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La mayoría viven en casuchas, carecen de empleo y no les llegan los programas sociales

En pobreza extrema, 3 mil familias de Santiago de Anaya, Hidalgo

Inhumana indiferencia de la delegación de Sedeso, denuncia dirigente agrario del Mezquital

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Inés Mejía Librado y Pedro Jaén Jiménez son algunos de los cientos de habitantes de Santiago de Anaya que viven en una modesta choza, sin drenaje ni piso de cemento, en medio de nopalerasFoto Carlos Camacho
Carlos Camacho
Corresponsal
Periódico La Jornada
Domingo 27 de septiembre de 2009, p. 28

Santiago de Anaya, Hgo., 26 de septiembre. En Santiago de Anaya casi 3 mil familias viven en pobreza extrema e irremediablemente sufren los efectos de la crisis, afirma Anselmo Durán Cruz, dirigente de la Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas, en la región del Valle del Mezquital.

Los hombres trabajan de jornaleros –cuando es temporada de siembra y cosecha de maíz y frijol–, en las escasas plantaciones de magueyes; de albañiles o ayudantes de los modestos negocios de los alrededores a cambio de raquíticas pagas.

Aquí no son pocas las casuchas que aun cuando cuentan con servicios básicos –agua potable y energía eléctrica– están edificadas a base de piedra, adobes, pencas de maguey, carrizos y láminas de cartón; no cuentan con drenaje ni con caminos pavimentados.

Durán Cruz no duda en imputar esta situación al delegado de la Secretaría de Desarrollo Social, José Ángel Rodríguez Calvillo, quien mantiene una inhumana indiferencia ante los problemas que enfrentan las familias pobres de este municipio.

De paso, acusa al ex alcalde priísta de Santiago, Gregorio Jaén Gaspar, quien hizo perdedizos casi cinco millones de pesos, que presuntamente serían canalizados a programas sociales como Tu Casa, consistente en la entrega de pies de casa, techumbres de lámina y pisos firmes.

Las críticas del líder agrario van más allá del ámbito local; condena que el Instituto Federal Electoral (IFE) haya invertido más de 25 millones de dólares en monitoreo de los espots de los partidos en los medios de comunicación.

Además no es posible que al consejero presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita, se le permita facturar más de 25 mil pesos en sus cafecitos y comidas. Todo ese despilfarro, una burla para el pueblo; si esos recursos los canalizaran en comunidades marginadas para construir y entregar casitas dignas y dar despensas, a lo mejor no mejorarían las condiciones de pobreza, pero al menos la gente tendría alimentación y un patrimonio digno, dice.

Todos los años, políticos vienen y van; nos piden el voto, ganan, y nunca regresan, se quejan

Carlos Camacho Corresponsal

Santiago de Anaya, Hgo., 26 de septiembre. A sus 20 años de edad, Marlene Sánchez Villeda sabe lo que es luchar contra la crisis, junto con su esposo Rafael Jaén Mejía, de 21. Ambos subsisten en un jacal junto a sus dos retoños: Jonathan, de dos años, y Mahetzi, de tres meses.

A nosotros. dice Marlene. no nos llegan los apoyos de programas sociales como Oportunidades y Abrigo o entrega de despensas.

Esta familia vive en la cabecera municipal de Santiago de Anaya, ubicado en el Valle del Mezquital, al igual que la mayoría de sus habitantes, no le llegan los apoyos ideados por los gobiernos para combatir la pobreza, aun cuando tendrán que pagar el 2 por ciento a alimentos y medicinas si los diputados federales aprueban este nuevo gravamen.

“Hemos solicitado a la presidencia municipal que nos inscriba a esos programas, pero no nos los dan, según porque vivimos ‘en la zona urbana’, cuando a personas que no son pobres, o cuando menos viven mejor que uno, sí se los dan y al momento”.

La casa, de no más de 16 metros cuadrados, está construida con piedras, pencas de maguey, adobes y láminas de cartón; el piso es de cemento, pero los estragos de la lluvia lo han deslavado debido a las filtraciones entre las paredes y sobre las picadas láminas.

Con estudios de bachillerato, Rafa labora de chalán en una fábrica de bloques de las 8 a las 19 horas; recibe 800 pesos semanales, lo que es insuficiente; el pan da cada día son los frijoles, las tortillas, los chiles, la sopita, la sal, el té y el café, “porque ni alcanza pa’ comprar leche pa’l niño y luego que subió el azúcar a más de 30 pesos.”

En ocasiones, si bien nos va, puede que lleguen hasta la modesta mesa los quelites, los nopalitos, algunas manzanas y una pieza de pollo, pero no el pan dulce ni la carne roja; ni se hable de pescado, dice.

Debajo de un cobertizo de pencas, Marlene enciende a diario el fogón, utilizando trozos de carbón y unos tabiques a modo de estufa, para cocinar.

Hoy comeremos frijolitos y tortillas; mañana, sólo frijolitos. Pasado mañana, quién sabe, dice. Tan pronto como comienza a describir su precaria situación familiar, las lágrimas escurren sobre sus blancas mejillas.

“Es muy difícil vivir así, amontonados, pasando fríos, sin comida suficiente, con el temor de que el viento tire la casa… ¿usted cree que algún político cambiaría su residencia por esta choza? Cuando llueve, los rayos caen en el patio; los niños se espantan y lloran, chorrea el agua muy feo… necesitamos apoyo para una casita digna”.

Pese a su crítica situación, Marlene no pierde la fe; también tiene su sueño: “Pienso mucho en tener una casita, con techo de cemento, con sus dos cuartitos y una cocinita, con unas plantitas, pa’ que mis hijitos estén a gusto y no sufran”.

Luego de enjugar el llanto, recalca: No queremos más aumento en los precios de la comida ni en las medicinas, pero tampoco queremos nada regalado ni que nos mantenga el gobierno; como podamos pagaríamos una casita y enfrentaríamos la crisis; ya hasta he pensado en irme a trabajar.

Cerca de ahí, en la manzana 4, a escasos 600 metros del centro de Santiago, de la plaza principal, vive Pedro Jaen Jiménez, adulto mayor que con voz quebrada asegura haber olvidado su edad, aun cuando recuerda que nació un día de agosto del 47

Toda mi vida he vivido en este lugar; todos los años veo políticos, presidentes municipales y diputados que vienen y van; nos piden el voto, prometen, luego ganan, pero nunca regresan ni se han preocupado por ayudarnos, a pesar de nuestra pobreza, reprocha, entre cucharada y cucharada de caldo de frijol con trozos de tortilla y chile.

Dispuesto a salir a desyerbar un terreno, cuenta que es muy escaso el trabajo en la demarcación; no más de tres días a la semana encuentra empleo, con una paga de cien pesos por jornal, o sea mil 200 al mes.

Aun con su irrisorio ingreso económico y con la ayuda del cielo, paga 500 pesos por consumo de agua, más otros 120 pesos de luz; lo que le sobra es “pa’medio comer, mi viejita y yo, y pa’ comprar el alimento de mis animalitos”.

Su esposa, Inés Mejía Librado, con la preocupación a flor de piel, muestra la despensa; bolsas originalmente de un kilo, a menos de la mitad, almacena lentejas, sal, frijoles y arroz colocadas en una vieja y apolillada repisa. La carne, implícitamente, está eliminada de su dieta.

Su vivienda, de apenas tres por tres metros, está habilitada con bloques peligrosamente apilados y sin cemento, en medio de nopaleras; el piso es de tierra; a modo de techo, láminas de cartón descansan sobre dos pares de vigas.

Las precarias condiciones en que vive este jornalero y su extinguida confianza en las autoridades lo ha llevado a recurrir al auxilio divino; junto con su compañera de las mil batallas diariamente repasa los pasajes de la Biblia para pedir a Dios que no nos falte de comer, que me dé trabajo y no me enferme, porque si el gobierno nos aumenta el IVA o compramos frijoles o medicinas nos van a acabar de matar de hambre.