Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de noviembre de 2009 Num: 769

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

La mente en papel
ADRIANA DEL MORAL

Contreras para muchos y Gloria para otros
SCHEHERAZADE OROZCO Y SERGIO GARCIA

Pájaro relojero: los clásicos centroamericanos
MIGUEL HUEZO MIXCO

Fernando González Gortázar: Premio América de Arquitectura 2009
ANGÉLICA ABELLEYRA

Poema
ISMAEL GARCÍA MARCELINO

Alexander von Humboldt: el viaje del pensamiento
ESTHER ANDRADI

Houellebecq:
el deterioro social

JORGE ALBERTO GUDIÑO HERNÁNDEZ

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Columnas:
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ALEJANDRO MICHELENA

Las Rayas de la Cebra
VERÓNICA MURGUíA

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ROGELIO GUEDEA

El Mono de Alambre
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Cabezalcubo
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Houellebecq:
el deterioro social

Jorge Alberto Gudiño Hernández

A la hora de los intercambios generacionales, es bastante trillada la arenga que sostiene que el mundo va por un mal camino. Los padres se lo dicen a sus hijos al tiempo que se quejan del proceder de las sociedades, como si la evolución o los avances técnicos y científicos poco tuvieran que hacer frente a una verdad que sueltan sin empacho: el mundo cada vez está peor. Tampoco importan las comodidades de la vida moderna a la hora de culpar al gobierno, al Estado, a la sociedad en abstracto. En ese tenor, la queja pierde sentido para instalarse en la categoría de un mero murmullo antipático que no alcanza a conmover a las nuevas generaciones.

Quizá sea ésa la razón por la que la literatura de corte enteramente social no encuentra su nicho de mercado. Si son pocos los lectores, son menos los que quieren enterarse de la caída en picada hacia la condena universal. Eso no implica que no haya autores que hablen de ecología, de solidaridad, de lo que significa el otro o del aislamiento que vivimos en la esfera tecnológica que nos rodea. En efecto, los hay y en suficiencia. Sólo que su discurso suele sonar moralino, como si estos autores fueran poseedores de la verdad, como si estuviéramos a la espera de una iluminación que sólo nos llegará a través de sus palabras. Corrijo entonces: sí hay un nicho de mercado para esos libros, pero no suele estar emparejado con el de la buena literatura. Quizá porque los lectores preferimos los escándalos a las lecciones, las historias a los regaños.

Michel Houellebecq (Saint Pierre, 1958) lo sabe. Situado en un mundo edulcorado en donde ser políticamente correcto es lo que está de moda, él prefiere ir a contracorriente, ser un provocador. Tan es así, que ha sido sometido a juicios por racismo o por incitar a la violencia religiosa. Juicios que, más allá del escándalo y la controversia, se sitúan fuera del espectro literario y en el cual la crítica la hacen quienes sostienen que sólo ha escrito una trama que se repite una y otra vez a lo largo de sus cinco novelas. Si bien es cierto que es una afirmación extrema, no se puede negar que su obra tiene más puntos en común que otra cualquiera. Su tópico predilecto tiene que ver con el deterioro social.

Quizá por eso plantea personajes decadentes. Inmersos en una sociedad falsamente idílica, cada uno encuentra su forma particular de estallar. Así, los temas se desdoblan, se multiplican. La obsesión de Houellebecq parece descansar en el sexo, que no en la sexualidad. Sus personajes viven en un mundo lleno de insatisfacciones, en donde la búsqueda por el placer no sólo es el punto de partida sino una contradicción constante. Desde una perspectiva añeja en las brechas generacionales, la oferta sexual nunca ha sido tan amplia como ahora. De ahí que aparezcan jóvenes casi niñas, ofreciéndose en prostíbulos asiáticos, o que el amor se vuelva una mera sustitución de parejas con las cuales refocilarse un rato. Pero esa misma libertad limita lo sensual y lo afectivo. Y es en ese límite donde se debaten los personajes de sus novelas, los mismos que, se dice, no son sino alter ego suyos. Baste revisar los nombres de los personajes que aparecen en algunas de sus novelas (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales y Plataforma, que podrían considerarse una trilogía).

A la larga, el conflicto social es un pretexto para encontrarse solo. O se ama o se desea, nunca las dos cosas: es la condena que persiste en sus libros. Pero a esta condena se suman otras voces que se alzan como un bramido que no se conforma. Y es que de lo estrictamente individual, Houellebecq pasa a lo colectivo, de otra forma, el deterioro social no estaría completo. El autor parece alzar la voz para provocar al que se deje. Si ya era un misógino empedernido, ahora debe sumársele un racismo a rajatabla. Sus personajes no soportan lo diverso, mucho menos lo extraño (aunque ellos lo sean más que cualquier otro).

Y sus blancos se multiplican. Del racismo a la xenofobia, de la xenofobia al islam, del islam al fundamentalismo religioso y de ahí a las nuevas religiones que prometen vías breves para alcanzar la plenitud. No es extraño que en sus novelas aparezcan sectas extremistas basadas en dogmas absurdos (La posibilidad de una isla se alimenta de ellas) relacionados con la clonación y los extraterrestres. Es cuando entra en juego la ironía. Burlarse de las instituciones es la mejor forma de atacarlas, qué mejor si se hace con conocimiento de causa.

Los detractores de Houellebecq hablan de él como de un resentido social; sostienen que el temprano abandono de sus padres influyó negativamente en su personalidad, que sus libros tienen un éxito pasajero. Es probable. Sin embargo, a la hora de analizar su obra literaria, el lector no puede dejar de sentir que dentro de ella descansa algo mucho más poderoso que una simple crítica o una mera provocación. Su prosa tiene la fuerza de las mejores; de qué otra forma, si no, podría causar los estragos que causa.

En pocas palabras: sabe escribir y lo hace bien. Sus personajes son complejos, están bien dibujados y actúan de acuerdo con lo que creen. Las situaciones que plantea son posibles, no es difícil sentir que se participa en ellas. La trama está bien orientada, atrapa y conduce a buen puerto. Las escenas que la conforman son capaces de trastornar a los lectores, de obligarlos a lanzar lejos el libro o de seducirlos pese a que esté trasgrediendo sus límites morales. Es entonces donde cobra fuerza la mayor virtud de su obra: en medio del caos de sus aspavientos, subyace una profunda disquisición filosófica orientada a plantear los efectos del individualismo, del desapego, del deterioro social. De ahí que muchos lo rechacen: sentirse identificado no suele ser grato cuando se trata de decadencia.

Al margen de toda polémica, lo cierto es que la obra de Houellebecq (y su persona) es capaz de provocar reacciones extremas. Un argumento por el que vale la pena acercarse a su literatura.