Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 8 de noviembre de 2009 Num: 766

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Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Los testigos declararon
ORLANDO ORTÍZ

Tres poemas
SARANDOS PAVLEAS

Berlín, ciudad abierta
ESTHER ANDRADI

La calle era una fiesta
YURI GÁRATE

Ossis, Wessis y döner kebab
CUINI AMELIO ORTIZ

La ciudad que más cerca queda de Berlín
LUIS FAYAD

Todo pasaba tan rápido
LUIS PULIDO RITTER

Hombre mirando al este
MARIO VÁZQUEZ

9/XI/1989: Berlín se me hizo cuento
RICARDO BADA

Lo Increible había pasado
TELMA SAVIETTO

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Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

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Por ti sobrepaso cualquier muro. Graffiti en el barrio Kreuzberg 36, Berlín
Fotos: Mario Vázquez V. El Che

9/XI/1989: Berlín
se me hizo cuento

Ricardo Bada

La efemérides me hace recordar una vez más mis viajes desde la República Federal a Berlín Occidental, entre1964 y 1989, durante un cuarto de siglo. Muy poco en la Historia Universal, pero puede ser mucho, hasta demasiado, en la de una sola persona.

En mi caso, y puesto que me gusta viajar en tren, ese recorrido suponía atravesar tres fronteras.

La primera de todas, el Rhin. Quienes somos –convictos y confesos– colonienses de la orilla zurda, no solemos malgastar sino escasos minutos de nuestras vidas en esa otra Colonia que dizque existe a la orilla diestra. Antes de Schengen siempre teníamos la excusa de que se nos había vencido el pasaporte, o caducado la visa, en fin, la cuestión era sacarle el cuerpo a la desagradable tarea de pasar al lado opuesto; “Siberia” lo llamábamos algunos. Pero sea, para viajar a Berlín –por tren o la autopista– hacíase necesario tan amargo trago.

La segunda frontera, Helmstedt, la de la RDA. Ahí subían al tren los vopos (soldados de la Volkspolizei, es decir, Policía Popular) y revisaban y escudriñaban el convoy de arriba abajo, persona a persona, valija a valija; te expedían el salvoconducto de tránsito por su santa patria socialista, embolsándose a cambio (como represalia por esa injuria a tan sagrado suelo) nuestros profanos marcos capitalistas. Y al cabo de un tiempo que nunca podía cifrarse no ya en minutos, sino a veces ni en horas, el tren reanudaba la marcha y accedíamos –herméticamente aislados de él– al paraíso de los obreros y campesinos. Dos horas encerrados a cal y canto, hasta Berlín.

Y aquí no tengo más remedio que volver a recordar las docenas, muchas docenas de veces, que he tenido que agarrar el bolígrafo y dibujar, generalmente en una servilleta de papel en un bar, en una cafetería, el mapa del ex III Reich tal como quedó diseñado para casi medio siglo, desde el final de la guerra: pues lo habitual era que mis interlocutores (españoles, latinoamericanos) tuviesen la falsa noción de que el Muro que dividía Berlín era el mismo que dividía Alemania.

Y no. Las tres cuartas partes occidentales del mapa eran República Federal, la restante cuarta parte la RDA, y en el centro geométrico de esa RDA se hallaba Berlín, dividido a su vez de manera simétrica al mapa: las tres cuartas partes occidentales eran los sectores británico, francés y estadunidense, y la restante cuarta parte Berlín Oriental, el sector soviético, que la RDA consideraba su capital. Dicho de otro modo, Berlín Occidental era una isla dentro de esa fortaleza del socialismo real que fue hasta su estrepitosa caída el feudo de Honecker & Co.

En el tren, al llegar a la tercera frontera, entre la RDA y Berlín Occidental, nueva detención, pasado ya Potsdam. Y el mismo ceremonial de chicaneo que en Helmstedt, sólo que aquí era algo más rápido pues consistía en la recogida o el control de los salvoconductos. Apenas media hora más tarde, no se sabe nunca bien por qué, pero sí que se experimentaba, se notaba hasta en la dilatación de las narinas, uno sentía que estábamos respirando aire libre. El tren corría ya por el inmenso Grunewald. Cada vez más hacia el este retornábamos paradójicamente a Occidente. ¿Por qué no decirlo?: viajábamos de regreso al Primer Mundo.

No conservo la cuenta de las veces (pero no fueron menos de cien) que hice ese viaje de ida y vuelta entre Colonia y Berlín. Nada más que en los últimos años, por mor del ahorro del tiempo laboral, los viajes de servicio los hice en avión. Pero cuando el viaje era privado, siempre en tren. Y siempre la misma cantilena, a la ida y a la vuelta. A la vuelta, por lo general, rodeados de emigrantes polacos, cuando el tren que abordábamos era el Moscú-París, con sus vagones soviéticos que parecían salidos de los desechos del rodaje de Ninotschka.

Ir a Berlín era entonces una inefable aventura, incluía el morbo del contraste con el mundo del bloque oriental, con el socialismo real, con la retórica estalinista. Cruzábamos el Muro como a la busca de una droga de signo contrario, necesaria para darnos cuenta, al regresar, de que todo nuestro lamentarnos de lo mal que andaban las cosas era pura paja mental: ni en el peor de los casos vegetábamos como nuestros amigos en Berlín Oriental.

Y un buen día de noviembre de 1989, el Muro cayó. En febrero del '90 viajé de nuevo a Berlín, a informar del festival de cine, e hice dos cosas que me llenan de nostalgia. Una: me subí a la cresta del Muro, delante de la Puerta de Brandenburg, izado por las manos de quienes estaban allí (y Esther Andradi me fotografió en contrapicado). Y la otra: al día siguiente, paseando con Luis Fayad, el novelista colombiano afincado en la ciudad, nos dimos el gusto de cruzar el Muro por una de las grandes brechas que ya estaban abiertas en él gracias al trabajo incesante de los “pájaros carpinteros”; así llamábamos a quienes armados de martillo y cincel picaron la muralla hasta hacerla físicamente porosa y permeable.

Después, hace diez años, con motivo del X Aniversario de la Caída del Muro, en la solemne sesión del Bundestag, la lista de oradores no incluyó a nadie de quienes libraron a la RDA de las cadenas al grito de “Wir sind das Volk! ” (“¡Nosotros somos el pueblo!”) Lo que hizo aún más vergonzosa y más avergonzante la presencia del canciller Kohl y su ministro del Exterior, Genscher, los dos que contribuyeron como pocos a la eterna consolidación política del Muro: ¿o es que no fueron ellos quienes invitaron una y otra vez a Honecker a visitar oficialmente la República Federal ?, ¿acaso no fueron ellos quienes lo recibieron en Bonn con todos los honores? Me dieron ganas de vomitar. De a deveras. Pero así suele escribirse la Historia: con vomitivos.

Por eso a mí se me hace cuento que comenzó este nuevo Berlín. Por eso casi nunca regreso allá, muy raro es que lo haga. Tengo que confesarlo: me falta el Muro. Nunca me lo podrá explicar nadie. Tanta mentira luego... Tanto monumento conmemorativo luego, construidos gastando millones de euros... pero el mejor, lo derribaron. Nadie podrá explicarme nunca por qué no se conservó, como la cicatriz de una cesárea en el vientre de la mujer amada.

BERLÍN Y EL MURO: MEMORIAS DEL SUBSUELO

Este texto de título dostoiewskiano se entenderá mejor si comienzo confesando que soy cementeriófilo convicto y confeso. Hay algo en los camposantos que me seduce de un modo irresistible, que me arrastra a ellos como un maelstrom. Y hecha la confesión, he aquí el cuento.

Viví en Berlín Occidental desde marzo 1964 hasta enero 1965. Mi apartamento quedaba al nordeste, es decir, la zona pegada al Muro del barrio de Wedding. Para ir al centro lo más rápido era tomar el S-Bahn (el tren elevado urbano) en la estación Gesundbrunnen y viajar a Berlín Oriental, cambiar de andén en el corazón del sector soviético, y regresar a Berlín Occidental con otra línea del S-Bahn o con el Metro. Para este simple trasbordo, todos los habitantes de Berlín Occidental podían entrar y salir del Oriental pasando por aquella estación Friedrichstrasse, otra de las paradojas de la ciudad dividida. Quienes no podían hacer uso de esa estación, en dirección Occidente, eran, claro está, los habitantes de la RDA.

Hice innumerables veces ese recorrido. Y era de veras impresionante cuando el S-Bahn partía de la estación Humboldthain y atravesaba el cementerio Dorotheen II, dividido por el Muro. Pocas imágenes tan brutales de la partición. Nunca terminé de acostumbrarme a ella.

Por dicha guardo otro recuerdo más agradable de panteones berlineses y se lo debo a un amigo argentino, al politólogo Osvaldo Bayer. Le adeudo la visión en su salsa del cementerio de la guarnición de Berlín, al costado norte del aeropuerto de Tempelhof. Es la Estación Término de los grandes hombres de la historia militar prusiana: los Trützschler von Falkenstein, los Stern von Gwiazdowski, los Von Wentzky und Petersheyde, los Von Zeidlitz, el almirante Eduard von Know (Caballero del Águila Negra)... El buen Osvaldo vivía cerca y me llevó una mañana a contemplar el espectáculo que él mismo describiría luego en una estampa inolvidable:

Al cementerio de los generales prusianos le han quitado un trozo de tierra y la municipalidad berlinesa lo entregó a la comunidad otomana. Ahora está allí el cementerio turco de Berlín.

Los muertos turcos van avanzando sobre la tierra de los aristocráticos mariscales. Ya la tumba que mira hacia La Meca del turco Tufanin Ruhima, muerto el 5 de octubre de 1982, está a cinco metros del general Erich Werner August Wilhelm von Livonius. Y siguen avanzando. Son muertos que traen vida: por ese lado el cementerio se puebla los domingos de mujeres con pañuelos en la cabeza y chicos que ríen, lloran y gritan. Es una ofensiva que los generales no esperaban. La vida no se rinde.

Sí que es así, yo he vivido ese picnic dominical y he visto al pequeño Mehmet y al pequeño Alí, jugando al escondite entre los mausoleos de los Von Moltke y los Von-loquefueren.


Contra el Muro, martillo y cincel

Pero la imagen que más vivamente me retrata de nuevo la división de la ciudad se corresponde con un recuerdo de septiembre 1991, dos años tras la caída del Muro.

Estábamos mi esposa y yo en Berlín, invitados por un matrimonio amigo que vivía en la Ciudad Jardín de Spandau, en lo que fuera el extremo más occidental de Berlín Occidental, limítrofe con el Muro que la separaba en este punto de la RDA. Y mirando el plano de los alrededores descubrí que existía un cementerio exactamente al otro lado de donde estuvo el puesto de control fronterizo de la Heerstrasse, la salida de la autopista de Berlín a Hamburgo. Me entró la curiosidad, agarramos las bicicletas de nuestros anfitriones y allá que nos fuimos a visitarlo.

Era un lugar agreste, de vegetación crecida sin control ni poda, todo lo contrario del orden y el esmero que caracterizan a estos sitios en Alemania. Sólo un par de tumbas se veían cuidadas, recién regadas sus flores, recortados sus setos. Y junto a una de ellas, ocupada en esas labores, una pareja de nuestra edad. Me acerqué a saludarlos y me presenté como periodista interesado por el descuido y la incuria que se notaban en este cementerio. ¿Significaba eso que la RDA no permitió enterramientos aquí? “Sí –me respondieron–, sí que podíamos venir a enterrar a nuestros muertos, aunque siempre con custodia policial. Pero no podíamos venir a cuidar las tumbas. Imagínese; con el pretexto de arreglar la sepultura bien pudiéramos cavar túneles hasta el otro lado del Muro, estábamos al lado mismo de él.”

Y esta es la imagen más perdurable que tengo de la falta de humanidad de un régimen que se ufanaba de ser socialista. ¿Qué innoble especie de socialismo es ésa que te prohíbe acudir a honrar a tus muertos? Menos mal que, por encima de esos errores, podemos ver el rostro del socialismo verdadero.

BERLÍN EN CIFRAS

3 millones 416 255 de habitantes. Fundado en el año 1240 . Superficie: 892 km . 510 puentes. 600 iglesias, templos, sinagogas, mezquitas. 18.1 por ciento de la superficie de Berlín son bosques; 6.7 por ciento de la superficie la constituyen lagos y ríos; 4.7 por ciento de la superficie está cultivada; más de sesenta parques y jardines; la mayor distancia de este a oeste: 45 km ; la mayor distancia de norte a sur: 38 km. 108 mil 509 perros; 1 millón 421 687 automóviles; 51 teatros; 170 museos; 54 cementerios (y otra curiosidad es que como Berlín está integrado por la conurbanación de varios pueblos, hay distritos en que las calles tienen la numeración par e impar a cada lado, como en todo el mundo, mientras hay otras en que la numeración es consecutiva, y así por ejemplo el núm. 17 puede encontrarse enfrente del núm. 215).

EL MURO 13/ VIII /1961- 9/ XI /1989

Longitud total: 167.7 km. En placas de cemento: 107 km. Alambrado metálico: 55.4 km. 266 miradores. 136 búnkers. 217 puestos de control. 108 km de trincheras.

Más de 300 mil grafitis (sólo en el lado occidental, donde no les disparaban a los grafiteros); altas cifras mantenidas en riguroso secreto acerca de los conejos muertos por activación automática de las instalaciones de autodisparo en la franja de la muerte, las cuales reaccionaban al paso de un objeto, fuera cual fuese (hasta que las calibraron para que sólo reaccionasen al peso estimado de un ser humano, se supone a partir de la edad adulta).

270 personas fueron asesinadas por los llamados Comandos Fronterizos cuando intentaban huir de la ex RDA. Treinta y tres de dichas personas fallecieron como consecuencia de la detonación de minas.