Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 1 de noviembre de 2009 Num: 765

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Una vida en la actuación
RICARDO YÁÑEZ entrevista con MARTHA OFELIA GALINDO

Nota de presentación
MARCO ANTONIO CAMPOS

Bonifaz Nuño, universitario de excepción
JUAN RAMÓN DE LA FUENTE

Poema
RUBÉN BONIFAZ NUÑO

(Boceto de) mi trato con Bonifaz Nuño
FERNANDO CURIEL

Rubén Bonifaz Nuño
JUAN GELMAN

Un universitario llamado Rubén Bonifaz Nuño
JORGE CARPIZO

Un universitario paradigmático
DIEGO VALADÉS

Lowry: el que fue volcán
PAUL MEDRANO

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Columnas:
Galería
SALOMÓN DERREZA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
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Martha Ofelia Galindo durante al obra Inmaculada, de Héctor Azar. Foto: Rogelio Cuéllar, 1994

Una vida en la actuación

Ricardo Yáñez
entrevista con Martha Ofelia Galindo

Condiscípula en 1948 de Carlos Ancira y José Solé, alumna de Clementina Otero y, sobre todo, de Héctor Azar, Martha Ofelia Galindo tiene una carrera de, si omitimos el lapso en que el dolor que le produjo la muerte de su madre le impidió actuar, alrededor de seis décadas. Estudió en el INBA y ha hecho teatro infantil, universitario, “carpa” (las famosas tandas), teatro bar, teatro comercial (no está muy de acuerdo con el término) y televisión (telenovelas, series cómicas); cine, con cierta melancolía lo dice, casi no. He aquí un resumen, demasiado apretado, de su historia, y en parte, de su pensamiento.

El teatro es mi vida. Actúo desde los seis años. Es vocación, entrega. Para ser actor o actriz de verdad tiene que gustarte. La carrera te da mucho, pero a veces es muy ingrata.

Debuté en la Compañía de Teatro Infantil de Bellas Artes, con Clementina Otero y Fernando Wagner. Ella fue mi primera maestra. Éramos quince criaturas y quince actores. Teníamos como escenógrafo a Julio Prieto y como músicos a la Sinfónica Nacional, dirigida por Blas Galindo, Eduardo Hernández Moncada, Carlos Jiménez Mabarak… Época de mucho talento, mucho florecer. Allí hice mis primeros pininos. Pero fue por hambre.

Mi madre quedó viuda y fue acomodadora en Bellas Artes, y hubo audiciones para la compañía. Yo salí premiada y allí hice toda mi niñez, hasta los catorce años, cuando mi madre murió. Mi madrina, Lupita Castro, tenía una academia de danza. Me adoptó, me llevó a Mazatlán, donde no había teatro. Instituyó la cultura en Mazatlán. Luego nos fuimos a Los Ángeles, me casé, tuve mi primera hija y me divorcié. Los mexicanos nos juntábamos el 15 de septiembre. Hacían obritas, pero yo nunca dije que actuaba, porque para mí, cuando se murió mi madre, se me acabó la actuación.

Le ayudaba a mi niña en sus clases, actuar nunca. Andaba de asistente. Y salió en los sesenta un concurso. El premio era estudiar actuación en el INBA, con una beca de 400 pesos al mes. Te daban un cuarto en las ahora oficinas del Auditorio. Le llamaban El Habituario.

En Los Ángeles un señor Raúl decidió poner La hermana de su mujer, comedia muy bien escrita, con tres hermanas, que al final son la misma persona con personalidades diferentes.


Foto: Alejandro Meléndez/
archivo La Jornada

Yo era asistente. Y la que hacía el papel que se quiebra un pie, y Raúl me dijo: “Tú eres la única en esa edad…” Y le dije: “Ni de chiste.” Y ni sabían que había sido actriz. “Pero Martha, ya tenemos el compromiso, no podemos quedar mal.” Para acortarle: gané el premio a la primera actriz.

De cuando dejé de actuar a entonces habían pasado quince años; tenía mi vida hecha, trabajaba, mantenía a mi hija. Pero dijo mi madrina: no puedes quedarte acá, tú naciste para actriz. Me lavó el coco: yo te ayudo con la niña unos meses, pero acepta.

Y cuando llegué, Pepe Solé era el director más famoso y Carlos Ancira ya era actor, y empezaron conmigo en el '48. Decían: “¿Qué te podemos enseñar?” Pero yo lecturas no tenía, y le dije a la maestra Otero: “No puedo seguir en esta carrera porque no entiendo las clases.” Me dijo: “Vete a la biblioteca y lees esto y esto”, y así empecé. Y de ahí en más no paré.

En un ensayo se aparece un señor y me dice: “Martha Ofelia, ¿no te acuerdas de mí?” “No.” “Pues a veces te acompañaba a tu casa, vivías por Galeana y como ibas sola tu mamá me decía: si yo tengo que trabajar tenga usted la bondad, Héctor, de llevarla.”

“Pues no…” Y todos se me quedaban viendo como diciendo qué estúpida esta. Héctor Azar era el director de Teatro y pues tanto gusto y ya lo saludaba cada vez más cohibida.

El instituyó el teatro escolar, temporada exitosísima; pero aquí todo es por sexenios. ¿Cómo le hizo para que todas las escuelas del DF acudieran? Formamos una generación de teatro. Eso se debería de hacer, pero con este gobierno…

Estuve allí con Oscar Ledezma y Xóchitl Medina. Donde creo que me gradué, como gente y como actriz, fue con Azar. Con él se inauguró el Centro Universitario de Teatro (CUT), que le quitaron. Pusimos Juegos de masacre, vino Ionesco a verla; Hernán o la vuelta del cruzado, infinidad de obras. En el Arcos Caracol, Inmaculada, dedicada a mí. Se inauguró el CADAC (Centro de Arte Dramático, AC), y pusimos Doña Abelarda de Francia. Estuve mucho tiempo en teatro universitario, hasta que me empezaron a hablar de teatro comercial. Luego salió la televisión. Cine casi no he hecho.

Con Oscar Chávez empecé en teatro bar, y en el Guau con Julián Pastor, Fernando Luján, Mauricio Herrera, Ernesto Gómez Cruz… Con Lupe Vázquez , Ernesto Gómez Santana, Alejandro Ciangherotti, Irlanda Mora y Luján inauguramos El Refugio del Viejo Conde. De teatro bar tengo veintitrés años. Luego vinieron las tandas, con Enrique Alonso. Después Jorge Ortiz de Pinedo, las telenovelas.

En teatro universitario me sentí cómoda con casi todos, pero había en especial un gran actor, Carlos de Pedro. Me pesó mucho que dejara la carrera. Me he llevado muy bien con la mayoría de los actores. Tengo una carrera de sesenta años ya casi, conozco a mucha gente y a mucha le estoy agradecida.

Mi vocación la descubrí cuando vine a estudiar al INBA, pero antes, cuando por inocencia volví, disfruté mucho. No lo analicé tanto, pero sí sentí una emoción muy grande.

Lo que impone el entrar a un escenario, eso yo nada más se lo deseo a Calderón y a su gabinete… y un poquitito más. Por mucha experiencia que uno tenga, el pararse en un escenario, sea Bellas Artes o un granero, es lo mismo: el respeto a la gente es importantísimo. Igual un foro de televisión, un estrado, una banqueta.

Soy muy disciplinada, muy responsable de mi trabajo, y cuando estreno o voy a grabar. Cuando estreno, peor: una semana antes nadie me dirige la palabra. Es una tensión espantosa, me lleno de granos desde el cuello hasta la cabeza, y cuando salgo a escena por arte de magia se me desaparecen.

Cuando empezó a surgir Andrés (Manuel López Obrador) no le puse mucha atención. Después lo fui escuchando y verdaderamente, en el sentido de la palabra, sin que suene petulante, no he visto un líder de esa altura.