Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 20 de septiembre de 2009 Num: 759

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Juan Bañuelos y otras cuestiones
MARCO ANTONIO CAMPOS

Mariano José de Larra: las andanzas de un dandy
ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

El regreso en '34 y la muerte en '49: dos efemérides de José Clemente Orozco
(1883-1949)

ERNESTO LUMBRERAS

Espiritualidad y símbolos, novedades antiguas
RICARDO VENEGAS entrevista con JULIÁN CRUZALTA

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Mariano José de Larra por José G. de la Vega, ca. 1835. Archivo fotográfico Museo Romántico

Mariano José de Larra:
las andanzas de un dandy

Enrique Héctor González

Aquí yace media España: murió de la otra mitad
Mariano José de Larra

“Antes de cumplir los veinticinco años era el periodista mejor pagado de España”, asienta Ángel del Río en su inveterada Historia de la literatura española. Y luego de los doscientos que han transcurrido desde su nacimiento, Mariano José de Larra (1809-1837) puede ser reconocido como un escritor avant-garde, un adelantado en el sentido en que lo es el almirante que se desprende de la expedición para incursionar por su cuenta en tierras no exploradas. Acaso sin saberlo, sin hacerlo sentir a sus lectores, es la verdadera conciencia crítica de España en la primera mitad del siglo XIX, el primer intelectual de nuestra lengua que puede serlo exclusivamente desde el aciago púlpito del periodismo, al margen del ministerio (acaso sólo aventajado, en México, por Lizardi); un noventaiochista jamás reconocido como tal pero, al fin y al cabo, un Azorín medio siglo anterior, un Unamuno sin la sentenciosa unanimidad de sus juicios, un liberal cuya muerte precoz es imagen anticipada de su genio urgente: un verdadero romántico.

Verdadero porque se sabe que el romanticismo, ese movimiento que a la vuelta de dos siglos sigue siendo, como observó Octavio Paz, la corriente con la que mayores afinidades guarda la modernidad, en nuestra cultura hispánica arraigó mal y evolucionó peor, siempre asociado a efervescencias sentimentales inverosímiles, siempre retórico y dado a una íntima tristeza revolucionaria. Nada del poderoso espíritu de lo fantástico, poco de la luminosa oscuridad que dio lugar, en Europa, a un Novalis y un Frankenstein, puede encontrarse en la obra de Espronceda o Bécquer, ya no digamos en la de Isaacs o Altamirano; pero de esa escasa luz abierta a la higiene de la sátira, a la exploración de la racionalidad que subyace siempre al sentimiento, mucho hay en Larra, quien conserva, precede y lega un instinto vital de la literatura de todas las épocas que infestó al movimiento romántico sajón y apenas asomó en su vertiente hispánica: el espíritu crítico.

La palabra retórica, como muchas que el uso ensucia, tiende a cargarse de sentido peyorativo. Líneas atrás, nada menos, invoqué sin desearlo esa acepción: una práctica en la que la obra se resuelve en función de sus acertijos verbales, una poesía alimentada de retos musicales poco sustanciosos pero afables al oído. Sin embargo, si atendemos a su sentido dignificado por la semiótica del siglo pasado, podemos entender de qué modo es “retórico” el trabajo de Larra: se trata del empleo particular de la lengua en favor de una mayor eficacia estilística, de un poder comunicativo más sólido: un paradigma de pulcritud en la elaboración del mensaje. Puede leerse a Larra hoy en día y encontrar, sí, que su crítica repara en arrobos sociales incompartibles o en un afrancesamiento que no niega ni sus orígenes (vivió buena parte de la infancia en París y en Burdeos) ni su anticuada jerga aristocratizante. Pero hay estilo, y no un estilo postizo, elegante, fatuo, sino una visión del mundo que se entrevera de manera puntual y preponderante al lenguaje que la encarna.

DE LA PRECOCIDAD

Larra publica desde muy joven. En 1827 suscribe una oda extraña pero doméstica: “A la exposición de la industria española”, y un año después debuta en el periodismo con artículos firmados, a la usanza, por seudónimos animosos: El Duende Satírico del día, El Pobrecito Hablador, que más tarde derivarán en Andrés Niporesas y el breve y más frecuente de Fígaro. A los veintiún años se casa con Josefina Wetoret y Velasco, y al año siguiente ya se ha enredado con Dolores Armijo (una mujer asaz matrimoniada) y con la tribu romántica de la que supo ser el diletante huidizo, el amigo incómodo: el Duque de Rivas, Espronceda, Manuel Bretón de los Herreros, reunidos a menudo en el Café del Príncipe. Por estas fechas se estrena su comedia en cinco actos No más mostrador y se da a conocer más tarde como crítico teatral y musical. Publica luego una novela y un drama sobre el mismo personaje: el mítico Macías, un famoso gallego perpetuamente enamorado de un imposible en el siglo XVI, claro trasunto del propio Larra. Se separa de su mujer. Cumple veintiséis años.

UN ROMÁNTICO AVANT-LA-LETTRE

Quizá el sentimiento libertario sea el que mejor identifique a Larra con el romanticismo. Su individualismo espasmódico –a ratos cierto impuro clasicismo asoma en el buen juicio de un autor que escribe en perfectos francés y español y domina el latín– arroja el perfil de un romántico que razona, de un escritor que no satiriza por juego sino por un cabal ánimo de enmienda. “La vigencia actual de Larra –escribió alguna vez Francisco Umbral (Larra, anatomía de un dandy)– es la vigencia eterna de una cabeza pensante en un mundo de estatuas descabezadas.” Es el cosmopolita más preclaro de su entorno. Si invoca algún espíritu patriótico es para desmenuzarlo y evidenciarlo, como puede advertirse en dos de sus artículos mejor conocidos, “Vuelva usted mañana” y ”El castellano viejo“: mal podía ser un nacionalista afiebrado en una España que se desmoronaba.

Se convierte, así, en un romántico forzado, un racionalizador de la emoción. Su costumbrismo, por ejemplo, se adelanta al que se cultivará más tarde en España y, sobre todo, en la América hispánica, lleno de veleidades folclorizantes, colmado de color local. El regionalismo de Larra, asimilado el error de volverlo oda bucólica que se manifiesta en Estébanez Calderón (Escenas andaluzas) y en Mesonero Romanos (Escenas matritenses), atomiza sin miedo el anquilosamiento de las conductas: no absuelve, examina; no enaltece, desnuda.

Porque la obra literaria perdurable de Mariano José de Larra se reduce, sin duda, a sus ensayos (de costumbres, literarios, políticos), conviene acotar que se trata de un romántico heterodoxo, un artista del lenguaje cuya prosa permanece (no así sus escasos poemas), porque supo apropiarse de formas lacónicas y sintéticas, lujosas pero precisas, que revaloran y reincorporan los giros del Siglo de Oro en favor de la prisa de que es presa el periodismo: la sazón de la inmediatez aderezada por la elegancia del buen decir. Adicionalmente, encarna lo que Umbral llama “crítica constitutiva”, una visión que fusiona la pasión por demoler con la obligación de sugerir: ánimo constructivo y destructivo al mismo tiempo de un pesimista optimizado por la pasión de la escritura.

Para el Larra crítico de las costumbres y, en general, de la sociedad española decimonónica, la idea de que en España no pasó ni pasa nunca nada es inevitable; tratada de diversas formas, aparece en casi todos sus artículos. Al respecto, apunta Azorín: “Para Larra, España es un país que sin haber vivido, se encuentra en la necesidad de vivir.” Sus textos, sobra decirlo, son seductores, musicales y, sobre todo, están escritos en un español tan luminoso que hace cavilar en la necesidad de que el articulista diario, el columnista, deba ser, antes que nada, un escritor, si aspira a que lo que opina se hospede en la conciencia de sus lectores. Escritos casi invariablemente en primera persona, no son por ello pasto de la pedantería ni resultan excesivamente eruditos. Es un hombre que rechaza la solemnidad, un escritor que, nacido maduramente, tiene la capacidad de transmutar en comedia su íntima tragedia, el amor irresoluble que sintió por Dolores Armijo, la casada que lo lleva al cadalso. (Dije mal: un suicida se defenestra sólo de sí mismo: una mujer, la insolvencia económica, una obra empeñosa recibida con desdén por la crítica sólo apuran el vaso, pero el veneno va en ellos. Poción romántica, sin duda, bebedizo compartido por toda una generación.)

LAS RAZONES DEL DANDY

Tampoco puede adjudicarse a otros su espíritu ocurrente, su ansiosa enzima estilística. No es posible “pasar en silencio”, como escribiría él mismo, alguna de sus agudezas, quizá sólo para mostrar que el humor de sus textos no es gratuito pegoste, sino una forma de esa cordial intransigencia tan natural al pensamiento preciso. No en balde el escritor más parecido a Larra, en nuestros días, sería Carlos Monsiváis, en quien lenguaje y sorna convienen a una idéntica forma de vivir huyendo de la implacable sombra de la solemnidad: “Pues nunca está el hombre más filósofo que en sus malos ratos: el que no tiene fortuna se encasqueta su filosofía, como un falto de pelo el bisoñé; la Filosofía es, efectivamente, para el desdichado lo que la peluca para el calvo: de ambas maneras se les figura a entrambos que ocultan a los ojos de los demás la inmensa laguna que dejó en ellos por llenar la naturaleza madrastra.”

Larra es el paradigma hispánico del dandy, que en definición de Sartre encarna el “amor a la elegancia, porque la elegancia es efímera, estéril y perecedera”: el eterno y extravagante espíritu delicado, el disidente sin arraigo posible, el apóstata sin redención: Byron, Brummel, Baudelaire. Y, naturalmente, alcanzó la cima, el “supremo sacramento del dandismo”: el suicido a los veintiocho años. La provecta metrosexualidad del dandy, como podríamos llamarla hoy en día, la actitud vital (e histriónica) de un Wilde, un Byron, un Larra, es, según Francisco Umbral, “una respuesta indignada y sobria a la sociedad inglesa, francesa o española, un mudo escribir en el aire, en la pizarra social, con el jaboncillo del sastre: Así no. ¿No me veis a mí?”. Pero este desplante de fatuidad, conviene recordarlo, se resuelve, si a tal actitud la respalda una obra de mérito –que es la que siempre queda–, en lección libertaria, en un anarquismo, de cualquier forma, inofensivo: su talento literario, que justifica que un prosista así de espléndido como Azorín haya escrito uno de sus últimos trabajos sobre Rivas y Larra, se reduce a explosiones más idealistas pero no menos contundentes que una bomba molotov: los ensayos y artículos y notas de un romántico dedicado a trasminar el edificio social con la buena tinta de un estilo inconfundible.

Porque la vida es a menudo una ecuación a resolver, Larra labró la suya en la conjunción de tres gestiones problemáticas: el coqueteo político, la labor crítica y la creación literaria. Fracasa en la primera (no llega a la aspirada diputación por el municipio de Ávila) y apenas despunta en la tercera con un drama olvidable y una novela velada por el tiempo. Destaca, probablemente a su pesar, en el oficio de ofidios de la crítica y sus ponzoñas. Y todo para perfilar una imagen inalterable luego de dos siglos: la del ensayista precoz y mordaz, dandesco –antes que dantesco– y ambivalente, la del quevediano humorista que, sin saberlo, siempre fue.