Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 15 de noviembre de 2009 Num: 767

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La porfiada memoria de Dedé Mirabal
JOCHY HERRERA

Juan Manuel Roca: la poesía en cuadros imaginativos
MARCO ANTONIO CAMPOS

Un ojo de la cara
EDITH VILLANUEVA SILES

Galería Uffizi: metamorfosis
ALEJANDRA ORTIZ

Dubravka Ugresic: escribir desde el exilio
ADRIANA CORTÉS KOLOFFON

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
JAVIER SICILIA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

Corporal
MANUEL STEPHENS

Mentiras Transparentes
FELIPE GARRIDO

Al Vuelo
ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
NOÉ MORALES MUÑOZ

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Carnita fresca (I DE III)

Como todos los años, la Muestra Internacional de Cine –que con ésta suma su edición número cincuenta y uno–, a cargo de la Cineteca Nacional, viene a nutrir una cartelera de suyo magra, flacura que en estos días patentiza su anorexia, entre muchos otros ejemplos, con los siguientes:

500 días con ella (500 Days of Summer, Marc Webb, E.U., 2009), extenso catálogo de los convencionalismos sentimentales, amorosos, de conquista y de ruptura heterosexuales que privan en el primer mundo occidental clasemediero, que bien podrían ser resumidos, a partir de la famosa definición the american way of life (estilo de vida “americano”, es decir estadunidense), en una paráfrasis sencilla donde sólo se cambie el último vocablo y se le sustituya por feel o quizá love... Perdido el juego de palabras que incluye el título original –“Summer”, verano, es también el apellido de la “ella” a la que alude el título en español–, el espectador es acribillado por una serie que de tan repetitiva parece interminable, de todo aquello que, de acuerdo con la lógica amorosa arriba aludida, constituye un hito, un clímax –un kodak moment, se habría dicho hace no mucho– a la hora en que dos seres de sexo opuesto se sienten atraídos uno por el otro. El argumento es tan elemental, que como remedio a una escasez nunca del todo disimulada detrás de un trabajo fotográfico forzadamente cálido-bucólico en su paleta, tozudamente preciosista en sus encuadres, Webb y compañía recurrieron a un ejercicio de montaje más bien despendolado de corte y pega, a resultas del cual el día 218 de la historia bien puede ir antes del 32, pero después del 427. La paradoja es que ni con dicho tasajeo en el cuarto de edición la película consigue hacerse del más mínimo aire de complejidad estructural –falsa de todos modos, claro está– , ya no se diga de profundidad en el tema que, habrá que suponer, tenía pensado abordar.


Escena de 500 días con ella

Paradas continuas (Gustavo Loza, México, 2009), que parece armada de principio a fin a partir de una idea tan pequeña como debe ser la mentalidad de quienes hacen del albur la joya de su corona intelectual y discursiva. Por alguna razón que este juntapalabras jamás podrá vislumbrar, el irremediablemente bobo jueguito de doble sentido entre la erección masculina y un vehículo automotor habilitado como hotel de paso –leonera ambulante, río itinerante donde ir a echar un palo, para seguir con las metáforas del caso– le hizo creer al director, al guionista y a los productores, que algo “chistoso”, “simpático” o “ingenioso” podía sacarse de un argumento tan chocante y tan endeble como el consistente en que un par de adolescentes alivianados decida ponerle fin a los problemas que ellos y los que son como ellos tienen para agenciarse un lugar donde tener relaciones sexuales. Nadie parece haberse dado cuenta de que, por muy cool que se les quiera dibujar, por mucho que el entorno con el que se les rodea, las “preocupaciones” y las tribulaciones que se les hace experimentar, así como el lenguaje que se les hace hablar, efectivamente correspondan a los cartabones contemporáneos, estas Paradas continuas constituyen una deplorable vuelta a un pasado cinematográfico mexicano reciente que muchos creíamos afortunadamente superado, es decir, ése que tuvo entre sus figuras señeras a Alfonso Zayas, a Raúl Padilla “Chóforo”, a Alberto Rojas “el Caballo”, a un Rafael Inclán que seguramente ya no quiere acordarse de todo aquello, e incluso a un Sergio Ramos “el Comanche”, cuya única misión histriónica consistía en aparentar que eran unos cogelones de tiempo completo, incapaces de pensar en cualquier otra cosa.

De Michael Jackson: esto es todo (This is it, Kenny Ortega, E.U., 2009) cabe decir que, fuera del hecho innegable de que solamente los fans muy fans del occiso popero son capaces de soplarse hora y media enteritas de ensayos y tiempos muertos, protagonizados por alguien de quien ya se saben de memoria lo que hacía, cómo lo hacía y para qué lo hacía; fuera de ese hecho, pues, queda solamente aquello que las buenas conciencias definen como “morbo”. Pero de que aplica, aplica, pues mórbido y no otra cosa es el sentimiento que ha de mover, lo mismo a fans que a la gente normal, el deseo de ver qué estaba preparando en sus últimos días el de la muerte patética, el de las diez mil píldoras, el de la soledad paliada con infantes para, esgrimiendo la megalomanía que lo caracterizaba, hacerse aceptar una vez más por una sociedad cuyo sector más antropófago es precisamente ese que consume talentos, historias de vida y tragedias como la del intérprete de “Ben”.

(Continuará)