Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 25 de octubre de 2009 Num: 764

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

El tono de la vida
ERNESTO DE LA PEÑA

Dos poemas
THANASIS KOSTAVARAS

Nicanor Parra: “Ya no hay tiempo para el ajedrez”
JOSÉ ÁNGEL LEYVA

Brandes y Nietszche: un diálogo en la cima
AUGUSTO ISLA

Treinta años de danza mexicana
MANUEL STEPHENS

Maestro Víctor Sandoval
JUAN GELMAN

Leer

Columnas:
Mujeres Insumisas
ANGÉLICA ABELLEYRA

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Paloma

Con su pan se lo coman, compañera

Los escritores y los lectores tenemos una amiga, una aliada, una compañera de buena ley. Se llama Paloma. Es una mujer generosa, la Paloma; es entrona cuando en contra, es severa aunque siempre sonría: no soporta mediocres. Son sus enemigos.

Paloma ha hecho un montón de cosas por mejorar un poco su barrio, su ciudad y su país. Cosas que antes de ella a nadie le interesaba ponerse a hacer, como lograr que alguien que jamás se había fijado en un libro se pusiera a leer. Esas cosas Paloma las hizo, las hace y las va a hacer siempre a través de su pasión, que son los libros.

Vaya si Paloma sabe de libros, que vivelucharrespira hombro con hombro con su pareja, su novioconfidenteamigo, su marido y compañero escritor de muchos , muchísimos libros: juntos hacen ferias de libros, festivales de libros, obsequian libros, los miman, los preparan, los echan a andar, los propios y los de otros. Gracias a ellos, gracias al cariño que tiene Paloma por los libros es que circulan insospechados libros por sorprendentes lugares: por cárceles, por estaciones de bomberos, por túneles a doce metros bajo tierra y corriendo a cien kilómetros por hora, de una estación a otra, recorriendo como niños aventureros la ciudad más grande, la más poblada, la más enajenada y ate morizante y abigarrada y multiforme y disparatada del mundo. Paloma ha puesto más libros en las manos del peatón que nadie en esta ciudad inmensa, voraz, ruidosa, egoísta.

Y los mediocres le echan en cara que ella, con su compañero y con sus amigos hace estas reuniones que son para todos, para toda la gente, para que el pueblo deje un poco la enajenación y se cultive y no se deje embromar por los falsos profetas de corbata que asolan la nación y el mundo.

Y la ciudad, en lugar de ponderar el trabajo de Paloma, lo demerita. Porque hay gente a la que el trabajo de Paloma, que son esencialmente los libros cuando llegan a manos de la gente, no le importa un cacahuate. No le interesa, no le emociona, no le causa comezón ni risa. Pareciera, en cambio, que hay gente a la que el trabajo de Paloma con sus libros y sus ferias y sus encuentros y sus tertulias de lectores y escritores le incomodan como un bache al frente, que causa como un fastidio, como una molestia. Es posiblemente la gente que no gusta de los libros, o que de plano los detesta, porque es gente que desde algunos puestos dentro de la burocracia de la ciudad se empeña en obstaculizar el trabajo de Paloma y sus colaboradores, y pasa la jornada buscando la migaja para agigantarla con graznidos agoreros, y sólo dedica su tiempo, se diría, a intrigas cortesanas, a entretenerse con el verde mízcalo de sus envidias amargas y sus habladurías de lavadero y sus demostraciones de fuerza y de aquí nomás mis chicharrones crujen, pero en la realidad de a pie no son más que fantoches politiqueros, mezquinos, tontos, arribistas, lameculos, los mediocres que el día que logran retener un instante la estafeta la usan para echar a perder el trabajo decente de otros.

Paloma hacía ferias de libros; llevaba a la plaza de la ciudad más habitada y alucinante del mundo a millones de visitantes, y muchos de ellos volvían ese día a casa con un libro entre las manos. Pero Paloma se vio obligada a renunciar. Era antipática a señoras cortesanas que tienen esposos y amigos logreros, señoras indolentes y estúpidas pero bien situadas en la espiral de los buscapuestos, quizá malas servidoras del público que paga sus sueldos pero estupendas escaladoras del entramado hediondo de escritorios detrás de los cuales cuelga la congelada sonrisa de un papanatas de ocasión, primorosamente enmarcado en tanto permanezca en el poder con su camarilla de indolentes e ineptos alpinistas de puesto público.

Paloma, ya he dicho, no tolera mediocres. Ante maquinaciones y mentiras ha preferido con toda dignidad alejarse de sus proyectos de libros para todos con tal de que los mediocres no los pulvericen. Luchó contra ellos por demasiado tiempo ya, y quién puede culparla por estar harta de tener que ver –y soportar– a mediocres a diario, alzando la ceja, pasando el dedo por la superficie de su trabajo, tratando de encontrar el argumento ridículo con que reprocharle algo. Paloma cree de veras que su trabajo es otro, aquel de darnos libros para que todos tengamos algo que leer. Nos hemos perdido de Paloma y muchos que la conocemos nos solidarizamos con ella y le decimos así: Compañera, ya la echamos de menos. Que los mediocres queden solos. Nosotros con usted. Seremos muchos. Seremos más.