Opinión
Ver día anteriorLunes 5 de octubre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El cambio de piel de la FNCA
Carlos Fazio
C

uando en septiembre pasado el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, anunció su decisión de prolongar un año más el bloqueo económico, comercial y financiero a Cuba, estaba dando continuidad a una política instrumentada por 10 sucesivas administraciones de la Casa Blanca, rechazada de manera masiva por la comunidad internacional. La determinación de Obama marcó un paso atrás en medidas anteriores como suprimir las restricciones a los viajes y las remesas de cubanoestadunidenses a la isla, e incluso en su aprobación para dejar sin efecto la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos. Al hacerlo, Obama cedió a las presiones de los halcones de Washington y de los integrantes del complejo militar industrial.

Es obvio que, tratándose de Cuba, detrás de las campañas de desprestigio urdidas por el Partido Republicano y la ultraderecha estadunidense, que atribuyen un supuesto socialismo al inquilino de la Casa Blanca, también se alinea la contrarrevolución anticastrista de Miami. En particular, la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA).

El golpeteo contra Obama tiene como objetivo tratar de incidir en el diseño de la nueva política hacia la isla. En ese contexto, y de cara a los nuevos aires de cambio, la FNCA está inmersa en una renovación de imagen. Es decir, trata de dejar atrás su pasado como organización paramilitar terrorista bajo el paraguas de la Agencia Central de Inteligencia y al servicio de las guerras sucias del Pentágono en el orbe, para reconvertirse en un organismo conciliador y humanista.

El intento de cambio de fachada de la fundación, viejo satélite de inteligencia de Washington desde los años de la guerra fría, fue expuesto en una larga entrevista concedida por su presidente, Francisco José Pepe Hernández, a la periodista Laura Wides-Muñoz, de la agencia de prensa estadunidense Ap. Allí, Hernández se ufana de que Obama anuló las restricciones a los viajes de los cubanoestadunidenses a Cuba por recomendación de la FNCA. Y ya en carrera, afirmó que él y su amigo Luis Posada Carriles no son terroristas.

Admitió, sí, que siempre quiso derrocar al gobierno cubano, pero no aterrorizar al pueblo de Cuba. Y allí mintió sin pudor. Su largo historial de guerrero sucio y encubierto de la CIA está documentado. Con un agregado: su conversión, ahora, a los métodos pacíficos se debe a que no es que no le gustaría, dijo, recurrir a la violencia terrorista contra Cuba, sino que, como soy inteligente y tengo mucha experiencia en estas cosas, sé que no es posible, y que es contraproducente en estos momentos porque el pueblo cubano no lo quiere y no tenemos suficientes recursos.

En definitiva, pues, ¿cuál es el cambio? Es sólo cuestión de… recursos. La estrategia de la fundación en la etapa constituye una operación contrarrevolucionaria de nuevo tipo, con un marcado perfil injerencista y anexionista, con base en acciones de aislamiento y propaganda a través de medios de difusión masiva de Miami y los llamados periodistas independientes con apoyo de las ONG humanitarias.

Cabe consignar que desde su fundación, la FNCA ha desplegado una combinación de métodos que incluyen acciones terroristas y un fuerte lobby en el Congreso estadunidense para imponer sanciones criminales contra la isla en el contexto de una política de presiones y chantajes sobre los gobiernos que comerciaban con Cuba. También impulsó acciones de desobediencia civil y generó crisis internas cuyo objetivo eran derrocar al gobierno de La Habana.

El historial de la fundación y el de Pepe Hernández –nuevo asesor de Obama– incluye el financiamiento y acompañamiento de medidas intervencionistas y extraterritoriales, vía las leyes Torricelli y Helms-Burton, que han buscado, sin éxito, provocar la caída de la revolución a través del hambre del pueblo cubano. Acciones injerencistas que no responden, precisamente, a métodos pacíficos, a lo que se suma la actividad de Radio y Tv Martí, dirigida a alentar sabotajes e incitar una sublevación interna en la isla, así como la migración ilegal de ciudadanos cubanos para inducir un incidente bilateral entre La Habana y Washington como coartada para una invasión estadunidense.

No es ningún secreto que en la actualidad la FNCA destina cuantiosos recursos a erosionar los programas de solidaridad de Cuba como, por ejemplo, Barrio Adentro, en Venezuela. Parte de ese presupuesto proviene de los bolsillos millonarios de la elite empresarial que conforma la cúpula directiva de la organización, que en 2007 superaba los 300 mil dólares. Parte de ese dinero está dirigido a promover la deserción de médicos cubanos, aunque la mayor parte sirve para blindar a los grupúsculos contrarrevolucionarios en la isla, incluidas las llamadas damas de blanco, que han reconocido públicamente que no se avergüenzan de recibir financiamiento de la contrarrevolución de Miami.

Parece claro que no es en la Fundación Nacional Cubano Americana donde el Instituto Brookings –del cual proviene el actual embajador estadunidense en México, Carlos Pascual– podrá encontrar la legitimación para sus propuestas a Barack Obama.

La flexibilización de la FNCA y su capo Pepe Hernández no es tal. No forma parte de una voluntad política de cambio, sino que les ha sido impuesta por la evolución que ha tenido la comunidad cubanoestadunidense de Miami, a pesar de los esfuerzos que durante más de 30 años desplegó la fundación para que prevalecieran las posiciones más recalcitrantes.

Confiar en un cambio de los dirigentes de la FNCA parece irreal, por lo que convocarla a participar en los debates sobre la formulación de las políticas hacia Cuba no sólo es infantil, sino un grave error. Pero claro, en definitiva, todo eso tiene que ver con el enigma de los dos Obamas.