Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de octubre de 2009 Num: 761

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Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Edith Wharton,
afortunada y sola

LAURA FALCOFF

Asesinato impune
Joan O'Neill

Una zanahoria
para el desayuno

ROSALEEN LINEHAN

Las veleidades del consenso: Ibargüengoitia, Garibay y Spota
RAÚL OLVERA MIJARES

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Riñón de cerdo para el desconsuelo

El imaginario del joven dramaturgo Alejandro Ricaño parece estar signado por una fascinación por la escritura y los entreveros relacionados con la profesión. Si en Más pequeños que el Guggenheim, obra ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Emilio Carballido 2008, Ricaño retrata despiadadamente las ambiciones de bolsillo de un grupo de diletantes, Riñón de cerdo para el desconsuelo (hermoso título por cierto) supone un homenaje del autor a la figura de Beckett antes que a la obra literaria beckettiana en sí misma. Más aún: Ricaño trenza una ficción en torno al autor irlandés para desarmar, con ligereza y rigor, los engranajes emotivos de la envidia y de los celos, puntualmente los que suelen brotar en quienes confieren a la creación artística la facultad de resanar los vacíos de su ego y de su existencia. Su tesis al respecto es diáfana y franca. Gustave y Marie, una pareja supuestamente recompensada por la fortuna al convertirse de pronto en vecinos del gran Sam, en la antesala de la segunda guerra mundial. De allí a la obsesión de Gustave, un aspirante a escritor empecinado en el reconocimiento, quedan pocos pasos, los naturales para quien en el fondo duda de su propio potencial. Lo que se narra entonces es el periplo apasionado de los dos personajes en pos de las huellas de Beckett, enganchados en el hecho de que Gustave ha robado e intervenido directamente el manuscrito de Esperando a Godot en más de una ocasión, lo que lo reivindica ante sus propios ojos como un escritor auténtico, con la paradoja adicional de que sólo él y Marie conocen a ciencia cierta de ese talento. La pugna entre la satisfacción privada (y en cierto sentido generosa) y la necesidad del reconocimiento público, operan como un conflicto interno estimulante en el personaje masculino.

En ese retablo de la masculinidad como una condición contradictoria y vulnerable –y por ende sumamente franca–, Ricaño encuentra las mayores particularidades de su dramaturgia. Testimonio fidedigno y sin ornamentos de la neurosis del creador, Riñón de cerdo para el desconsuelo demuestra de igual forma al xalapeño como un narrador nato, hábil en la construcción de una trama engranada y congruente que se desenvuelve y progresa sin titubeos. En cambio, hay otros signos que denotan cierta candidez en su zambullida en un universo tan complejo como el del autor irlandés, cuya poética es simplemente referida, señalada, pero cuya afectación al aquí y el ahora de la escena y del contorno de los personajes es meramente testimonial. A ello podría sumarse que si bien su acercamiento a la masculinidad es desde luego verosímil, su aportación a la revisión de dos arquetipos (él, el artista neurótico, ella, la mujer sumisa y dependiente que se conforma con la romantización de su rol de musa) es cuando menos evanescente. El texto oscila entonces entre lo que de la voz personalísima de Ricaño se filtra y cobra dimensión palpable en su discurso y lo que de sus temas y motivos centrales ya se ha dicho muchas veces antes.


Fotos: cortesía del teatro La Capilla

En el montaje que del texto ha realizado Angélica Rogel, que se presenta actualmente en el Teatro La Capilla, puede notarse de igual forma la tensión de los dos ejes ya referidos, trasladados de cierta forma al trabajo de la directora. Por un lado, se notan los rasgos peculiares y logrados que su poética, aun en su juventud, ya se han alcanzado a verificar en escenificaciones anteriores: su tratamiento del espacio, ingenioso y refrescante (en complicidad con la escenógrafa Melissa Varish), pese a que los momentos de estaticidad del dispositivo revelen cierta tendencia a un naturalismo que a veces extraña. También se evidencia su proclividad a la creación de atmósferas referenciales (en este caso, las del París de los cuarenta) sin caer en el lugar común, y su preocupación por un teatro de texto que no obstante su carácter juvenil no se distancie de un tratamiento obcecado de la palabra.

Rogel y sus actores (Omar Medina y Pilar Cerecedo) parecen todavía inmersos en la batalla por insertar sus respectivas visiones particulares en el universo de la obra; con todo, hay elementos (el abismamiento que Cerecedo consigue en el último tercio de la pieza, la histeria que Medina dosifica a lo largo de la puesta) que hacen prever que eventualmente esta particularidad puede lograrse el cien por ciento. El proyecto, que busca dar voz y cuerpo escénico a una generación de teatreros con talento y pujanza, no merecería nada menos.