Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de octubre de 2009 Num: 762

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Portbou
JORGE VALDÉS DÍAZ-VÉLEZ

Dos poemas
LUKÁS THEODORAKÓPOULOS

Espacio eclipsado
PORFIRIO MIGUEL HERNÁNDEZ CABRERA

El origen de las especies
ROSA BELTRÁN

El placer de la actuación
RICARDO YÁÑEZ entrevista con ANA OFELIA MURGUÍA

La resistencia estética: las desaparecidas de Ciudad Juárez y Chihuahua
INGRID SUCKAER

Historia de una ecuación
RICARDO BADA

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


Jorge Reyes en el Espacio Escultórico, 20 de octubre de 2004. Foto: Marco Peláez/ archivo La Jornada

Espacio eclipsado

Porfirio Miguel Hernández Cabrera

Para mi hermano José Antonio

Desde las once de la mañana empiezan a llegar. Unos se forman y muestran su boleto en la entrada; la larga fila casi llega hasta Insurgentes. Otros se meten en la hilera con gran sigilo y mucha experiencia. Adentro, en la senda que conduce al gran círculo de piedra volcánica, los ven dedores –en un tono entre comercial y de ins­pector de salud– se dirigen a los visitantes: “¿Ya tienen sus filtros?”, mostrándolos en un extenso aba­nico de presentaciones y marcas.

Las ansias por ganar una rampa se vienen abajo, todas están ocupadas por jóvenes y muchachas que, más modestamente que los científicos, se han apostado en la punta de los bloques triangulares de concreto para improvisar un rudimentario pero efectivo observatorio, desde el cual se puede contemplar totalmente el Espacio Escultórico y, más allá, la zona ecológica de Ciudad Universitaria, los edificios de las zonas urbanas o el Ajusco y las serranías que circundan al Distrito Federal.

Los boletos marcan las 12 horas como inicio del concierto El sol negro, de Jorge Reyes –fusión de sonidos prehispánicos y música de sintetizadores programados, pero pasa de la hora y el espectáculo todavía no comienza. Arriba, en el firmamento, el gran eclipse total de Sol, en los últimos días más difundido y esperado, ya empezó. Pero las nubes eclipsan el eclipse y los filtros solares siguen guardados . El público se impacienta y empieza a corear: “¡Jorge, Jorge!”; éste explica que debido a la falta de facilidades se vio obligado a realizar los preparativos técnicos en ese momento. Mientras tanto, tocará la Banda Renacimiento , de Oaxaca, la cual se abre paso entre la gran cantidad de gente que se halla sentada sobre el suelo escabroso, para ubicarse en un punto del pasillo de arcilla en forma de circunferencia. Desde los primeros acordes de “Dios nunca muere”, la alegría de los universitarios se desborda en gritos y aplausos, y se dejan oír voces de “¡Arriba Oaxaca!” Después siguen “La marcha de Zacatecas” y otras melodías .

La gente sigue llegando y el espacio es ocupado por todas partes. Los universitarios acuden en grupi­tos; unos se sientan en el pasillo, y los más osados brincan para bajar y estar cerca del entarimado donde Jorge Reyes se encuentra colocando sus instrumentos y atizando con soplidos las vasijas de copal. Los recién llegados tapan la visibilidad de los que arribaron temprano, quienes gritan: “¡No, no!”, “¡No nos dejan ver!”, ante lo cual los primeros tienen que levantarse y buscar un lugar más propicio. Arriba, en el cielo, el espacio sobra.

El público espera con ansia la llegada de la fase total del eclipse. Sentados sobre las rocas, niños y viejos, pero sobre todo jóvenes, leen o conversan, escuchan o tararean la música de la banda, y ven a Reyes disponiendo todo para el ritual. De vez en vez algunos sacan sus filtros y, siguiendo las instrucciones de ponerlos ante la vista antes de mirar hacia arriba y buscar el Sol, comprueban, con decepción, que no se ve absolutamente nada: las nubes eclipsan el eclipse. Conforme a lo previsto por los astrónomos, una tenue brisa comienza a caer sobre las cabezas y los brazos de los asistentes, es la primera manifestación de lo vaticinado. La expectación crece y la banda sigue tocando; la gente continúa entrando y se ubica donde puede.

A un costado del círculo volcánico, dos puestos venden playeras y gorras con logos alusivos al suceso: “Eclipse de México 1991.” En el año palindrómico, en el Ombligo de la Luna , se apreciará la espo­rádica cópula entre el Sol y la Luna. Los cuerpos celestes están de moda, han dejado de permanecer eclipsados por la ansiedad cotidiana de la vertiginosa vida citadina de los terrícolas, esos seres preocupados por conseguir el pan de cada día, por alcanzar los proyectos, los anhelos. Terrícolas eclipsados por la pesadumbre de existir sin asumir el peso de la conciencia de la existencia. Terrícolas que, como hormigas o cigarras, trabajando o parrandeando, hacen un alto en el camino para ser testigos de un fenómeno inusitado. Terrícolas universitarios que, como los terrícolas que se dieron cita en Teotihuacan, el Zócalo, el Museo de Antropología, Xochicalco, Monte Albán y otros lugares, se han reunido para mirar de frente el escarceo amoroso entre los astros protectores de la Tierra. “Di no a Televisa” dijeron los universitarios. En los noventa, negarse a mirar la televisión es un acto subversivo. La conciencia universitaria se impuso, el saber científico y artístico se alzaron contra la propagación mediática del miedo a ver directamente lo que pocos tienen oportunidad de ver.

Pasadas las 13 horas da inicio el rito, Jorge Reyes comienza a hacer vibrar sus instrumentos para que revelen sus secretos sonidos. El músico chamán viste un atuendo multicolor en el que predominan los morados, azules y verdes. Debajo lleva puesta una sudadera de un intenso color rojo y, amarrada a la cintura, una gruesa cinta del mismo tono. Juan Carlos López, en las percusiones, hace lo propio; su indumentaria moderna –pantalón negro y camisa blanca con estampados etno– contrasta con la de Reyes.

La música penetra por los oídos y el cuerpo entero de los espectadores. La resonancia de las ollas, los cántaros y los tambores se mezcla con el sonido ancestral de las conchas y caparazones, de las flautas y ocarinas, de las sonajas, el palo de lluvia y los teponaztles; el compás de los sintetizadores se conjuga con el tloque nahuaque, el ritmo de la voz y del cuerpo de Reyes, emanado del palmoteo en sus piernas, brazos y pecho. Efluvios musicales que se integran a la atmósfera mística en el momento en que el Jaguar devora lentamente al Gran Tonatiuh. Los sonidos prehispánicos fluyen y cada uno se prepara interiormente para el fenómeno que sobreviene. Expectación. Las veladoras encendidas alrededor del escenario apenas se distinguen.


Jorge Reyes en concierto en el Espacio Escultórico, 20 de octubre de 2004. Foto: Yazmín Ortega Cortés/ archivo La Jornada

Arriba, por momentos, las nubes dejan ver lo que sucede. Meztli y Tonatiuh disfrutan de su apacible encuentro. Los filtros entran en escena y somos testigos de cómo la Luna se traga lentamente al Sol. “Con este se ve mejor.” “Míralo con el filtro.” “No te claves, recuerda que sólo son diez segundos.” Voces que se escuchan entre la multitud y se pierden en la potencia del sonido espiritual de la música de Reyes y López. La gente se bambolea al compás de las notas. Las volutas del incienso comienzan a salir y se expanden primero por todo el círculo de iniciados, su aroma a limón refresca el ambiente; luego se alzan para hacer compañía a las nubes grises y blancas que se reparten pedazos de la gran bóveda celeste.

Abajo, todo se hace nítido. Una luz ambarina, combinación de los fluidos luminosos plateados y dorados, cubre las cosas sobre la Tierra. Los cuerpos de los terrícolas toman otros matices. La refracción de las luces y sombras comienza a surtir efectos mágicos: la euforia inexplicable viene en aumento; en lo interior se quiere ser otro (¿se puede ser otro?), o el mismo, pero de diferente manera.

Los anteojos se retiran de la cara para cerciorarse de viva mirada del color que los objetos y las personas adquieren. Las madres y los padres, con sus hijos e hijas abrazados, sacan hojas de papel blanco de sus morrales y bolsas, y les hacen orificios por los cuales se proyecta en la superficie terrestre el juego cósmico entre la Luna y el Sol. Los rayos celestes traspasan también los talones de cheques en los que se pone en práctica ese método sencillo, pero seguro, para ver indirectamente el eclipse. Algunos utilizan el programa de mano donde se lee: “El concierto El sol negro en el Espacio Escultórico es para vivenciar este extraño acontecimiento”, y en realidad la vivencia es extraña. Poco a poco la noche sigue al día. En escasos minutos llega el atardecer y luego la oscuridad se adueña de ese espacio de la Tierra. Las veladoras del escenario resplandecen, las luces se encienden. La antena de la azotea de la Biblioteca de la Universidad Nacional es engañada y, por un lapso de siete minutos, la luz roja señalizadora de la punta permanece encendida.

El cuero se pone chinito, más que por el frío de la noche-día, por la emoción de presenciar un prodigio extraordinario. La noche avanza. A las 13:24 en punto, tal como lo predijeron los astrónomos, la Luna se interpone totalmente entre el Sol y la Tierra. Entonces los gritos de júbilo estallan, los universitarios echan porras. Los aplausos suenan por todo el Espacio Escultórico. Ahora se puede ver directamente a la Luna encima del Sol. Los filtros se guardan y la corona solar se manifiesta más imponente y espectacular que en las fotografías y las imágenes de video. “¡Qué bueno que vine!”, dice la voz interior. Los rayos de luz que escapan alrededor de la Luna dan cuenta, en efecto, del Sol negro: “¡Mira la corona solar, ahora puedes mirarla directamente!”, “¡Vela, vela!”. Y las caras voltean hacia arriba, sin miedo, seguras.

Como en las remotas épocas prehispánicas en las que los antiguos pobladores gritaban al cielo y golpeaban sus cazuelas de barro para ayudar al Sol en su lucha contra el Jaguar-Luna, los universitarios aúllan como perros de Tamayo en épocas de postmodernidad, con una carga de emoción casi irracional que los hermana con los animales que, desconcertados, durante el eclipse pasaron repentinamente de la vigilia al sueño; le gritan a la Luna , pero también al Sol y a los pequeños puntos anaranjados que, como crías ins­tantáneas producto de la cópula celeste, sobresalen entre las llamas incandescentes de la corona solar.

Y la noche se hizo. Una noche rara, mitad crepúsculo mitad amanecer. En el firmamento los espacios de luz y sombra se juntan, y las nubes adquieren tonalidades violeta; aparecen las estrellas, los luceros de la mañana y de la tarde: ¿Venus?, ¿Júpiter?, ¿Marte?, quién sabe, sólo los astrónomos con sus potentes telescopios y equipo, videograbando, fotografiando, registrando datos para después razonarlos, pero también llorando de emoción.

En esa noche de siete minutos, los terrícolas encienden velas a uno y otro lado del Espacio Escultórico; se ponen de pie sobre la lava petrificada, llorando, abrazándo a los otros o a sí mismos; imitando, las parejas, al Sol y a la Luna en un grandioso y breve beso; y alzando los brazos al cielo, ofrendando las palmas de las manos para ser tocados aunque sea un poco por las centellas cósmicas emanadas del contacto entre los astros. Los rayos de luz-sombra bañan por unos minutos a los terrícolas y los limpian de las impurezas terrenales, de los miedos, frustraciones, rencores. El “borrón y cuenta nueva” parece ser la consigna colectiva ante la conciencia de la corta vida humana que, por efímera, se desea plena y feliz.

Y así como llegó, se fue la oscuridad y volvió la luz. La temperatura corporal aumentó y la sensación de ser parte del universo se tornó en convicción.

Arriba, la fase total del eclipse ha terminado, aunque la Luna no acaba de despedirse del Sol. Abajo, los terrícolas quieren seguir alimentando su experiencia con el arte de Jorge Reyes quien, exhausto, emocionado, se dirige al público: “Pido un aplauso para todos los aquí presentes”, y la ovación no se hace esperar. “Esta ha sido una experiencia…uuufff…no tengo palabras para expresarlo”, agrega, y la euforia vuelve a manifestarse. Cuando Reyes se despide, la gente protesta: “¡Tócate otra Jorge!”, “¡Otra, otra!”, “¡Jorge, Jorge!” El músico chamán, solícito, complace a sus escuchas y comienza a tocar una pieza ya clásica en su repertorio: “A la izquierda del colibrí.”

El eclipse y la música hermanaron por escasos siete minutos a los terrícolas. Se practicó una confraternidad sin palabras, alimentada sólo por las vibraciones cósmicas, colectivas y musicales emanadas del acto de ser testigos y cómplices de un evento irrepetible en nuestras vidas, que tuvo lugar en una breve noche del mediodía del jueves 11 de julio de 1991 en el Espacio Escultórico, en Ciudad Universitaria, en México DF, en la República Mexicana, en el continente americano, en el planeta Tierra, en el Sistema Solar, en la Vía Láctea , en el Universo, en…