Opinión
Ver día anteriorMartes 1º de diciembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Mercado en México: la subasta Morton
E

sta casa subastadora posee potencial para convertirse en competidora de las subastas latinoamericanas de Nueva York, lo cual no quiere decir que los estimados ofrezcan diferencias radicales.

El jueves pasado el recinto en Las Lomas se encontraba atestado de personas que examinaban con fruición sus respectivos catálogos. Ya no miraban las piezas, sino la pantalla luminosa que daba cuenta de los precios. Es un espectáculo interesante de observar, pues cuando hay puja entre dos compradores, identificables sólo a través de sus respectivas paletas, la obra disputada sube radicalmente de precio, pues la competitividad es inherente a este tipo de fenómenos.

El público responde mayoritariamente a autores cuyas firmas son de sobra o suficientemente conocidas. Por ejemplo: un simpático bronce tamaño bibelot de Juan Soriano salió con un estimado de 50 mil pesos y se vendió en 106 mil, y una naturaleza muerta de Roberto Montenegro, convencionalmente modernista, decorativa y muy bien enmarcada, con estimado de 230 mil pesos, ascendió a 370 mil. Puede considerarse entonces que éstas son ventas estrella, lo mismo que la de un gouache de Joy Laville, el cual duplicó su estimado, de 70 mil a 140 mil pesos.

Unas pequeñas mixiografías de Rufino Tamayo, de aquellas que solían obsequiarse como invitaciones a ciertas exposiciones distinguidas, subieron de 12 mil a 32 mil pesos, pero quienes las adquirieron quizá no paran mientes en que el tiraje es nutridísimo.

El hecho de que determinada obra quede ilustrada en la portada del catálogo supone  un aliciente incontestable, así que el acrílico de dimensiones moderadas, típico de la etapa más reiterada de Carlos Mérida, ascendió de 125 mil pesos a 280 mil.

En cambio, una hermosa técnica mixta de Gabriel Ramírez, artista de la ruptura, estimada a un precio si se quiere módico (8 mil pesos), se quedó sin comprador, pese a ser obra no sólo bien pergeñada, sino difícil de encontrar en el mercado.

Lo mismo sucedió con la finísima acuarela con tres tunas de Luis García Guerrero, hasta donde recuerdo exhibida en el Museo de Arte Moderno durante su retrospectiva hace un par de años.

No queda claro si los adquirentes reparan en la belleza (término obsoleto al parecer) y bienhechura o peculiaridad de lo que se ofrece. Sucedió así que un óleo de formato más que mediano, luminoso, algo deudor de Lilia Carrillo, del zacatecano Alejandro Nava, fue igualmente retirado, no así la composición en lápices de colores, que la verdad es un divertimento de su fallecido coterráneo Pedro Coronel, que se vendió en 60 mil pesos, así que se deduce que el conocimiento del nombre del autor es lo que priva en la adquisición, pues hasta donde sé, Nava, quien tiene aceptación y coleccionismo no sólo en Zacatecas, sino en Oaxaca y en esta ciudad, es neófito en el terreno de las subastas.

A mi juicio la venta más extraña de todas correspondió a un horroroso retrato de María Félix por Sofía Bassi, de quien tanto se burlaba, y con sobrada razón, Inés Amor cuando alguien intentaba equipararla a Leonora Carrington o a Remedios Varo.

Varios cuadros de efecto esmaltado, todos muy similares entre sí, de Leonardo Nierman, encontraron comprador. Sus precios fueron discretos si se comparan, por ejemplo, con José García Ocejo, cuya cabalgata, adquirida en ausencia, subió de 34 mil pesos a 46 mil pesos.

Del recientemente fallecido Byron Gálvez se ofrecieron unas enormes sandías, homenaje y glosa obvia de Tamayo. Estimado en 150 mil pesos, fue retirado de inmediato, cosa que adjudico a que la pieza estuvo sobrexpuesta y también a su poco sensato tamaño, pues en cambio un delicadísimo bodegón de Lauro López alcanzó 58 mil pesos.

La pieza de resistencia fue un paisaje de 1919, de Diego Rivera, obra a mi parecer algo atípica que correspondería a su época cezaniana.

Entre el público no encontró comprador animado a pagar más de un millón de pesos, pero se rumora que posteriormente lo encontrará. Eso dependería de certificados y pedigrí.

En cambio, las ofertas de obras de Sergio Hernández en su mayoría hallaron clientes, incluso una gráfica. De su autoría es la pieza que alcanzó mayor precio en el contexto general de la subasta.

Se trata de un atractivo cuadro en óleo y arena, que obtuvo 480 mil pesos. La otra oferta expensive de su mano, de similar estimado, también buen cuadro, pero cuya figuración plasma pocos insectos demasiado discernibles, no sedujo al público adquisidor.