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Benedicto XVI, el Concilio de Trento y la Biblia
Carlos Martínez García
E

l papa Benedicto XVI es congruente con sus creencias. Aunque la congruencia en sí misma no es sinónimo de estar en lo correcto. Él, congruentemente con sus premisas, anhela regresar a un estado de cosas anterior al resquebrajamiento religioso, político y cultural del siglo XVI. Pero eso ya no es posible por infinidad de razones. Joseph Ratzinger no lo acepta, porque no lo entiende. Es un hombre medieval.

A pocos días de cumplirse un año más de que Martín Lutero fijó sus 95 Tesis (acto realizado el 31 de octubre de 1517), Benedicto XVI tuvo el tino –¿sería mera coincidencia?– de asegurar que la Iglesia católica es la única que puede interpretar correctamente la Biblia.

En una reunión que sostuvo el 26 de octubre con el Pontificio Instituto Bíblico, el Papa fue tajante al sentenciar que solamente la Iglesia católica tiene la palabra decisiva en la interpretación de la Escritura. ¿De dónde saca tan absolutista conclusión? Pues de un largo entendimiento histórico sostenido por múltiples antecesores suyos, ya que en la tradición católica es a esa iglesia a la que le ha sido confiada la tarea de interpretar auténticamente la palabra de Dios, escrita y transmitida, ejerciendo su autoridad en nombre de Jesucristo.

El monopolio de la hermenéutica lo ejerce la Iglesia católica mucho antes de la eclosión del siglo XVI, porque logra exitosamente contener o de-saparecer los movimientos que la cuestionan y retan.

Hubo diversas disidencias entre los siglos IV y XV que sostuvieron principios semejantes a las reformas religiosas que logran consolidarse en la décimo sexta centuria. Aquellas quedaron en la historia casi como pequeños actos testimoniales de resistencia y heroicidad; las últimas se anidan y trascienden por distintos factores y pasan a ser un polo del cristianismo opuesto al modelo romano.

A las reformas protestantes/evangélicas del siglo XVI la Iglesia católica responde con el Concilio de Trento (1545-1563). Allí se toman varias decisiones, y una es prohibir la traducción de la Biblia a los idiomas vulgares, permitir su lectura e interpretación a los clérigos nada más en la versión conocida como Vulgata Latina.

La Vulgata Latina es prohijada por San Jerónimo (345-419) en el lapso que va de fines del siglo IV a principios del V. Se trata de una traducción del Antiguo y Nuevo Testamento de sus lenguas originales (hebreo y griego) al latín.

En buena medida, el Concilio de Trento reafirma y hace más estrictas las medidas que ya se habían tomado en contra de los herejes cautivados por la disidencia luterana.

En 1522, en Sevilla, el Santo Oficio decomisa alrededor de 450 biblias impresas en el extranjero. Queda para el récord persecutorio de Roma que ferozmente decomisa, ya fuese por sus propios medios o por el brazo secular (los gobiernos que le son incondicionales), las traducciones de la Biblia realizadas en el siglo XVI a lenguas como el alemán, francés, inglés y español.

La estupenda traducción de Casiodoro de Reina, conocida como Biblia del Oso (1569), es realizada por su autor en el exilio. Debe huir de Sevilla, España, para evadir las garras de la Inquisición, misma que al no poder atraparlo le quema en efigie en el Auto de Fe que tiene lugar el 26 de abril de 1562, en la misma ciudad de la que huye Casiodoro.

En el multimencionado siglo XVI el monje agustino fray Luis de León comete la osadía de ir en contra de lo establecido por el Concilio de Trento: no nada más hace traducciones de porciones bíblicas al castellano, sino que también realiza interpretaciones contrarias a la tradición católica. La Inquisición lo encarcela en 1572 durante cinco años por el delito de afirmar que la sección del Antiguo Testamento, el Cantar de los cantares, debe entenderse como un poema amatorio, erótico, entre un hombre y una mujer.

La ortodoxia católica que hoy encabeza Benedicto XVI sigue, en lo que respecta al Cantar de los cantares, con la idea de que el poema es una alegoría del amor de Cristo por la Iglesia y hace malabares para despojar al texto de sus obvias implicaciones eróticas y de amor carnal.

La verdad es que se requiere mucha imaginación para no dar a las palabras su sentido natural. En el Cantar... se habla de caricias y besos a los muslos y las tetas de la mujer que anhela recibir placer de su amado, pero también de darlo. En la introducción al mencionado poema José Emilio Pacheco escribe certeramente que es una celebración del deseo mutuo y la legitimidad y la dignidad del placer (El cantar de los cantares, una aproximación, Ediciones Era, 2009).

Benedicto XVI añora tiempos idos para Roma. Hace siglos que se democratizó la lectura de la Biblia y en sus páginas se han nutrido autores que pudiendo estar de acuerdo, o en de-sacuerdo, con lo allí narrado denotan la influencia del libro en su propias obras.

Grandes novelistas (William Faulkner, Herman Melville, Nathaniel Hawthorne, entre muchos otros), como agudamente ha dicho Carlos Monsiváis, están profundamente marcados por la Biblia: son una derivación no religiosa del Lenguaje Revelado. Incluso la obra magna de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, puede leerse como la añoranza del paraíso perdido. Porque sigue una estructura bíblica: tiene su Génesis, su Éxodo y hasta su Apocalipsis.

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