Opinión
Ver día anteriorJueves 17 de diciembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Ciudad Perdida

Lo que hay atrás de la propuesta calderonista

El bipartidismo tan ansiado

A

fin de cuentas Felipe Calderón admite, reconoce, con la trampa por delante, como es costumbre en el panismo, o mejor dicho, como es costumbre en el poder, que los representantes populares ni son tan populares ni representan los intereses de la gente, y desde algún lugar de su imaginación lanza una serie de reformas legales que poco o nada tienen que ver con la realidad del país.

Gastado que está el disfraz de la democracia, se le trata ahora de remendar con una nueva careta para perpetrar otra infamia y perpetuar desde la supuesta legalidad, con la relección y la segunda vuelta electoral, el poder de los oligopolios que dictan la política en México.

Ya anotábamos en la entrega anterior hasta qué punto el voto resulta vulnerable frente a los dineros que se invierten para comprarlo, qué tan débil es ante el mensaje mediático pervertido, que le hace creer en bondades que nunca se cumplen, y qué tan incierto o inútil resulta si la voluntad popular se burla en las instancias judiciales, que sólo sirven al interés de esos mismos oligopolios.

Para el caso del Distrito Federal, como para todos los demás, relegir no significa calificar, como dice el discurso oficial, sino medir la capacidad económica del mandatario en contra del aspirante, principalmente. Y por eso, someter al que busca relegirse a los intereses de quienes financien sus campañas la calificación ciudadana sólo es la zanahoria, el engaño que pretende impulsar el movimiento de gente hacia las metas que ellos, los del poder, proponen.

La segunda vuelta advierte, sin duda, la exclusión. Planteado como está el sistema político mexicano, ese ejercicio, que en otras latitudes permite dar certidumbre al voto y crear el apoyo ciudadano de quien asuma el mando, en este país sólo servirá para marginar a quien o quienes atenten contra el status quo, es decir, contra la idea que busca perpetuar la misma forma de gobierno que comparten PRI y PAN en alternancia. Por fin el bipartidismo tan ansiado.

No se trata de decir aquí que lo necesario es dejar las cosas como están, sino de advertir las trampas que disfrazadas se ponen ante nuestros ojos para no dejarnos ver las intenciones que encierran. Se podrá creer en una reforma política en el momento en que se proponga, por ejemplo, que se impida, en su totalidad, la intromisión del dinero privado en las campañas, en el momento en el que el dinero público se encadene nada más al interés de la población, cuando los órganos de justicia electoral sirvan para eso, para impartir justicia, por ejemplo. Cuando la idea, en la cosa electoral, sea purificar el voto, cosa a la que nunca se atreverán.

En fin, primero se tendría que cambiar el destino que se ha impuesto al país, para poder creer que los cambios son para hacer no más efectiva la llamada democracia, sino para hacerla participativa, concepto excluido en la propuesta de Calderón, que da certeza de que el rumbo de los cambios planteados servirán, nada más, para afianzar a la oligarquía en el poder.

De pasadita

Por fin la famiglia Arce –Ruth, René y Víctor Hugo– se fue del PRD. No es el remedio completo, pero sí un buen paso para iniciar la operación que libre a ese organismo de los males, de los lastres que hasta ahora han impedido su crecimiento sano. Lo grave del asunto es que quedan en ese partido pequeñas secuelas vivas del mal que tarde o temprano resurgirán con la misma o mayor fuerza que la que ejercieron los desterrados. Así que ojo, mucho ojo.