Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de octubre de 2009 Num: 764

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El tono de la vida
ERNESTO DE LA PEÑA

Dos poemas
THANASIS KOSTAVARAS

Nicanor Parra: “Ya no hay tiempo para el ajedrez”
JOSÉ ÁNGEL LEYVA

Brandes y Nietszche: un diálogo en la cima
AUGUSTO ISLA

Treinta años de danza mexicana
MANUEL STEPHENS

Maestro Víctor Sandoval
JUAN GELMAN

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Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

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Cabezalcubo
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Foto: cortesía del autor

Nicanor Parra: “Ya no hay tiempo para el ajedrez”

José Ángel Leyva

Ir a Las Cruces muy temprano en busca del antipoeta de noventa y cinco años era una obsesión más que un capricho. Por amigos sabía que en noviembre del año pasado, 2008, varios escritores asistentes al festival Chile Poesía fueron al balneario a visitar la tumba de Vicente Huidobro. Al organizador del encuentro se le ocurrió llamarle a Nicanor Parra y decirle : “Nica, ando aquí en Las Cruces con algunos nadaístas colombianos que te quieren saludar.” Cuando abrió la puerta el anfitrión se sorprendió de hallar a los nadaístas en una sola persona muy sonriente, Jotamario Arbeláez, y a una cuadrilla de quince poetas de diversas nacionalidades. Desconozco la crónica del suceso, pero narran que preguntó por cada uno de los miembros del movimiento nadaísta, incluso de su creador, Gonzalo Arango, muerto hace ya treinta y tres años, como si se tratase de jóvenes rebeldes en activo. “Qué viejo tan divino, estaba fresco y lúcido como un sardino (joven)”, me contó alguna vez Arbeláez.

Los montes de Santiago permanecieron nevados y la niebla o el neblumo, que dicen los cubre casi todo el año, se fugó ante la solvencia de un sol que le puso cara alegre a mi estadía laboral, nada literaria. Sólo una tarde y un día libres para conocer un poco la ciudad y degustar los vinos chilenos, en particular la cepa Carmenere que se extinguió en el siglo XIX, en las regiones de Medoc y Graves, en Burdeos, Francia, redescubierta en 1994 y cultivada de manera exclusiva en tierras chilenas. Con los poetas José María Memet y Mauricio Barrientos recorrimos algunos restaurantes y bares donde esa uva se mezcló con las conversaciones sobre la poesía de su país y la de México, a la que ambos conocen bien. Arribamos a la mesa de dos ajedrecistas, el reconocido campeón Eduardo Bombardiere y Carlos Cantuarias. Hablamos de todo, menos de ajedrez. Luego de preguntarme por el mexicano Marcel Sisniega, de quien sólo pude informar que mudó el juego de mesa o el deporte mental por el cine, Bombardiere me interrogó: “¿Qué vas a hacer mañana antes de volar a México?” “Si Memet no me cambia la jugada, buscar a Nicanor Parra”, respondí vehemente. Carlos no sólo pagó la cuenta, ofreció llevarnos en la camioneta de su novia hasta Las Cruces.

Por la mañana, muy puntuales, estaban en el hotel Carlos y Susan Heimlich, muy abrigados porque Santiago estaba envuelta en la niebla y el frío invernal de junio. Memet llegó más tarde y celebramos con pesar la ausencia de Barrientos, porque la camioneta era de sólo cuatro plazas. San Antonio es un puerto de pescadores y a su lado está el balneario de Las Cruces. Desde la casa del antipoeta se ve la breve bahía poblada de casas pintadas con colores cálidos y el oleaje feroz del Pacífico; sobre todo esa mañana que apareció melancólica, lluviosa, fría.

Nicanor abrió la puerta de su hogar con una libreta y un lápiz en la mano. Con excepción de Memet, los demás esperamos en el vehículo y alcanzamos a escuchar: “José María, estoy muy ocupado, tengo un grupo de personas trabajando en mi casa.” “Nica, traigo un poeta mexicano que desea saludarte, te quitaremos poco tiempo.” “Ah, bueno, déjame entonces buscar un lugar donde recibirlos.” No era un hombre de noventa y cinco años de edad quien hablaba y se movía sobre sus botas de obrero, con fuerza y elasticidad. Parecía un pescador o un boxeador con su gorra crema, camisola rosa y pantalones rojos. Me extendió la mano y soltó las primeras frases: “Corrupción sustentable, venceremos. ¿Ustedes saben mucho de eso? Nosotros también.”

Nos invitó a entrar. Era un pequeño cuarto de madera desde donde se mira el mar a través de unas ventanas minúsculas. Nos acomodamos en un catre y unas sillas humildes. Salió unos instantes y regresó con una botella de vino abierta. Supuse que había despedido a sus visitas porque se escucharon voces en el exterior. Como él permanecía de pie nos levantamos todos de nuestros lugares y comenzó una danza de movimientos y palabras en aquel espacio donde además de libros selectos y esparcidos había un triciclo de carga. La acidez de los Carmenere de la noche anterior me impidió saborear a placer la copa de Parra. Sus ojos curiosos y saltarines se fijaban en alguno de nosotros y lanzaba artefactos verbales o pequeñas anécdotas. Yo quise hablarle de los hermanos Revueltas y la comparación que Neruda hizo con los Parra de Chile, en Confieso que he vivido. Pero él ya estaba quejándose de una película que le habían hecho con cámara oculta en su propia casa. No sabía cómo demandarlos, veía una y otra vez el filme para argumentar la invasión en su privacidad, donde “Parra no es Parra, al menos no el que la gente conoce”, y soltaba la carcajada. “Uno debe cuidar su prestigio y su imagen”, decía buscando complicidad en las miradas.

“Por cierto ¿conoce usted a Mario Cendejas? Un mexicano al que me encontré hace varios años en un festival de escritores en Santiago. Es el único escritor que me ha robado cámara, y conmigo a todas las celebridades que me acompañaban en la mesa; tremendos figurones. A todos nos desdibujó.” Contesté negativamente. Se frotó la barba a medio crecer y corrigió. “ No, pienso que no se llamaba Mario, era Alfredo o algo así, pero lo conocían por ese nombre y otro apellido.” Pensé en Mario Santiago Papasquiaro y él asintió con una sonrisa triunfal. José Alfredo Zendejas Pineda, quien cambió su nombre por el del pueblo donde nació la familia del escritor José Revueltas, motivado por la amistad y la admiración que le tenía a éste. Le informé que había muerto atropellado en 1998.

“¿Fue su decisión o un accidente?”, cuestionó Parra, a ntes de elevar las manos en actitud histriónica y hacer la voz aguda. “Él estaba allí medio dormido cuando comenzó la ceremonia y los discursos. Se levantó de su asiento cronómetro en mano y gritó, pido un minuto de silencio por la muerte del escritor X, sólo un minuto... Nadie sabía quién era el difunto, pero respetuosamente se guardó silencio. Volvimos al programa y cuando iba a continuar otra participación se levantó y gritó, pido dos minutos de silencio por fulano de tal, gloria universal de las letras. Una vez más nadie supo identificar al difunto y guardamos silencio. La tercera vez, cronómetro en mano, pidió cinco minutos de silencio por otro anónimo trascendente. Entre murmullos e inconformidades se accedió a su petición. Vino la cuarta vez con siete minutos y algunos accedieron pensando que era la última. Pero hubo una quinta vez y ya nadie le hizo caso, no obstante que gritaba que sólo eran diez minutos de silencio, cronómetro en mano. Fue un gran performance; nos opacó a todos.”

Su hija Colombina, acompañada de un adolescente (nieto de Parra), irrumpió en el cuarto para llevarse algo del triciclo estacionado en el cuarto. Saludaron de prisa y se fueron seguidos de Nicanor. En un minuto el antipoeta estaba con nosotros de vuelta. Mientras servía vino en las copas, trajo de la mano de Mario Santiago Papasquiaro a Roberto Bolaño. “¿Qué piensan de Bolaño, creen que es el nuevo Cervantes? Colombina opina que ya no debemos leer otra cosa que no sea Bolaño, ¿qué piensan los mexicanos?, ¿lo han leído ustedes?” interrogaba con evidente sarcasmo. Y agregaba “¿Es cierto que es el fenómeno literario del siglo?”

Carlos y Susan contestaron que tanto como Cervantes no, pero les resultaba muy interesante. Además, por esos días, asistían a un curso sobre El Quijote. “¿Y usted Nicanor, relee a Cervantes?” le preguntó Carlos. “No, qué va, mi tiempo está dedicado a Shakespeare. Yo sólo leo El Quijote de Parra, porque el de Cervantes, el de Fernández de Avellaneda y el de Borges me parecen a bu rri díiii si mos.” Soltó de memoria varias estrofas de su Quijote en verso. Para terminar diciendo “por ahí va la cosa”.

No sé cómo apareció en la conversación el nombre de Chico Molina. Ese personaje chileno que el antipoeta cuenta que se paraba en cualquier sitio y se presentaba, “soy aristócrata, poeta y de buena presencia.” Le llamaban Chico porque era corto de estatura, pero su verdadero nombre era Eduardo Molina Ventura, nacido en 1913. Hizo estudios de medicina durante tres años, hizo cuatro de leyes y dos de filosofía, pero no se tituló de nada. El Chico Molina es descrito en el libro Animales literarios de Chile, de Enrique Lafourcade, como un lector enloquecido: “Orgulloso como Carlos v . Inteligente como satanás. Señorial y palaciego. ‘Anti roto'. Ranacentista y raído. Partidario de las viejas familias, ‘de gente como nosotros.'” Parra lo recuerda en diversos momentos de su vida como un gran conversador y amenizador que tenía fórmulas para no perder la figura. Pero era un peligro para la economía de los colegas. Recuerda que alguna vez, ya siendo un hombre de cierta edad, se le apareció en su casa y estuvieron charlando hasta tarde con otros amigos. Todos se fueron menos él, y le dijo, “Nicanor, ya me se fue la micro, pero con un sofá y una frazada tengo, tampoco soy tan aristócrata.” Después del segundo día que Chico permaneció allí esperando a que se resurtiera la despensa, Parra le dijo, “estás en tu casa, viajo durante una semana.” El poeta Molina se fue de inmediato a buscar otro hogar temporal donde reconocieran su abolengo. Parra afirma que era un genio porque escribió mucho y bueno, pero nadie vio un libro publicado porque lo hacía con numerosos seudónimos. José María Memet me contaba días después que Chico Molina es un mito de la sabiduría y el ingenio. Hubo incluso una organización o club de escritores denominada Amigos de Molina –entre quienes figuran nombres como Jorge Teillier, Luis Sánchez Latorre (Filebo), Altenor Guerrero, entre otros–, dedicada a estudiar y a engrandecer la memoria de quien fuese compañero de tertulias de Vicente Huidobro.

Carlos quería saber más de otras cosas y le preguntó por Derrida y por el ajedrez, que el poeta jugó durante años. Pero él volvió al tema de la película y a la estrategia de la demanda. “La he visto una y otra vez y confieso que me comienza a gustar porque me veo ya no como el poeta Parra, sino como el hermano de Violeta Parra, porque eso soy, el hermano de Violeta.” Ante la insistencia de Cantuarias por conocer su opinión sobre la obra de Jacques Derrida, la desconstrucción y esas ideas que suponía presentes en la antipoesía, el poeta respondió que no más literatura francesa, que no más Cervantes, sólo Shakespeare. “Ya no hay tiempo para el ajedrez, sólo el enigma de Hamlet.”

Después de dos horas de verlo enfrascado en un boxeo de sombras intelectuales, permitió unas fotos, pero sin mirar la cámara. “Me voy con la rubia despampanante que entró hace un rato, mi hija Colombina, tenemos que seguir viendo este asunto de la película.”

Se despidió de mí con una sonrisa cálida y me dijo atrayéndome por el brazo: “Esta casa se la debo al Premio Rulfo, el de la Feria del Libro de Guadalajara, porque la de Santiago se me incendió. Es una casa que me dio México. Una vez me dijo Octavio Paz, ‘te tengo una noticia buena y una mala; la buena es que este año el Nobel será para un escritor latinoamericano; la mala es que no será chileno, será mexicano.' Paz fue esa ocasión el destinatario del Nobel de Literatura. Ya no hay tiempo para el ajedrez.”

Salimos excitados de la casa de Parra; directos a comer un caldo de Congrio en Playa Chica, desde donde atisbábamos el chalet del antipoeta. El frío empañaba los ventanales del restaurante y a unos metros estallaban las colosales olas sobre unas rocas de dimensiones similares. La espuma del mar saltaba por los aires. Se estaba bien allí adentro con los aromas del marisco humeante y el vino Carmenere de nuevo calentando el cuerpo. Ya no escuchaba la conversación de mis amigos; en la cabeza martillaba el estruendo marino y las frases de un Parra, sobreviviente a todos sus hermanos, a todas las historias del antes y después de un Chile de militares y poetas. ¿Cuál es el conflicto que encierra, para un hombre de casi cien años, el enigma de Hamlet? Entre la locura y la lucidez sólo cabe esa pregunta que cultiva el antipoeta hasta el final de su existencia: ¿ser o no ser?


Ilustración de Azarias