de uno de aquellos viajes que haría yo para comprar jabón –exactamente tres cuadras y media– cuando concebí, entre los siete y los ocho años, el deseo de escribir. Después ¡cuántas veces recorrí las calles como quien va de viaje! Alargaba yo en mí las distancias multiplicando los temas de aventura. Pero entonces…

Este afán geográfico de un clasicismo tan acentuado es mi verdadero punto de partida para la vida. ¿Por qué la vida lo ha combatido tan enconadamente? No sólo no era eso un error, sino que era una sensación adivinatoria de mi época, de lo que mi época llegaría a ser.

Extraños caminos.

La obsesión del mar en mis poemas y en mis cuentos.

Fuerza clásica pues, la de Baudelaire, anticipador del hoy, antepasado mío de quien no reniego y que me encanta y me horroriza como yo mismo.

Nada menos que ayer hablaba yo del vagabundaje.

¿Cuántas veces, creyéndome próximo a viajar, he mirado con ternura los edificios de México? Un día me dijeron: “Prepara tus maletas.” Y yo hice paquetes de niño pobre con mis libros y papeles, que esperaron tres meses enteros la señal de partir.

Y en mis cortos viajes, sin incidentes y sin aventuras, de tal modo era absorbente el viaje y por tal suerte maravilloso, que lo sentía yo pasar por mí con igual inconsciencia que siento el rápido curso de mi sangre.

Y he sido romántico, y he tenido alternativas, y he llegado a creer en el milagro de la permanencia porque los filósofos de una decadencia, filósofos sin piernas ni brazos, vivieron sobre una sola cama, en un solo pueblo, depositarios de la fatiga del mundo.

¿Conclusión? Las conclusiones no se alcanzan. Ellas nos alcanzan a nosotros. La idea, resumen de la humanidad, epítome de la vida, está siempre de viaje. Por un libro, por un cuadro, por unos ojos de mujer. ¿Quién medirá las distancias recorridas por los pies ligeros de la idea? Ulises que se va y vuelve es el primero y el único gran símbolo literario de la idea.

(Página oportuna de un viejo diario)

I

Estoy seguro de que si no la hubiera recordado, no habría sabido cómo principiar este pequeño libro. Me ha servido para no explicarme cómo a pesar de tan brillantes antecedentes en el deseo de viajar, de tan poderosa imaginación como se necesita para sacar un barco nuevecito de un estanque seco y unos tendederos para ropa que me ocurre ahora recordar, y de tan sólido combustible literario, había yo olvidado absolutamente todas las alusiones de la literatura al viaje en mi primera partida con todas las formas.

En lugar de ir a la estación y respirar el aire cargado de carbón y atribuirme las despedidas y pañuelos y leer el porvenir en las ruedas del tren, y volverme a mi casa con la conciencia de haber viajado, como el señor Des Esseintes después de su visita al puerto, hice las cosas más inimaginables del mundo. Por ejemplo, comprar boletos y maletas y empacar en dos horas con una premura heroica si se considera mi difícil situación entre la amenaza de eternidad suspensa sobre todo cambio y el escepticismo de saber que estaría de regreso mes y medio más tarde. Mi viaje empezó en una serie de movimientos interiores que deben de haberme agotado: fue de la posesión exasperada de mis cosas a su abandono y de éste al remordimiento. Al cabo, con un exceso de equipaje, fui a la estación de Colonia dejando olvidadas, naturalmente, la ilusión y la angustia de la partida. Para reemplazar su pérdida irreparable, debo decirlo, me proveí de dos sensaciones de ocasión tan extremas y apasionadas como me fue posible encontrarlas. “¿Quién no ha viajado?” y “¿Para qué, si no para mi viaje existen todas estas novedades ferroviarias?”

Debo añadir una tercera pregunta, la única fórmula rescatada de una inocencia: ”¿Voy a viajar? ¿Yo?”, que se agrandaba por sí sola al repetirse hasta aturdirme.

¿Quién no ha viajado? Me presté a pensar ante la técnica adquirida de los movimientos de hombres y trenes. Son todos tan seguros, tan económicos y disciplinados, que han venido a cubrirse de esa niebla o pátina de la costumbre y a saturarse de una ausencia total de novedad, de aparición y de brillo. Envían la insipiencia de los sabios cuya curva se ha cerrado, la insoportable fealdad de las mujeres permanentemente hermosas. Si me atreviera yo a decirlo, son movimientos ya llegados a la mayoría, a la inmovilidad. Nada hay menos atractivo que la edad legal de las cosas y de las acciones, y además, hace mucho tiempo que existen los agentes viajeros. Me escalofrió pensar de pronto que yo, con tantas maletas, pudiera ser uno de ellos.

Pero la estación con sus ruidos de luneta impaciente del teatro Fábregas, con su tren, con sus tramoyistas-cargadores, con sus actores de partida y de llegada, al reflejarse en mi objeto como mi objeto se reflejaba en ella, al encadenarse a mi objeto personal y servirlo, era indudablemente nueva y primera. ¿Para qué, si no para mi viaje, se había creado esa máquina? ¿Y por dónde, si no por esa misma estación podía yo llegar a mi tren? Luego, si el tren era el vehículo para mi deseo, la estación era sólo la agencia para el tren y aquellos seres desconocidos que se besaban y abrazaban, lloraban, reían y pronunciaban palabras de una módica eternidad de dos sílabas disueltas en el humo y como el humo en el aire, no eran más que otros tantos accesorios decorativos. Eran, para relacionar mi viaje con la inevitable sociedad humana –sólo por fórmula– y para darle una atmósfera cuya falta no hubiera podido menos que chocarme, porque he leído muchos libros sobre viajes.

El silbar siempre inesperado de los silbatos me pareció mucho menos agradable que el oído a la distancia, desde mi cama en una casa de la calle de Olmos de la que no hablan y que contorneaba la noche, y la estremecía de una conveniente ansiedad.

Confieso que experimenté una gran molestia al encontrar en el carro-fumador, persistentes, todos los que había juzgado accesorios decorativos: caras extrañas y poco amables, dientes de oro, brillantes y numerosos, y pies humanos. No tengo duda de que me creía solo en el tren, y aún ahora pienso que el tramoyista debe de haber sufrido un accidente de trabajo. Envueltos en el mayor secreto ante aquellas gentes que ya habían viajado, fumé una pipa con mi primer viaje –la pipa del amor– y de la guerra .

Pero una vez que el tren se hubo dado a rodar todo cuanto sugería la idea de un teatro se disolvió en un cinematógrafo ordinario, aunque provisto de múltiples pantallas y novedoso en el fondo porque me di cuenta de que si corría yo dos ventanillas atrás de la mía, podía recuperar un tiempo del paisaje muerto para mi pantalla, y si dos adelante y luego a la mía, podía duplicar aquellas indecisas e intrascendentes visiones nocturnas. Algunas esquinas de la colonia de San Rafael y el portal de la estación de Tacuba, donde se repitió con menor efecto el tomo de la partida teatral, y donde, actor un segundo consciente, dije adiós a mi joven amigo M. Z. Ya en mi cama, todo aquel río mental fue borrado por una nebulosa teoría de la relación entre el ruido y la música. Las series de ruidos emitidos particularmente por los ejes y por las ruedas del vagón dormitorio, depurados a su segunda repetición, se transformaron en el principio o en el final, no reconstruyo bien, de la Pastoral de J. W. B. Es la danza del viaje, y es una suerte para Beethoven no haber conocido estos trenes, porque el dedo de luz de la crítica contemporánea lo iluminaría como plagiario.


Fotos tomadas de: Diebored's Blog

Me sobrevino entonces la más extraña de todas las ilusiones: la ilusión del sueño. Un sueño absolutamente convencional, un sueño, por decirlo así, en guardia, sin abandono, sin olvido de los alrededores, sin confusión de lecho, sin llave para otros mundos que los deleznables e imprecisos de un juego mental consciente, y por ello lejano de la realidad de los vertiginosos mundos del sueño.

Invertí por lo menos una hora en introducirme en no sé qué atmósfera ficticia, yo, que sé que he incurrido en un segundo en otros planetas, en otros países y en otros seres. El sopor con que vi premiados mis esfuerzos, interrumpido en cada estación, intolerable en sus pretensiones del mejor de los descansos posibles, se prolongó hasta el amanecer.

Lo único que verdaderamente he sentido es que no se trate de mi primer pullman. Esto me inhibe para hablar mal con ingenuidad de las camas científicas.

Despierto, o simplemente devuelto a mis movimientos familiares suspensos en el aire como una película suspendida, me doy cuenta con desagrado de que no me ha sido posible traspapelar un segundo la noción de que me encuentro a bordo de un tren. Cumplo con los lugares comunes indispensables: afeitarme y lavarme a medio vestir a la vista de personas a quienes no conozco, y tomar luego un desayuno que sólo difiere del acostumbrado en la autenticidad de sus elementos. Después de fumar un cigarrillo dejo la mesa y voy, sin dar demasiados traspiés, al carro-fumador, ya invadido, por supuesto, por las damas y caballeros del pasaje. Puesto que estoy despierto, me preparo automáticamente a vivir mi vida en independencia de las pantallas y de sus combinaciones regresivas y futuristas. Para decirlo todo, el paisaje no me interesa, y tengo mucho que hacer en cambio: escribir algunas cartas y leer, entre otros libros, El canto a Teresa, que me dio S. N., unos días antes de mi partida y que hojeé solamente, reservando este glosario del mar en la poesía para consolarme de mi ávido viaje por tierra. Es entonces precisamente, cuando surge el conflicto.

II

Mi objeto interior, expresado sin duda antes de lograr su madurez mental, era ofrecer al viaje, en tributo a nuestro encuentro, el espectáculo de mi vida de todos los días, porque hasta el momento de mi incursión en el carro-fumador esta mañana, sólo existíamos los dos, superpuestos en una entrega profunda bajo la superficie banal del tren y su atrezo y sus polvorientas películas. Ante el general escándalo, entro cargado con papeles, libros y una máquina de escribir, objetos que deposito sobre una de las mesillas destinadas a los usos más humanos de jugadores y bebedores. La extrañeza y la franca desaprobación que me reciben me hacen sentirme de pronto desnudo a la vista de gentes que han surgido sin previo aviso de todas partes y que se componen un mundo de cuya existencia acabo de percatarme porque se trata de un mundo que acaba de percatarse de mi existencia.

Y este mundo y yo nos damos cuenta de que no sé viajar todavía. Desagradable momento que se disuelve al fin en la vaga dulzura de recordar que se siente la misma desnudez en el primer amor descubierto por la ironía de los pacientes maduros y de los amigos verdes. Y controlado en mis acciones que tan naturales me parecían, pospongo mi programa por un poco de tiempo y me dedico a mi vez a examinar este mundo en el que me veo obligado a vivir. Pero, aun admitiendo ese mal necesario me apena descubrir que no pienso un segundo en la posibilidad de que nuestras vidas ajenas unas de otras puedan ser llevadas a un vértice por un súbito desastre ferroviario o siquiera por una mano de poker. Maupassant y sus conversaciones en diligencia están lejos de mi espíritu, y lo único que me quedaba de mi juventud romántica desaparece ante la ausencia de la mujer interesante.