Cultura
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Premio Aura Estrada en Oaxaca
Margo Glantz
L

a 29 Feria del Libro en Oaxaca se inicia dando a conocer a la ganadora del Premio Aura Estrada, instituido después de su fallecimiento hace dos años; se presenta su libro Mis días en Shanghai, editado por Almadía. Concurridísimo homenaje a Miguel Ángel Granados Chapa, periodista ejemplar, quien ha reseñado y denunciado los continuos y vigentes abusos del poder en Oaxaca.

Apoyado por grandes escritores como Rushdie, Auster, García Márquez y varias jóvenes escritoras como Mónica de la Torre y Gabriela Jáuregui, el escritor Frank Goldman, esposo de Aura, fundó este premio en su memoria: el jurado de esta primera edición estuvo constituido por las escritoras antes mencionadas, Cristina Rivera Garza, Vivian Abenhushan y quien esto escribe.

Susana García Iglesias ganó con un texto inquietante, Barracuda: de oficio bartender –leáse cantinera– en distintos bares del DF, peluquera, protectora y paseadora de perros, esta joven escritora, nacida en el Centro Histórico de nuestra ciudad, ama la fotografía, la literatura, el jazz, el rock y el roll, canta como Ella Fitzgerald, destruye coches, corriéndolos a gran velocidad, es asidua al box, a la lucha libre, usa mechones morados en el pelo, sus ojos se abren desmesurados y concentra su desparpajo, su enorme fuerza y su carisma en una escritura de riesgo cuyo furor se cataliza como piromanía.

Aura Estrada quería ser escritora, lo declara Frank Goldman en el prólogo a Mis días en Shanghai, y se lo creemos: compartió con ella ese deseo que la impulsaba a convertirse en una verdadera creadora con un tono y un registro originales. Y al leer este texto insólito en donde se compilan sus escritos, su autora no lo declara, lo proclama, es más, lo prueba: Aura Estrada es ya una escritora a juzgar por estos textos y se hubiese convertido en una creadora singular, maligna, lúdica.

Textos que revelan un secreto celosamente guardado en su computadora, el modelo más reciente del antiguo secrétaire donde se resguardaba lo que aún no debía ser expuesto a la publicidad: aquí se reivindica en su forma más exacta el sentido de la expresión inglesa work in progress: dentro de la computadora había diversos tipos de escritos, sus borradores, gérmenes de cuentos y novelas, aforismos, utopías políticas, registros variables, utilización de diversos puntos de vista, cambios de tono y de voz, experimentos que mucho nos dicen de su energía y constancia, de su amor por la literatura, por estudiar sin apegarse demasiado a rígidas teorías.

Sus textos más logrados suelen relatar juegos infantiles con un sentido del humor que ilumina fragmentos de vida cuya circulación es diferente a la esperada con una mirada a la vez maliciosa y tierna. Lo ensoñado, la nostalgia, la inestable condición de un posible futuro hacen de Mis días en Shanghai un cuento entrañable y extraño, que da vuelta sobre sí mismo y en una voltereta se desparrama.

El tema de la rebelión, ya en la adolescencia, se vuelve francamente trágico en otro cuento muy logrado, El envenenamiento de Héctor Cañas Pershing. Aura logra que las cosas se trastruequen y se pongan del revés, con tranquilidad alude a lo más cotidiano, se apoya en minucias casi desechables, pero en realidad esenciales para el desarrollo del relato y, de pronto, de manera imperceptible con un tono desenfadado, la atmósfera y la anécdota se transforman, el relato refuerza su tono fársico, las situaciones se trastornan y del juego inconsecuente de unos jóvenes rebeldes se pasa al asesinato. La narradora se distancia totalmente y nos muestra cómo la protagonista comete su crimen sin culpa, como si asistiese a un experimento y la visión apocalíptica encontrase un solo cuerpo, el del bravucón: una tragedia a domicilio.

Siento atracción por el fragmento, por lo inacabado, por la necesidad de reconstruir, de armar un mosaico o un rompecabezas: por eso me encantó este libro, me produjo gozo su lectura, y también, claro, una grande y profunda tristeza.