Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de octubre de 2009 Num: 761

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Edith Wharton,
afortunada y sola

LAURA FALCOFF

Asesinato impune
Joan O'Neill

Una zanahoria
para el desayuno

ROSALEEN LINEHAN

Las veleidades del consenso: Ibargüengoitia, Garibay y Spota
RAÚL OLVERA MIJARES

Leer

Columnas:
Señales en el camino
MARCO ANTONIO CAMPOS

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Verónica Murguía

Autorretratos verbales

Cuando era niña y acompañaba a mi mamá a “prenderse los tubos” al salón de belleza, operación que cayó en desuso por la aparición de la pistola para secarse el pelo, acostumbraba a mirar con atención suprema las revistas que leían las señoras. Había una en especial, que me hipnotizaba por su estrafalaria catadura: la fotonovela Rutas de pasión. En dicha publicación, las trilladas historias de amor (la muchacha pobre que se enamoraba de un júnior rico que no se fijaba en ella, etcétera) eran protagonizadas por actores infames que adolecían de una incapacidad insólita para hacer caras convincentes.

Esta pequeña dificultad se superaba con ayuda de tinta blanca con la que se retocaban las fotos: se dibujaban lágrimas en los cachetes, líneas onduladas que aureolaban la cabeza en caso de enojo, y para que no hubiera duda, signos de admiración cuando se suscitaba una sorpresa. Pero no era la fotonovela lo que más me atraía, sino los anuncios personales que venían en una sección especial al final de la revista. Generalmente los anunciantes eran en su mayoría señoras y señoritas de las más variadas edades que, después de autorretratarse sucintamente, describían con más ingenuidad que imaginación el tipo de relación que andaban buscando.

“Señorita madura, morena clara, de buen ver aunque un poco gordita, busca señor serio para relación estable y posible matrimonio. Mandar foto”, por ejemplo. Ya desde entonces yo tenía pasión por la letra escrita y me preguntaba por qué la interesada no se pintaba, sin mentir, bajo una luz más favorable, quizás: “Señorita madura pero no pasada, de buen ver y con habilidades increíbles en la cocina, busca señor con quien compartir tardes comiendo flan de coco hecho según receta secreta. Mandar foto.”


Albert Camus

Más tarde mi hermano se hizo de una colección regular de Playboy. Las señoritas encueradas que allí salían se describían generalmente con estas palabras: “Romántica, ingenua, busco a un hombre serio con quien compartir caminatas a la luz de la luna. Soy una mujer que ama a su familia [ y aquí me imaginaba al papá de la encuerada mirando a su hija como la parió su madre, rojo como un betabel y furioso ] y me encantan los niños.” Me parecía sorprendente cómo la playmate del mes se veía a sí misma como la señorita de edad madura, palabras más, palabras menos. Que se autoproclamara ingenua mientras posaba de forma que revelaba mucha experiencia, digamos, era un poco raro, pero cosas más extrañas hay en el mundo.

Ya de adulta he pasado horas muy amenas leyendo los anuncios personales de muchas publicaciones, algunos tal vez demasiado explícitos, todos, me temo, llenos de un optimismo injustificable: “Mujer blanca [ desgraciadamente todavía es importante decir el color, por si se cuela algún Ku Klux Klan en demanda de una cuija] busca compañero con increíble potencia sexual. No quedará desilusionado: tengo un cuerpazo y soy sumamente atractiva. No quiero relaciones estables porque poseo un espíritu aventurero. Mandar foto . ” Increíble y de un mal gusto que obliga a la comparación con la gordita que buscaba matrimonio.

Gracias a estas lecturas me quedó un entusiasmo enorme por los autorretratos escritos. Cuando se trata de un escritor bueno, revelan tesituras morales que son muy difíciles de formular: Albert Camus decía de sí mismo: “A veces veo al hombre como una injusticia en marcha: estoy pensando en mí ”; durísima autocrítica de un hombre de una lucidez sin veladuras, que en el prólogo a la reedición de sus primeros ensayos hace un examen de conciencia tan crudo, que el lector queda patidifuso. No sé si se deba a que el escritor hace de lo humano la materia de su estudio, o porque no se puede hacer buena literatura si uno cae en la, no por común menos idiota, idealización de sí mismo, pero los autorretratos de escritores son, cuando buenos, como el relámpago de magnesio de los fotógrafos de antes: una centella en la conciencia. Mi favorito es quizás este de Cyril Connolly, en La tumba sin sosiego: “Cuando pienso en aquello que creo, que reviso comparándolo con aquello en lo que no creo, me siento en una minoría de uno –aunque sé que hay miles como yo: liberales que no creen en el progreso, demócratas que desprecian a sus congéneres, paganos que deben vivir con la moral cristiana, intelectuales que consideran insuficiente la razón, materialistas insatisfechos, tan comunes y corrientes como el barro.”