Opinión
Ver día anteriorMartes 29 de septiembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ruta Sonora

Pearl Jam: saltapatrás

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Backspace es el título de la producción más reciente de Pearl Jam
D

iecinueve años, nueve discos, y cual si nueve vidas. Pearl Jam, el aclamado quinteto de Seattle, sobreviviente del llamado movimiento grunge de los años 90, se evoca a sí mismo y sus años mozos, en una especie de serpiente que se muerde la cola, imagen que remite a retroalimentación, pero también a deceso; un eco en el que cinco cuarentones se miran al espejo interior y descubren que poseen el mismo espíritu ardiente de antaño, aunque habiendo aprendido ya bastantes lecciones, y a la espera de aprender mucho más. Backspace es el nombre de su primera grabación independiente, en la que evidencian sus ganas de recuperar ese olor a espíritu adolescente, diría su extinto líder generacional, Kurt Cobain (quien, por cierto, no los soportaba), sin por ello tener que fingir ser los chavitos que ya no son.

Es imposible negar la relevancia de esta banda, sobre todo para su generación, no sólo por poseer un sello musical indeleble, basado en un rock enardecido, a la vez melódico, melancólico y profundo, sino por tratarse de un grupo sincero, coherente, instintivo, crítico, para el cual hacer música no es mero entretenimiento, sino un compromiso, un llamado; un combo que en vivo es todo un derroche de descargas eléctricas, sensibilidad y enormes latidos comunitarios. De igual forma, la voz y el pensamiento de Eddie Vedder al frente han sido para muchos estandarte de independencia y corazón. Afamada ha sido su lucha contra Ticketmaster y las grandes casas grabadoras, así como su interés por que la adquisición de su música resulte conveniente para su público. Y si bien ha habido algo de doble lenguaje, pues las ganancias económicas igual van a parar a las arcas del grupo, en este disco el método políticamente correcto de entrega no ha sido excepción: en Estados Unidos el álbum sólo se adquiere, en su versión tangible, en las tiendas alternas Target, y por Internet mediante iTunes.

Aun así, en Backspacer, lo que para muchos nostálgicos aferrados puede ser una virtud (el que varias de sus canciones, como Amongst the wave o Unthought known, recuerden a temas del clásico Ten, 1992, o el Vs, 1993), para los gustosos de la evolución, la búsqueda y la creatividad el álbum resulta una decepción. Las fieras guitarras de Stone Gossard y Mike McCready conservan su estilo, los requintos están en su lugar; la base entre el bajo de Jeff Ament y las percusiones de Matt Cameron amarran con oficio y potencia; la producción de Brendan O’Brien (no trabajaba con ellos desde el magnífico Yield, 1994) los hace sonar cual si en directo. Sin embargo, tal corrección suena en los dosmiles, al sonido estandarizado de cómo debe sonar una canción de rock adulto. Y es que sus guiños al rock clásico (Rolling Stones, Thin Lizzy, Led Zeppelin y hasta los Ramones), aun conservando su estilo, no pasan de ser un conjunto de temas insertos dentro de lo ya mil veces rebasado; si bien no son temas desagradables, en ellos hay poco riesgo. Lejanas están la exploración y energía de Vitalogy (1994), quizá su obra más prominente.

Con todo, lo que salva de la desgracia al álbum son las letras y la interpretación de Vedder, repletas de líneas sensibles, vitales, emotivas, no alrededor de la política, como en Pearl Jam (2006), sino de la soledad, el amor, la muerte, en las baladas, y del festejo de estar vivo y disfrutar del entorno y los seres queridos (en los tracks más alebrestados). Así, figuran las rocanroleras Gonna see my friend, Got some, Johnny Guitar o Supersonic, y las conmovedoras Just breathe y The End, una de las piezas más hermosas que hayan compuesto en su historia. En contraste, las baladas restantes son cursis y aburridas, y el sencillo The Fixer resulta chocante y chabacano.

La mayoría de la crítica ha sido reverente con este disco, obedeciendo quizá al carisma y sinceridad de estos músicos. No obstante, no hay rasgos que denoten búsqueda ni riqueza creativa, musicalmente hablando. Aquí lo doloroso no radica en pensar que la banda pueda haber buscado ser complaciente por ganar más dinero, sino que lo esté siendo porque su creatividad ha llegado a un límite, sin que ello implique falta de emoción o amor a lo que hacen. Pero es justo porque se trata de una banda de trayectoria respetable, a la que es posible pedir sea más exigente consigo misma. No se necesita gran oreja, pero sí objetividad y distanciamiento, para notar que se trata de un álbum predecible e instalado en la comodidad, creado por una banda a la que, en concordancia, se le tiene muy consentida. Saltar hacia atrás puede resultar fallido si esa línea delgada entre autoevocación, conformismo y estancamiento no está bien dibujada. Y en Backspacer, una supuesta vuelta a las raíces suena a justificación de sus limitaciones, más que a definición de su actual planteamiento artístico. Una pena.