Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 15 de noviembre de 2009 Num: 767

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La porfiada memoria de Dedé Mirabal
JOCHY HERRERA

Juan Manuel Roca: la poesía en cuadros imaginativos
MARCO ANTONIO CAMPOS

Un ojo de la cara
EDITH VILLANUEVA SILES

Galería Uffizi: metamorfosis
ALEJANDRA ORTIZ

Dubravka Ugresic: escribir desde el exilio
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Ilustración de Narala

Un ojo de la cara

Edith Villanueva Siles

Acudí a una cita con un pediatra especializado en oftalmología porque quería escuchar una segunda opinión con respecto al diagnóstico que le habían dado a mi hija de dos años. Para empezar explicaré cómo funciona el sistema médico de Estados Unidos:

1. Contratar un seguro.

2. Elegir a un médico familiar que acepte esa aseguradora.

3. Para ver a un especialista se necesita tener una “referencia” del médico general, es decir, un papel que avale lo obvio.

Como ya había cumplido con la obviedad requerida no fue necesario volver con mi médico familiar, lo que sí tuve que hacer fue llamar a la clínica y pedir que enviaran la “referencia” al nuevo doctor.

Llamé para hacer una cita y la secretaria me pidió todos los datos, nombre del paciente, compañía de seguro y me advirtió que si no pedía al oftalmólogo I el expediente no podían atenderme. Ocho días antes de la cita llamé al doctor I para solicitar el expediente y tal cual si fuera un asunto del Departamento de Seguridad, necesité redactar una carta que autorizaba al doctor I enviar el expediente al doctor II.

A pesar de que cuando cualquier paciente llega por primera vez a una oficina firma un libro de información general y un formato en donde dice bien claro que el paciente puede tener acceso al expediente en cualquier momento que lo solicite, que es su derecho poder tenerlo en sus manos, difícilmente el paciente puede acceder a la bitácora de su cuerpo.

Como si fuera escribana de oficio, redacté otra carta y la envié por fax.

Dos días antes de la cita llamé a la oficina del doctor I para recordarles que necesitaba que enviaran el expediente al doctor II.

¡Por fin llegó el día! No me monté en un taxi sin antes llamar para asegurarme de que me atenderían. La recepcionista dijo que había recibido el expediente, más no la referencia, pero que no había ningún problema, que ellos se harían cargo.

Al llegar a la oficina la recepcionista me pidió que llenara unas hojas: datos personales, compañía aseguradora, motivo de la visita, etcétera.

A las ll:45, justo a la hora de mi cita, me llamó y me pidió que pasara al consultorio.

–El doctor vendrá a atenderla en un instante –asintió. Me deslumbré y reconocí que hacía mucho tiempo que en mi vida no ocurría nada a la hora pactada.

Mientras leía el diploma otorgado a James A. Deutsch por la Universidad de Harvard pensé que estaba en el sitio correcto, a pesar de que dicho nombramiento nada tenía que ver con la medicina sino con el arte. Mi seguridad estaba respaldada por la idea de que las personas que están cerca del arte son más sensibles y tienen una idea más acertada acerca del mundo.

Me detuve frente a un archivero que cargaba muchas máscaras y esculturas africanas; de inmediato traté de encontrar la relación entre el hombre que pronto nos atendería y esos símbolos religiosos. En el momento en el que me iba a sentar una de las asistentes me dijo que saliera de la habitación un momento porque había un problema con el seguro y era necesario verificar si la compañía aseguradora cubriría el cargo de mi visita.

El coleccionista de máscaras salió y preguntó por qué estaba en el medio del pasillo, la asistente le explicó la situación y él me dijo que de cualquier forma me atendería.

–Alguien ha cometido un error –aceptó–. Hace dos años que no trabajo con esa compañía.

Corrijo: el coleccionista debió haber dicho: la asistente, la secretaria, la recepcionista, la mujer encargada, mi colaboradora, la telefonista, la practicante, la enfermera, la cagatintas, la burócrata, la administradora , la auxiliar, la oficinista, o Petra o Juana se equivocó .

“Alguien” me dijo que esperara. Esperé, esperé como dos años hasta que Alguien anunció que el seguro no cubriría mi visita, pero que el coleccionista podría darme un descuento. Cuarenta dólares por la consulta.

Dos años de espera se dicen fácil, pero después de todo el procedimiento decidí hacer cuentas y pensé que a pesar del error y una vez allí bien valdría la pena pagar y escuchar lo que el eminente artista tenía que decir.

Alguien se acercó de nuevo y me dijo que era mejor sacar otra cita en el hospital en donde James trabajaba y allí no pagaría nada porque seguramente me cobrarían ochenta. Treinta segundos después otro Alguien se acercó y me dijo que si ella fuera yo aceptaría la cita en el otro hospital.

Como tengo la mala costumbre de que mis pensamientos hagan antesala en mi lengua, le dije que me gustaría hablar con el coleccionista porque no entendía la situación.

La asistente número tres salió al rescate del coleccionista hablando un español tan extranjero como mi inglés.

–Le explico –me dijo.

Hasta allí la dejé llegar, sí entiendo inglés y me parece injusto que yo haya tenido que pasar por toda esta absurda situación y si el doctor ofreció una consulta a un precio razonable, la voy a aceptar.

Ella me miró con un allá tú en los ojos y me pidió que esperara a que el graduado terminara con su paciente.

El oftalmólogo se paró frente a mí y olvidándose de su formación artística en Harvard me dijo:

–Señora, yo no trabajo de a gratis y le repito que desde hace dos años que no acepto el seguro que usted tiene.

–Con más razón –le dije–. Su secretaria cometió un grave error.

–Mire –dijo con un tono de ratero– si quiere que vea a su hija va a tener que pagarme 250 dólares de su bolsillo, ahorita mismo y en efectivo, más todos los gastos de la cirugía, si es necesario. Así que usted ya sabe.

Es triste reconocerlo, pero no supe defenderme del asalto del coleccionista y sin decir palabra escapé del consultorio.