Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 1 de noviembre de 2009 Num: 765

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Una vida en la actuación
RICARDO YÁÑEZ entrevista con MARTHA OFELIA GALINDO

Nota de presentación
MARCO ANTONIO CAMPOS

Bonifaz Nuño, universitario de excepción
JUAN RAMÓN DE LA FUENTE

Poema
RUBÉN BONIFAZ NUÑO

(Boceto de) mi trato con Bonifaz Nuño
FERNANDO CURIEL

Rubén Bonifaz Nuño
JUAN GELMAN

Un universitario llamado Rubén Bonifaz Nuño
JORGE CARPIZO

Un universitario paradigmático
DIEGO VALADÉS

Lowry: el que fue volcán
PAUL MEDRANO

Leer

Columnas:
Galería
SALOMÓN DERREZA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Foto: Barry Domínguez

(Boceto de) mi trato con Bonifaz Nuño

Fernando Curiel

Fío contarme, si no en el círculo de los íntimos, sí en el de los próximos; situación de cualquier manera privilegiada.

Cercano y constante.

Remonto el tiempo.

Arrancan los setenta, década de resaca, desencanto, apagados esplendores. De ahí la lucha armada. De ahí la guerrilla de los Infrarrealistas (todavía ocultos bajo la sombra de uno de los suyos, tocado por la celebridad, el chileno Roberto Bolaño).

Con Bonifaz Nuño me introdujo Henrique González Casanova; ambos inseparables, coetáneos, sabios, independientes, de justificada arrogancia –aunque adobada de un populismo ausente en otros, sólo inseguros–, conscientes de su papel, compartiendo el mismo sastre (los chalecos de Henrique, sobrios, prolongando el palmeado del saco; los de Rubén, atrevidos, entre el dandy y el “crupier”).

El conocimiento de González Casanova venía de atrás, de los tempranos sesenta; él, figura cuyas redes incluían la Universidad (así se decía, la Universidad , a secas; aún no irrumpía la Autónoma Metropolitana) y el aparato cultural; yo, párvulo en las letras; uno y otro vecinos en el corazón de Ciudad de México: él, al frente de una oficina técnica de la Presidencia de la República, yo, secretario de estudio y cuenta en la Suprema Corte de Justicia.

En el campus, lugar de elección de Rubén Bonifaz Nuño salvo alguna breve experiencia laboral extramuros, se empalmaban los tiempos: grandeza pasada, fracturas recientes, contradicciones, crisis, nueva versión del bachillerato (Colegio de Ciencias y Humanidades), agudo conflicto sindical.

La entrevista con Bonifaz Nuño revestía para mí importancia extrema. En un golpe de timón, aspiraba dedicarme, en forma cabal, exclusivamente, a los estudios literarios, frecuentados de tarde en tarde y a salto de mata.

¿Sabía de, había leído a, Bonifaz Nuño? Con denuedo.

Aquejado ya de manía generacional tenía presente la fecha (signo) de nacimiento: 1923; como tenía presente su talante renacentista: abogado, poeta mayor, crítico de artes plásticas, dibujante, doctor en letras clásicas, estudioso innovador de la cultura precolombina, secretario de redacción de la Gaceta de la Universidad en tiempos fundacionales, director de la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, director de la Imprenta Universitaria y de Publicaciones, coordinador de Humanidades (en breve impulsaría la creación del Instituto de Investigaciones Filológicas).

Recio, de contenida rudeza, las facciones trazadas con precisión cortante, tajada a la mitad la barbilla, honda la mirada vigilante, impecable, me escuchó en silencio –pero yo veía chisporrotear s u inteligencia–; fui vehemente, lo convencí, resolvió apoyarme con un contrato por obra determinada.

La siguiente ocasión entramos en materia. Con tino me aconsejó cambiar mi desmelenado plan original de investigación, dedicado al origen y desarrollo del género novela en relación con el Boom, por uno ceñido, alterno, que resultó ser la poética narrativa onettiana. Sabio consejo en verdad.

También me auxilió a definir mi carta de marear académica. De esta suerte nació una relación para mí decisiva, sin tacha aleccionadora.

En la tertulia con Bonifaz Nuño –costumbre para mí de las más preciadas– están las huellas del suceder político desde Echeverría para acá –apocalípticos, nos quedamos cortos–; de episodios de la vida universitaria cuyo entramado el humanista conoce por el derecho y el revés –ya en el campus original con gravitación principal en Justo Sierra 16 y Bolivia 17, ora en el sur pedregoso–; de numerosos proyectos editoriales –unos realizados, otros no–; de su devoción inalterable por la novela de aventuras –Defoe, Salgari, Verne, Zévaco, Haggard–; con una pista riquísima: la donación a la Biblioteca Nacional de ochenta libros, once fotografías, dos discos y dos publicaciones periódicas, parte de su acervo personal; de su relación con Jaime Torres Bodet, de quien, frente a la pavura de colegas –don Jaime se había suicidado–, facturará insuperable páginas necrológicas, esto es, de vida plena, de su vena lúdica –juguetes, máscaras, erudita sapiencia sobre el cómic, incluido Snoopy–; de sus atrevimientos conceptuales –teoría de la palabra basamento de la ciudad, inmortalidad de Roma y Chichén), y de la Pulsera para Lucía Méndez y de mi propia biografía universitaria.

Nombres entrañables se asocian al palique que traza un mapa de los restaurantes del sur de la capital hasta recalar en El Rioja. Marco Antonio Campos, Vicente Quirarte, Hernán Lara Zavala, Humberto Muñoz; los desaparecidos, aún dolorosamente desaparecidos, Roberto Moreno de los Arcos y Gastón García Cantú.

Disparado el proyectil de la evocación, hago blanco en uno de sus títulos, para mí más formativos, estimulantes, de vena vasconcélica. Aludo a su Antología de la lírica griega del año de 1988 (y evoco la dedicatoria inmerecida: “A Fernando, con la amistad y la admiración ya viejas, pero jóvenes siempre, de Rubén”). Dirigía la colección Nuestros Clásicos –ya en el número 71– Augusto Monterroso.

Rubén revela dos siglos de poesía griega –de Calino a Píndaro– a través de los peldaños de una evolución que va de la poesía épica a la lírica pasando por la elegíaca, la yámbica y la mélica o cantada. Quiero suponer que Bonifaz Nuño suscribe, a la fecha del día de hoy, su Prólogo, palabras de finales de los ochenta, él de sesenta y cuatro años.

Hablo de un breve tratado poético; de un alto instructivo para traductores –que cuenta, claro está, con sus oponentes–, y de una dolorosa –y, por qué no, dolida, doliente– reflexión sobre el paso del tiempo, así se posean inagotables –como en su caso– los dones de la creación.

El tratado: las necesidades artísticas de la sociedad, la índole popular de la poesía griega, la suplencia de los dioses y los héroes semi divinos por los hombres, el enfrentamiento aristocracia-democracia, la ciudadanía y el orgullo nacionales amasados por las guerras, la elegía: paso de la épica a la lírica; el perfeccionamiento de los instrumentos musicales, la irrupción del yambo: dúctil artilugio del resentimiento o de la cólera, del vicio, “amargo y violento”; la mezcla, en la lírica mélica, de palabra, canto y danza. El instructivo: traducción literal, “versión rítmica”. La reflexión: mientras la muerte se gana, trabajo de guerrero, en las “primeras filas”, la vejez, por el contrario, odiosa, extinto el poderío del cuerpo –músculos y glándulas, torrente sanguíneo–, guarda una “semilla de humillación”.

Respecto a esto último, disiento. Encuentro todavía a Bonifaz Nuño en las primeras filas del esforzado trabajo intelectual y, pese a las tinieblas que lo envuelven, sus palabras –rabia, decantación, lucidez– iluminan con la lumbre de siempre.

Además –contraseña privada–, suelo tocarle el hombro para recordarle que es inmortal.