Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de octubre de 2009 Num: 762

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Portbou
JORGE VALDÉS DÍAZ-VÉLEZ

Dos poemas
LUKÁS THEODORAKÓPOULOS

Espacio eclipsado
PORFIRIO MIGUEL HERNÁNDEZ CABRERA

El origen de las especies
ROSA BELTRÁN

El placer de la actuación
RICARDO YÁÑEZ entrevista con ANA OFELIA MURGUÍA

La resistencia estética: las desaparecidas de Ciudad Juárez y Chihuahua
INGRID SUCKAER

Historia de una ecuación
RICARDO BADA

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
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Enrique López Aguilar
alapiz@hotmail.com

En recuerdo de César Rodríguez Chicharro (II DE III)

Este 2009 don César cumpliría setenta y nueve años, pero cumple veinticinco de haber partido hacia navegaciones donde lo llevó su frágil corazón, frase que ya le estaría dando risa, pues su desdén por la cursilería no le haría pasar desapercibido que “corazón” y “fragilidad” son palabras de difícil vecindad. Al analizar poesía decimonónica frente a sus alumnos, destacaba expresiones como “acerco mi tembloroso labio a tu labio” antes de concluir: “¡Joder! Se tratará de dos personas con labio leporino, o de dos acróbatas, porque eso de juntar las bocas logran do que sólo coincida un labio en el beso…”, de manera que el singulativo romántico era un irremediable momento de socarronería cada vez que se abordaba alguna formulación verbal como la que sigue, de Rodríguez Galván, en “La profecía de Guatimoc”: “Yo temblé de gozo, sonrió mi labio y se aclaró mi frente…”

Al comentar en clase el poema mencionado y para ayudar a entender la aparición del héroe náhuatl en el bosque de Chapultepec, Chicharro proponía como única explica ción verosímil que el espectro de Cuauhtémoc debía levi tar como a un metro de altura por encima del locutor poético para que éste pudiera describir su visión, pues le parecía absurdo que alguien apreciara el estado de las plantas de los pies en otra persona si ésta se encontraba parada sobre el piso: “¡Qué horror! Entre las nieblas se descubren/ llenas de sangre sus tostadas plantas/ en carbón convertidas; aún se mira/ bajo sus pies brillar la viva lumbre.”

Las bromas no eran frivolidad interpretativa ni falta de rigor en los análisis literarios de Rodríguez Chicharro. Para muestra de su seriedad –incluso agobiante, opuesta a algunas de sus actividades en clase–, ahí están sus ensayos cer vantinos y sobre literatura mexicana, su amplio trabajo acerca de la novela indigenista, así como su reflexión acerca de Alfonso Reyes y la generación del Ateneo de la Juventud , trabajos donde Chicharro dejó constancia de sus preocupaciones literarias: el Quijote , la literatura mexicana de los siglos XIX y XX, y el Modernismo.


Ilustración de Gustavo Doré

Esas no eran sus únicas inquietudes: alguna tarde de clases, alrededor de 1977, llevó al salón de una ya imposible Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM, donde impartía la materia de Literatura mexicana II, los dos tomos de las Poesías completas, de Emilio Prados, publicados por la Editorial Aguilar y preparados por Carlos Blanco Aguinaga, que él acababa de adquirir; habló de la calidad del poeta y recomendó muy enfáticamente su lectura a los alumnos a los que desasnaba (incluido quien esto escribe): “Le voy a pre sentar a un escritor que, por supuesto, usted no conoce”, decía con sorna y una sonrisa afectuosa. Y también pasaba al revés, pues estaba dispuesto a aceptar “enseñanzas” de sus alumnos, como una tarde –ese mismo año– en la que José Luis Arcelus y yo lo sacamos de su flamante cubículo para llevarlo al coche, en el que habíamos llegado a la Facultad , para compartir el asombro (desde la ya desaparecida xela ) de una pasmosa experiencia musical: la Sinfonía 11, de Shostakovich.

El cervantista Rodríguez Chicharro detestaba el engolamiento de quienes se ostentaban como cervantistas oficiales, epígonos de un oficialismo literario. Alguna vez comentó el caso de una alumna que presentó un análisis de crítica “psicologista”, en una tesis de licenciatura, alrededor del episodio de la Cueva de Montesinos, del Quijote (II, XXII-XXIII). Contaba que la disertación se fundaba en comparar la entrada de la cueva con los labios mayores y menores de una vagina; el camino hacia adentro, con el conducto vaginal; y el recinto de la cueva, con el útero: el descenso de don Quijote hacia la cueva era, según eso, una vuelta hacia el vientre materno. Desde la tesis y durante la disertación quedó claro que “cambroneras y cabrahígos […], zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren [a la cueva]” eran la descripción del vello púbico femenino; perplejo, divertido y escéptico, Chicharro preguntó a la sustentante: “desde esa perspectiva interpretativa, ¿qué serían la “infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos […]” así como los “cuervos [y] otras aves noturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron […]”? La licenciante, azorada y sorprendida por la pregunta, dijo no tener respuesta. Socarrón, el cervantista Chicharro adujo, sin preocuparse por expresar algo políticamente incorrecto: “Pues han de ser las ladillas de la mujer, asustadas de que le rasuren el pubis”.

(Continuará)