Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de octubre de 2009 Num: 761

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Edith Wharton,
afortunada y sola

LAURA FALCOFF

Asesinato impune
Joan O'Neill

Una zanahoria
para el desayuno

ROSALEEN LINEHAN

Las veleidades del consenso: Ibargüengoitia, Garibay y Spota
RAÚL OLVERA MIJARES

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Asesinato impune

Joan O'Neill

La casa, al final de la calle sinuosa, daba muestras de un considerable abandono. Las enredaderas de rosas maltratadas por el viento, y las exuberantes capuchinas, eran los remanentes de lo que alguna vez fue un hermoso jardín. El suave arrullo de las palomas, la única bienvenida.

El interior era sombrío y sofocante. Los muebles estaban amortajados con fundas para el polvo. Había malgastado el dinero pagándole a mi primo Ben, quien prometió cuidar la casa y no lo hizo. Abrí las cortinas y las ventanas sucias. El mar, que tanto había extrañado, brillaba en tonos plateados con el sol del atardecer. Me animé. Los barcos navegaban inclinados, bordeando la costa este. La orgullosa iglesia y el cementerio contiguo, donde mis padres estaban enterrados, dominaban el pueblo.

Estaba en casa y sólo eso importaba. Ya tendría tiempo para arreglarla.

Esa tarde en el supermercado, Mary, la amigable cajera, me dijo sorprendida:

–Cuánto tiempo sin verla.

–Sí –le contesté.

–¿Se quedará mucho tiempo?

–Aún no lo sé–. Empaqué mis cosas rápidamente para evitar su curiosidad y poder escapar del interrogatorio.

A la mañana siguiente, sonó el teléfono. Era mi amiga Rachael.

–Hola, Tania, sabemos que volviste–. Las noticias vuelan en Kill.

–Sí, llegué ayer.

–Ya hablé con las demás. Nos morimos de ganas de verte. ¿Qué tal una reunión el jueves en la noche. Puedes?

–Se me complica. Tengo una entrevista de trabajo el viernes en la mañana –le mentí, intentando zafarme.

–Te vas temprano –me dijo decidida a convencerme–. Anda, ven un rato.

–De acuerdo.

–¡Genial! Tengo muchas ganas de verte –respondió cariñosa y me dio su nueva dirección.

Colgué el teléfono nerviosamente. No nos habíamos visto en cinco años. Seguro estarían cambiadas. Lo mismo que yo.

Rachael, Kirsten, Lucy y yo éramos amigas desde la escuela, y nos divertíamos intercambiando consejos sobre el cuidado del cabello, los métodos anticonceptivos y los novios. Rachael siempre había sido la organizadora. Sus reuniones eran animadas y chismosas, pero a fin de cuentas cenas formales a las que había que ir muy arreglada y hacer un esfuerzo para estar a la altura. Sabía perfectamente el motivo de ésta. La muerte de mi padre, hacía cinco años, había sido repentina y terrible. Tuve que renunciar a un trabajo bien pagado de relaciones públicas en Londres para regresar a cuidarlo. De un día para otro me convertí en un objeto de curiosidad. Cada uno de mis movimientos era motivo de especulación. Ni siquiera con el generoso apoyo emocional de mis amigas, sobre todo el de Lucy, que era la más cercana, pude tolerar la situación. Fue entonces cuando decidí marcharme de Irlanda. Viajé mucho y terminé dando clases de inglés en Madrid, una ciudad vibrante, donde con frecuencia me sentía nostálgica.

Todas habían intentado contactarme. Lucy escribía a mi casa sin tregua, rogándome que le respondiera. Ben le devolvió todas sus cartas; era lo menos que podía hacer. Cansada y melancólica, le mandé un correo electrónico y empezamos a escribirnos esporádicamente. Ahora que había vuelto, sabía que querrían verme y oír mi versión. Estaba aterrada.

Rachael vivía en los suburbios, en una calle tranquila y arbolada. Su casa, con enormes jardines, era blanca y grandiosa. Respiré hondo para cobrar fuerzas antes de tocar el timbre. ¿Qué sentiría al verlas de nuevo? ¿Siempre sería considerada sospechosa por la muerte de mi padre?

Rachael me abrió emocionada.

–¿Tania no has cambiado nada. Te ves espectacular. Tan elegante como siempre!– Me abrazó.

–Tú también –le dije.

Estaba deslumbrante con un vestido rojo brillante. Su cabellera color cobre y sus ojos azules destellaban. Tenía casi treinta años y apenas había cambiado.

–Ya llegaron las demás –me dijo mientras íbamos a la sala.

La casa tenía pisos de madera fina y estaba lujosamente amueblada. James, el marido de Rachael, un prominente abogado penalista, casi nunca estaba, lo cual le permitía a ella ganar fortunas con su exitosa empresa de diseño gráfico. Era una estrella luminosa en el firmamento profesional y había alcanzado todas sus metas. La admiraba por eso.

Apenas entré a la habitación, Kirsten y Lucy voltearon.

–Hola –dije con mi sonrisa más valiente.

–¡Tania! –Lucy fue la primera en levantarse–. Qué gusto verte –me dijo con afecto y curiosidad. Percibí su fragancia predilecta que me recordaba días pasados y felices.

Kirsten se mostró más contenida.

–Felicidades, supe que tuviste un bebé –le dije.

–Sí. Se llama Emma. Tiene seis meses–. Su cara resplandecía de orgullo y satisfacción.

–¿Sigues tomando vodka con Coca Light? –preguntó Rachael, ansiosa de hacerme beber lo antes posible para que me relajara.

–Sí gracias, pero tomaré sólo uno. Tengo que manejar.

Me senté en el lugar designado para mí e intenté calmarme, en medio de un incómodo silencio. Parecía que no nos conocíamos.

Lucy me preguntó si me había gustado Madrid.

–Sí. Me encantó. Mucho movimiento. Siempre había algo que hacer –contesté.

Kirsten, crítica, como de costumbre, empezó con el escrutinio:

–¿Y siempre te ha gustado que sucedan cosas, no?

–¡O que suceda alguien! –dijo Lucy, con la mirada llena de curiosidad.

Mi corazón dio un salto al recordar aquel restaurante oscuro y abigarrado donde conocí a Javier, el guapísimo mesero español del que me enamoré. Se lo conté a Lucy en alguna ocasión.

–Fue sólo una aventura –contesté sonriendo–. Después se fue a buscar fortuna a Estados Unidos –añadí, sintiéndome obligada a continuar el relato, mientras tres pares de ojos taladraban los míos, pero sin confesar que él me había dejado.

Kirsten preguntó:

–Y qué has hecho desde que regresaste?

–Buscar trabajo, que ahora no resulta fácil.

–Dímelo a mí –dijo Lucy–. Las cosas han cambiado mucho el último año.

Y te vas a quedar? –preguntó Kirsten.

–Todavía no sé.

–Ojala –dijo Lucy–. Así podemos retomar nuestra amistad donde la dejamos.

En medio de otro incómodo silencio, Rachael y Kirsten intercambiaron miradas juzgadoras. Sus fríos semblantes indicaban que el motivo de mi partida ocupaba su pensamiento.

–¿Y tú no extrañas trabajar? –le pregunté a Kirsten, una profesional exitosa que había sido jefa de departamento de un prestigiado despacho de abogados.

–Sí extraño tener mi propio dinero. Honestamente, Ken es un poco avaro, pero Emma lo compensa todo.

–También es tu dinero –le recordó Rachael.

–Denme una carrera y jamás estaría en casa –dijo Lucy.

–Yo tampoco –dijo Rachael.

–¿James no quiere hijos? –le pregunté a Kirsten.

–Todavía no. No tiene ganas de lidiar con esas molestias.

–Pero le daría estabilidad y podría estar más tiempo en casa.

–Eso es justo lo que le da miedo –contestó Kirsten, riendo.

–¿Y cómo te sientes tú sola en esa casa inmensa? –me preguntó Lucy con auténtica preocupación.

–Bien.

–¿No te da miedo en la noche? –pregunto Rachael.

–Tengo una buena alarma –le contesté.

Mi mirada regresó a la de Lucy. Siempre cambiante y contradictoria, había desfilado de un trabajo a otro. Aquella rubia, burbujeante y curvilínea, se había esfumado. Estaba delgada y nerviosa, y yo me preguntaba a qué se debía el cambio.

–¿Y no hay alguien especial por ahí? –le pregunté.

–No, estoy soltera y lo disfruto–. Su sonrisa me reveló que le estaba sacando jugo a la soltería.

La conversación continuó un tanto forzada, hasta que Rachael dijo que la cena estaba lista.

En el comedor había un festín; salmón en costra, ensaladas mediterráneas y pollo a la provenzal, en la mesa puesta con una vajilla finísima y copas de cristal y plata.

–Uy, qué peligro para la dieta –dijo Kirsten, mientras se daba una palmada en el estómago.

–Olvídate de la dieta por una vez –le sugirió Lucy–. Eso voy a hacer yo.

–Tú sí necesitas alimentarte con urgencia, estás francamente anoréxica –la reprendió Kirsten con una sonrisa maliciosa.

–Qué lindas cosas dices –dijo Lucy.

–Delicioso –masculló Kirsten en medio de un bocado de camarón en áspic–. No entiendo cómo te da tiempo.

–Lo encargo todo –respondió Rachael sin inmutarse.

–Oigan, adivinen lo que encontré el otro día.

–¿Qué cosa? –corearon las demás.

–Las fotos topless que nos tomamos en la playa durante el viaje de fin de curso.

–Tú les enseñaste las mías a los de sexto –le reclamó Kirsten.

–Fue horrible de tu parte –dijo Lucy consternada.

–Lo sé. Ken me mandó a volar por eso. Llevábamos poco tiempo y me encantaba. Me costó mucho trabajo convencerlo de que no era una coscolina–. Kirsten rió de buena gana.

–Pero al final lograste atraparlo –la consoló Rachael.

–Y tú te llevaste al guapo –dijo Kirsten mientras miraba la foto de la boda de Rachael y James.

–De eso no hay la menor duda –dijo Lucy sonriendo, pero con celos en la mirada.

Vi a Lucy con simpatía al recordar que James había sido su novio antes de que Rachael se lo quitara.

–¿Se acuerdan de Roper, el maestro de física? –preguntó Rachael para cambiar el tema–. Cómo te perseguía, Tania, –me recordó como si hiciera falta.

–Te hizo la vida imposible –dijo Lucy, frunciendo la nariz con desdén.

–Era un tipo asqueroso –dijo Kirsten.

–¿Que habrá sido de él? –preguntó Rachael.

–Supe que murió en circunstancias misteriosas –nos confió Lucy.

–Quizá lo mataron –dijo Kirsten con la vista fija en mí.

La pregunta que flotaba en el aire interrumpió la conversación abruptamente, trayendo a colación la muerte de mi padre.

La sensación de terror que había logrado dominar surgía de nuevo como una pesadilla. Todo lo que había intentado olvidar para poder continuar con mi vida estaba ahí, atormentándome de nuevo. “Cuerpo encontrado en el bosque”, decían los encabezados de hacía cinco años. Llevaba varios días desaparecido hasta que lo encontraron en el camino de atrás de la casa, con el cuello roto. Hubo sospecha de asesinato y una investigación. Finalmente, sin testigos y ante la falta de evidencias, el caso fue cerrado. No se hablaba de otra cosa en el pueblo. Fue una época siniestra para mí.

Yo había vuelto a Wexford después de que una embolia lo había paralizado parcialmente. No nos llevábamos bien. Me resultaba difícil vivir bajo el mismo techo con un padre arisco y malhumorado, que nunca me quiso y odiaba tener que depender de mí.

Sobrevivimos un año de peleas y discusiones, pero el siguiente invierno llegué al límite. Cada día me sentía más como una prisionera, acosada por sus interrogatorios constantes sobre dónde había estado o a qué hora regresaría. Empezó a beber mucho, desobedeciendo las órdenes del médico. Se iba cojeando al pub y de regreso tomaba el atajo que atravesaba el bosque de atrás de la casa. Las discusiones eran inevitables y empleaba un lenguaje obsceno y soez que jamás había oído en él. En una ocasión, me persiguió como loco con un cuchillo en la mano. Si hubiera estado más fuerte, me podría haber matado.

Cuando levanté la vista todas me estaban mirando.

Lucy dijo con empatía:

–Qué época tan difícil para ti.

–Sí, terrible –asintió Rachael–. No sabes cómo lo lamento.

Lucy continuó:

–Es monstruoso lo que te hicieron. Los interrogatorios, la policía por todos lados.

–¡La injusticia! –dijo Rachael con indignación.

–Pero la ley debe aplicarse –dijo Kirsten, mirándome con fría autoridad.

–Sí, tenían que cumplir con su deber –asentí en un esfuerzo por cambiar el tema.

Rachael comenzó entonces a contar anécdotas divertidas sobre sus clientes más excéntricos. Kirsten habló sobre Emma, la felicidad de la lactancia y cómo se había vuelto cursi y empalagosa.

Logré escaparme a las diez y media, jurando que me mantendría en contacto con las tres. James se estaba estacionando cuando yo salía. Se bajó para saludarme.

–Qué gusto verte de nuevo, Tania –me dijo con una sonrisa amistosa.

–Igualmente –le contesté.

–¿La pasaron bien?

–Sí, gracias. Fue muy agradable verlas de nuevo.

–No desaparezcas ahora que estás de regreso.

–Lo prometo.

Me acompañó hasta mi coche.

–He estado muy pendiente del caso de tu padre. Mantengo la esperanza de que encuentren alguna nueva evidencia.

–Pero si el caso está cerrado –le dije, sorprendida.

Me miró fijamente.

–Estás equivocada. Hay muchas preguntas que quedaron sin responder y estoy decidido a llegar al fondo del asunto.

Su mirada me dio escalofrío.

–Quedaste impune, Tania, y lo sabes. Te saliste con la tuya–. No tenía la menor duda de que yo había asesinado a mi padre.

Entré al coche temblando.

Sonrió, mientras me observaba detenidamente.

–Sólo espero que su muerte haya sido instantánea y sin sufrimiento.

Cerré la puerta y me alejé a toda velocidad.

Oí la noticia de la muerte de James al día siguiente a medio día. “James Masterson, prestigioso abogado, falleció en un accidente automovilístico esta mañana en el camino a su trabajo.”

Me paralicé.

Sonó el teléfono. Era Lucy.

–¿Ya oíste las noticias? –me preguntó en medio de sollozos incontrolables.

–Sí, qué horror –le contesté.

–Ay Tania, no sé qué voy a hacer. Éramos amantes, me confesó. Iba a dejar a Rachael. Estábamos…. –lloraba histéricamente.

–Lucy, intenta calmarte. Respira, respira.

–Y ahora está muerto –dijo desconsolada.

No había palabras de alivio.

Kirsten llamó poco después.

–La policía sospecha algo sucio –dijo–. Alguien descompuso los frenos del coche.

–¿Pero quién querría matarlo?

-Puede haber varios motivos, quizá tenía información sobre algo o alguien.

–O alguien andaba tras él –sugerí– por amor o por despecho.

–Entonces ya sabes lo de su historia con Lucy.

–Sí, me llamó hace rato para contarme.

–La policía nos va a interrogar a todos. Y esta vez querrán respuestas verídicas, Tania.

–La vez pasada también las tuvieron y yo no sé nada sobre motores de coches –le aseguré.

–Entonces, no tienes de que preocuparte–. Colgó.

Más tarde, sonó el timbre. Reconocí al detective canoso de cara curtida y mirada penetrante. Mi corazón dio un vuelco de terror. La pesadilla, llena de preguntas interminables, miradas extrañas y desconfianza, comenzaba de nuevo.

–Detective Grey –me dijo mostrando su identificación, sin molestarse en presentar a su ayudante, un joven que estaba de pie a su lado en actitud respetuosa.

–Señorita Fox, ¿estuvo anoche en casa de los Masterson, cierto?

–Sí –contesté intentando controlar mi nerviosismo.

–¿A qué hora se marchó?

–A las diez y media.

–¿Estaba ahí James Masterson?

–Llegó cuando yo me iba.

–¿Habló usted con él?

–Muy brevemente.

–¿A qué hora volvió a su casa?

–Al cuarto para las once.

–¿Podría alguien corroborar esa información?

–No.

–¿Ve a los Masterson con frecuencia?

–No. He estado de viaje.

Me miró fijamente. Esta es una investigación por homicidio, señorita Fox. Estamos interrogando a todas las personas que hayan estado en las inmediaciones de la casa de los Masterson entre las diez y media de la noche y las ocho de la mañana. Buscamos evidencias e información de toda índole. Los frenos del automóvil del Sr. Masterson fueron dañados intencionalmente.

–Sí, estoy enterada.

–Hasta ahora son sólo especulaciones, ya que aún no tenemos pruebas, pero es un hecho que el Sr. Masterson tenía muchos enemigos, dada su profesión. Pensamos que quizá usted sabría algo al respecto –levantó una ceja con curiosidad.

Dije no con la cabeza.

–Lo siento. No sé nada.

Después de que se marcharon, me recargué en la puerta, temblando sin control. Me serví un vaso de vino en la cocina y me lo tomé de un trago. Intenté calmarme. Me di un regaderazo y me vi largamente al espejo. Comenzaba a parecerme a mi padre antes de que se trastornara y emprendiera su camino hacia la autodestrucción. Ahí estaba, la misma mirada de abandono y la profunda y terrible soledad que la acompañaba.

Necesitaba mantener la calma y remontar la tormenta, como lo había hecho en la ocasión anterior. Pronto me iría a otra ciudad, en busca de un nuevo trabajo y nuevos amigos. Todo quedaría atrás. Jamás podría olvidar lo que hice, pero sí fingir. Tenía mucha práctica.

Traducción de Lucinda Gutiérrez