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Me perdieron la fama, la lana y la dama

Joaquín Capilla, premio Nacional de Deportes 2009, narra su infierno y su recuperación

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Todo mundo sabía que era alcohólico, menos yo, afirma Joaquín Capilla, ganador de cuatro medallas en Juegos Olímpicos, incluida una de oro en Melbourne 1956. El ex clavadista asegura que desde 1987 no prueba la bebidaFoto Luis Humberto González
 
Periódico La Jornada
Sábado 14 de noviembre de 2009, p. a14

Una mañana de 1987 Joaquín Capilla comprendió que estaba solo en el mundo. Habían pasado 31 años desde que ascendió a la gloria olímpica, pero después la realidad se le vino encima, sufrió un infierno terrenal de alcoholismo, depresión y soledad aplastante que lo llevó ese día a los andenes del Metro Juanacatlán con la idea fija de lanzarse a las vías para acabar con todo.

Ironías de la vida: iba a ser el último salto –no desde el trampolín ni la plataforma– del mejor clavadista mexicano en la historia de los Juegos Olímpicos.

A unos días de recibir el Premio Nacional de Deportes más de medio siglo después de sus proezas deportivas, el máximo ganador de medallas olímpicas del país relata aquella mañana que le marcó el destino:

“Ya estaba listo para aventarme a las vías, ahí donde entra el Metro para que ya no le diera tiempo de frenar. En esas andaba cuando, cerca de aventarme, una voz dentro de mí me dice: ‘¿si tú te mueres adónde te vas?’ ‘¿A dónde me voy? ¡De verás!’ Eso me hizo meditar y no me pude suicidar… ¿Quién cree que me habló? Y eso que todavía no era hijo de Dios, pero él sabía que yo me iba a convertir (al cristianismo) para dar testimonio…”

Joaquín Capilla había tocado fondo.

“Me sentía con una gran soledad. Dije: ‘no tengo a nadie, qué hago en este mundo, me voy a matar’. Y me metí al Metro para aventarme. ¡Son locuras!”

Estaba, lo admite, totalmente hundido. Y su caída había sido vertiginosa, sin escalas ni descansos, desde el momento mismo en que había bajado del podio olímpico.

Con cuatro medallas en Juegos Olímpicos (bronce en Londres 1948, plata en Helsinki 1952 y oro y bronce en Melbourne 1956), el clavadista es el deportista mexicano más destacado en la historia.

Pero su descenso también fue en grande:

De los homenajes pasó a la cárcel; de codearse con mandatarios y artistas como María Félix y Pedro Infante llegó a convivir con teporochos; del cine con Tin Tan y Ana Bertha Lepe pasó a la nota roja de la revista Alarma; de oír los aplausos del público llegó al delirium tremens, en el que escuchaba voces y veía sombras amenazantes; del cuerpo atlético que presumía en el trampolín y la plataforma pasó a un encierro de nueve meses sin bañarse y con barbas de indigente… Fue un salto, apenas un salto, de las medallas al alcoholismo.

De la cúspide al abismo

En aquel México de los años 50 el clavadista compartía la fama con Humberto Mariles (triple medallista en ecuestres), el beisbolista Beto Ávila y el boxeador Raúl Ratón Macías.

Éramos los cuatro ases del deporte, recuerda un emocionado Capilla, a quien no le gusta hablar de su pasado de penurias, pero accede porque es su testimonio de la forma en que su fe en Jesucristo le cambió la vida.

Capilla Pérez (Distrito Federal, 23 de diciembre de 1928) habita en Lomas de Plateros, en un pequeño departamento desordenado y con penetrante olor. Vive con su segunda esposa, Carmen Zavala, quien pasa el tiempo en la cama por problemas en las rodillas. Y parte del dinero del premio nacional lo utilizará para comprarle una silla de ruedas con motor para que, otra vez, pueda acompañarlo a todos lados.

El ex clavadista luce fuerte a sus casi 81 años. Acostumbra realizar 20 minutos diarios de caminata y se desvive en atender en solitario a su esposa, quien también tuvo una historia similar de alcoholismo. Se mantienen con una beca (13 mil pesos mensuales) que le dan por su condición de medallista, que, dice, le alcanza para los gastos de la casa.

Prodigioso de memoria, Capilla cuenta a La Jornada su paso de la gloria olímpica al infierno terrenal.

“Cuando fui campeón estuve con el presidente (Adolfo Ruiz Cortines), le enseñé la presea y me dice ‘la gente está dando dinero, le van a dar un terreno en el Pedregal para construir su casa’. Vino Sara García como madrina de mi patrimonio. Y en la fiesta en la que me entregaron el terreno estuvieron María Félix, Pedro Infante, Jorge Negrete, ¡hasta el Presidente fue a mi fiesta! Era una cosa tremenda de cariño y amor de todo México”.

Era la cúspide, antesala del descenso.

Y define: Todo mundo me ayudó a ser campeón olímpico, pero nadie me había enseñado a dejar de serlo para poder vivir.

Después empezaron dificultades en su matrimonio y su mundo se desplomó.

“Fue como una maldición. Y perdí todo, el terreno, no se construyó la casa, perdí mi matrimonio, mi hija, mi mamá, mi papá, el coche, el dinero. Fue una cosa terrible, todo fue pa’bajo y pa’bajo…”

Empezaron las maldiciones

Capilla había filmado una película con Tin Tán y Ana Bertha Lepe, Paso a la Juventud, y tenía ofertas para intervenir en dos más, aprovechando que era el deportista más famoso, pero mi divorcio fue un escándalo y los directores ya no quisieron nada conmigo. Empezaron a venir puras maldiciones porque yo era ateo y estaba tratando de demostrar que Dios no existía. ¿Cómo Dios me iba a premiar?

Se le esfumó también el dinero que había ganado durante ocho años en Estados Unidos por dar exhibiciones de clavados.

Ganaba 600 dólares a la semana: ¡ni Ricardo Montalbán! En esa época, qué bruto, era un dineral, dice, y recuerda que sus últimos clavados fueron en 1964, cuando se le destrozó el tímpano derecho durante la Feria Mundial en Nueva York. Haría una sola pirueta más, en el 68, para inaugurar la Escuela de Clavados de la Alberca Olímpica.

A Capilla lo perdió la fama, la lana y la dama, que define como la vanagloria de la vida.

Y no elude su problema de alcoholismo que padeció durante 40 años y le impidió ser parte de los juegos de México 68.

“En 1968 dije ‘ay, pues seguro me van a llamar para portar la antorcha’. No, fue Queta Basilio. ‘Bueno, para tomar el juramento olímpico’. Tampoco. ‘Bueno, para estar entre los invitados especiales’. No. Y es que yo acababa de salir en el periódico: ‘Joaquín Capilla, el primer accidente de la Barranca del Muerto’ –alza la voz como si estuviera voceando periódicos en la calle–.

“Yo venía manejando a las tres de la mañana. Fui a conseguir más botellas de vino porque se habían acabado en la fiesta. Me metí a Periférico, ‘mira ya lo inauguraron’, con una carcachita que me habían prestado. Llegué a Barranca del Muerto, di en la banqueta y púmbale que me pasa la camioneta por arriba y todas las botellas regadas. Híjole mano, y en estado de ebriedad que voy a la cárcel.”

Su segundo accidente y estancia en prisión fue cuando me quedé dormido a las dos de la mañana. Iba rumbo a mi casa de la Campestre Churubusco y en el primer semáforo que había, porque estaban construyendo el Metro, había tres carros parados y que me los llevó. La señorita que estaba en el primero por poco la paso al asiento de atrás.

No hubo muertos ni lesionados graves, pero aún se le nublan los ojos con el recuerdo.

“Supieron más de mí por mi alcoholismo que cuando fui campeón olímpico. El Presidente había dicho cuando gané la medalla: ‘Joaquín Capilla, ejemplo de la juventud’. ¿Qué ejemplo iba yo a ser? Por eso ni me llamaban…

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El multimedallista Joaquín Capilla narra su paso de la gloria olímpica al infierno terrenalFoto Luis Humberto González

“Otra vez, desesperado, me fui al hospital 20 de Noviembre y fue una cosa espantosa, me quede privado al entrar y me desperté con un curita que me estaba poniendo la señal de la cruz. ¡Ay! ‘No, no se asuste se les pone a todos para que se alivien, porque por poco y se nos va’. ¿Qué pasó? Un infarto… ¿cuál?: ¡era un inflarto, ja-ja-ja!”

Alcohol desde los cinco años

Estaba solo, ninguneado por los que antes lo vitoreaban.

“Híjole, yo me quería morir de tristeza. Era una soledad tremenda. Había perdido todo por el alcohol y no sabía cómo remediarlo, hasta que me dijeron ‘ahí tenemos a una persona que te puede ayudar, de Alcohólicos Anónimos’.

“Me invitó y me fui tapado para que no me reconocieran. ‘No vayan a pensar que soy uno de ellos’, me dije. Y cuando llegué, todo mundo: ‘Ay Joaquín, te estábamos esperando’. ¡Todo mundo sabía que era alcohólico, menos yo! Y a los ocho días de haber oído los testimonios pedí la palabra y pasé al frente y dije: ‘Mi nombre es Joaquín y soy alcohólico’. Tenía 41 años de serlo y no lo sabía. Desde chamaco, desde los cinco años…”

Después de un silencio, explica: “En las fiestas y bautizos yo agarraba las copitas y decía: ‘este es tequila, este es ron, rompope, vermouth’. Empecé a tomar las sobritas y al final preguntaban ¿y Joaquín?, ¡Abajo de las mesas! Ahí, cuete. Y todos ja-ja-ja. Ahí me entró un espíritu de alcoholismo y me seguí hasta los 12 años”.

Recuerda un domingo en que un tío le dio tres pesos. “En aquel tiempo era un dineral. ‘Oye por qué no vamos a festejar’, me dijo un primo, ‘vamos a comprar una botella de rompope’. Y le dije ‘una de anís también’, porque yo necesitaba algo más fuerte. Entonces nos acabamos la de rompope y yo me seguí con la de anís…

“Y al día siguiente me dice un vecino ‘oye Joaquín, ¿qué te pasó?: ayer estabas en la calle toreando los carros (vivía por el Monumento a la Revolución), por poco te mata uno. Si no frena a tiempo, te machuca’. ¿Yo? ¡No!

“‘¿Pues qué, no te acuerdas que subimos las escaleras?, te traje casi cargando. Te puse sentado en el pasamanos, me voltee para abrir la puerta y te fuiste para atrás’. Híjole, sí, es cierto, tenía un chipote. ¡Fíjese: una laguna mental a los 12 años! Pero como después vino la cosa del deporte dejé de beber, pero el alcoholismo siguió progresando…

Salí hasta en Alarma

“Después, cuando terminé del deporte, regresé. En las fiestas el que se emborrachaba era Joaquín y en Acapulco aprendí a beber en ayunas y eso siguió progresando hasta que llegue al límite. Una cosa horrible, los choques, la cárcel, hasta salí en Alarma”.

Deambuló en varias instituciones porque ya sufría de delirium tremens. “Oía voces o hablaba conmigo mismo. Lloraba y reía… una cosa horrible”.

Después de estar en Alcohólicos Anónimos sufrió otro golpe, por una injusticia que me hizo un siquiatra. Pusimos una escuela de natación y al final se quedó con todo, me hizo firmar que yo le podía prestar mi nombre por 25 años y no me pagaba nada. Éramos socios, pero se quedó con todo.

Para entonces ya vivía en su departamento de Mixcoac y no supo cómo enfrentar ese golpe.

“Me quedé encerrado nueve meses, sin bañarme, con unas barbas hasta acá (se toca la mitad del pecho), bien mugroso. Y que me habla por teléfono Carmelita. Ya éramos novios y le dije que viniera. Y que me ve y que trae al peluquero y que me baña.

“Me dio cariño… y nos comimos la torta antes del recreo (risas). ¡Lo que yo necesitaba era cariño! Vivir sin que te quieran, qué feo, pero vivir sin querer es una soledad que la gente va y se suicida, se quita la vida por la soledad…”

Estaba reacio a otro casamiento porque pensaba que “todas las mujeres son iguales, con mi matrimonio, no, uh, me pusieron los cuernos, todas son iguales. Pero cuando conocí a Carmelita le dije ‘me haces el honor de ser mi esposa’ y que nos casamos”.

Y su mujer, quien también había padecido alcoholismo, le enseñó un camino nuevo.

“Un día me dijo ‘oye te invito el domingo a que vengas a una congregación cristiana, ahí le dicen Jehová a Dios’. Yo ya había escuchado los coritos y me encantaban y dije que sí y fui y llegó el pastor y me preguntó si quería recibir a Jesús en mi corazón, y yo dije que sí”.

Fue la solución definitiva

Era 1987, el mismo año en que había pensado suicidarse. Y desde entonces no ha probado ni una gota de alcohol y también dejó el cigarro.

“Fumaba casi tres cajetillas diarias. Después le bajé y cada hora fumaba un cigarro: 18 al día, pero nunca pude dejarlo. Y cuando fui a un retiro con los cristianos seguía fumando, me había llevado un paquete, pero me dijeron ‘agárrelos, póngalos en el suelo y píselos’. Y pum, vino un poder sobrenatural y dejé de fumar. Sin nada de esas cosas de dejar de hacerlo, poco a poco”.

Antes de convertirse nunca había visto una Biblia, pero después la empezó a escudriñar, terminó la licenciatura y maestría y ahora realiza un doctorado en Teología. También es pastor, da testimonio en varias congregaciones e imparte el mensaje a presidentes, secretarios de Estado y banqueros, pero son los más duros.

Capilla es feliz. Dios te alivia de todo: del alma, espíritu y cuerpo. Yo usaba lentes y ya no uso, dice, y recuerda que también pudo rencontrarse con su hija y su nieta.

“Tenía 23 años de no verla, pero hace cuatro me hicieron una entrevista y me dijeron ‘¿no quiere ver a una persona que hace mucho tiempo usted no ve y que lo quiere mucho?’. Ahí estaba mi hija. Nos abrazamos.

Ella se había ido a estudiar a Suiza, quedó en manos de sus abuelitos porque yo estaba mal económicamente. Allá conoció a su esposo y se casó. Una vez que ella estaba en México se fue a Londres y al llegar le dijeron que su esposo, que era un hombre de negocios, había volado de Bolivia a Perú y en Los Andes se perdió. No lo volvieron a encontrar. Mi hija, que es sicóloga, y mi nieta, ya viven en México”.

Y ahora no sólo lo postularon al PND, sino que quedó en el primer lugar de las votaciones. Estar al lado de Paola (Espinosa) y de Cuauhtémoc (Blanco) es un honor, es un privilegio que después de 53 años se acuerden de mí, dice con orgullo.

Pasaron 31 años borrascosos para que Capilla encontrara la paz interior: Tuve que vivir todo ese infierno, pero cuando renací tuve puros frutos.

Quizá lo único que le falta son sus dos medallas olímpicas de bronce.

Hace 22 años hubo aquí un incendio y se quemaron todas las revistas, el álbum que me había hecho mi mamá y se me perdieron las dos medallas de bronce, se chamuscaron todas. Ahora pongo dos de los Panamericanos para enseñar las cuatro, ja-ja-ja.