Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 6 de diciembre de 2009 Num: 770

Portada

Presentación

Bazar de asombros
HUGO GUTIÉRREZ VEGA

Al pie de la letra
ERNESTO DE LA PEÑA

Anochecer
ATHOS DIMOULÁS

Vivir más allá de los libros
JUAN DOMINGO ARGÜELLES entrevista con ALÍ CHUMACERO

La ciudad letrada y la esquizofrenia intelectual
ANDREAS KURZ

Augusto Roa Bastos y el cuento
ORLANDO ORTIZ

Leer

Columnas:
Jornada de Poesía
JUAN DOMINGO ARGÜELLES

Paso a Retirarme
ANA GARCÍA BERGUA

Bemol Sostenido
ALONSO ARREOLA

Cinexcusas
LUIS TOVAR

La Jornada Virtual
NAIEF YEHYA

A Lápiz
ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR

Artes Visuales
GERMAINE GÓMEZ HARO

Cabezalcubo
JORGE MOCH


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Germaine Gómez Haro

Popourrí de conceptualismos en el MAM:
Hecho en casa (II Y ÚLTIMA)

En la entrega anterior (domingo 22 de noviembre) se planteó la compleja relación que existe en la actualidad entre el arte contemporáneo y el público en general. Tomamos como ejemplo la exposición Hecho en casa que se presenta en el Museo de Arte Moderno, la cual reúne alrededor de unos cuarenta artistas de diversas generaciones representados por una amplia selección de prácticas objetuales, instalaciones, registros y documentación de acciones y objetos, ensamblajes, etcétera. Si bien resulta notable el soporte didáctico que complementa esta muestra con el objetivo de crear puentes que acerquen a los visitantes del museo a este género de arte, que normalmente resulta inaccesible, a mi parecer es poco probable que esta finalidad se cumpla. ¿No es ingenuo pensar que alguien que no ha tenido una formación al menos elemental en historia del arte moderno consiga captar lo que es un ready made, o relacionar las obras expuestas con términos tan complejos como “apropiación”, “cosificación” o “fetiche”, con sólo leer las fichas explicativas? Desde mi punto de vista, el problema de la incomunicación entre el público y el arte contemporáneo es demasiado complejo para ser resuelto mediante elucubraciones teóricas que, inclusive, a veces más que sacarnos de la ignorancia nos llevan a la confusión. En un país como el nuestro, en el que los programas educativos oficiales han anulado casi por completo las humanidades, y el acercamiento de los niños al arte se reduce a una que otra visita obligada a museos donde la tarea es copiar las fichas técnicas, ¿qué oportunidad puede tener el gran público de disfrutar un arte que demanda un esfuerzo colosal para su comprensión, incluso a los supuestos “entendidos”? Y un arte que, en muchos casos, lejos de despertar la emoción estética provoca el desconcierto y, no en pocas ocasiones, la irritación y el rechazo. Esta exposición es una buena oportunidad para evaluar nuestra capacidad de asombro, de goce, de disgusto o de intolerancia ante la creación contemporánea que engloba todo tipo de expresiones.

Las obras más antiguas de esta muestra datan de los años setenta y me pareció un gran acierto incluir el ensamblaje Homenaje a Picasso, de Alberto Gironella, uno de los artistas mexicanos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX, quien erróneamente se asocia con el surrealismo, cuando en realidad su trabajo cargado de referencias, paráfrasis e ideas en torno a la literatura y la historia tiene que ver mucho más con los preceptos del conceptualismo. En este sentido, también resultan acertadas las cajas de Xavier Esqueda y Adolfo Patiño, con sus ingeniosos ejercicios de apropiación y reciclaje de objetos cotidianos. Sin embargo, la inclusión de El gran cañón, de Francisco Toledo –una maravillosa escultura de deliberada intención fálica– me parece un despropósito o una asociación totalmente forzada, ya que no encuentro su vínculo con el resto del guión curatorial.

La variedad de propuestas es amplia, mientras que la calidad es bastante desigual. Hay piezas de belleza poética, como las cajas de Yani Pecanins, la instalación de María José de la Macorra realizada con finas hileras de botones que penden del techo dando la sensación de una delicada lluvia, o el estilizado vestido confeccionado con semillas de pepita por Xavery Wolski. En este mismo tenor están las esculturas en Talavera de Irma Palacios y la talla-collage de Laura Anderson. Piezas de gran poder expresivo son los vasos “tatuados” por el Dr. Lakra, los objetos escultóricos construidos con piel de cerdo y acero, de Thomas Glassford, y la irónica instalación titulada Maíz transgénico, de Eduardo Abaroa y Rubén Torres. En lo personal, los documentos de acciones no despiertan ningún interés, salvo el de Silvia Gruner, gran pionera mexicana de este género, cuyas obras son normalmente asombrosas, mientras que la pieza 7 Fósiles, de Jaime Ruiz Otis, podría calificarse como un buen ejercicio de ocio: siete objetos recolectados por el artista hacen referencia a la huella de sus recorridos por las calles de la ciudad… Y ante esta obra –y otras tantas más– seguramente más de un visitante se habrá formulado la gran pregunta: ¿Y esto es arte? La respuesta no está ni en las cédulas explicativas ni en los tratados de historia del arte. Los argumentos que justifican y legitiman el arte contemporáneo se hacen cada vez más barrocos y alambicados, hasta envolverse en sí mismos y rayar en lo absurdo. Qué es y qué no es arte no es el punto a discutir aquí, pero sí cabe dejar abierta la reflexión de que en esta búsqueda obsesiva del artista contemporáneo por la novedad y la “originalidad”, es fácil –y altamente peligroso– terminar llamando “arte” a cualquier cosa.