Opinión
Ver día anteriorMiércoles 23 de diciembre de 2009Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Un astronauta en bicicleta
E

l pasado 3 de diciembre se cumplieron 25 años de la fuga de 42 toneladas de pesticidas de la empresa Union Carbide, en Bhopal, India. Más de 12 mil personas murieron y 150 mil sufrieron –o sufren– graves secuelas. La química que mató sigue matando: en ese entonces fue una terrible avalancha, ahora es de gota en gota. Porque la expansión de cultivos transgénicos se acompaña de mayores usos en herbicidas. Un dato: en Estados Unidos la utilización de herbicidas en la superficie cultivada con variedades transgénicas ha incrementado el uso de herbicidas en 46 por ciento en los recientes 13 años.

El goteo: como tantos días al cerrar el consultorio le quedó pendiente una visita a domicilio. A lomos de su vieja bicicleta partió hacia el rancho de los Quintero. Sus rodillas y los hierros de la bicicleta crujían a dúo entonando una agradable milonga, y así, canturreando se alejaba de la ciudad. A unos 500 metros pasó por los grandes silos de soya y aceleró la marcha, un poco inconscientemente y un mucho conscientemente. Si esos silos salieron del centro de la ciudad y ahora están allí fue por su persistencia.

Ante media Argentina apeló demostrando, con informes y analíticas, que eran causa de muchas enfermedades respiratorias y alérgicas de la población. Pero, a medio kilómetro, de poco servía. Los vientos, que soplan aunque se lo tengan prohibido, reparten polvo de soya por todas las casas.

Si no fuera médico rural, sería médico rural, decía siempre don Rodolfo. Aunque en la Colonia de Malabrigo el Intendente y algunos terratenientes de la soya hicieron bastante para que dejara de ejercer, y para que dejara de ser.

–Dígame, Fausto, ¿qué le ocurre?

–Arrastro mucha tos y dolor de cabeza.

–¿Desde cuándo?

–Pues serán unas semanas, al volver de la chacra. Por allí pasan las avionetas rociando veneno, ya sabe usted, para las malezas, para que sólo se dé la soya. Estaba lejos de los galpones y no me pude proteger.

Quince años contabilizando casos de abortos, malformaciones, hidrocefalia, cáncer de intestino y estómago, úlceras en la piel, melanomas…, registros que escrupulosamente lleva, anota y hace saber. Los datos que aporta don Rodolfo de la Colonia de Malabrigo de todas estas enfermedades son muy superiores a los promedio de cualquier otro lugar. Con sus registros y los de otros sanitarios y sanitarias se construye la lucha de las organizaciones campesinas, de colectivos de mujeres afectadas y de la solidaridad internacional frente al ecocidio de la agroindustria de la soya. Un soyacidio con responsables identificables.

A medida que se acercaba al rancho de los Quintero una inquietud asomaba por su garganta. ¿Sería Gabi, la mayor de los hermanos, con otra de sus recaídas? Gabi creció en los años de los donativos de soya. Era tanta la soya que se cosechaba como el hambre que se generaba. Por eso el gobierno obligó a las empresas soyeras a entregar a la beneficencia una pequeña proporción de esa soya. A las familias más pobres se le regalaban bolsas de soya junto con un recetario: albóndigas de soya, flan de soya, milanesa de soya, espaguetis de soya… y todito a base de soya. Pero las niñas y niños no son vaquitas y su desarrollo infantil fue medio precario.

El rancho marcaba una frontera invisible con los antaño bosques del Impenetrable chaqueño. Las talas de los quebrachos –el árbol portento de los indios wichis– para campos de soya hacían del nombre del territorio una durísima paradoja. Don Rodolfo no sabía aún que cientos de vacas estaban muriendo por la sequía de ese año. Sin quebrachos cantando a las nubes, explican, nunca volverá a llover.

–¡Ahora no! ¿Qué hacía aquella avioneta fumigando los campos? Don Rodolfo se apeó de la bicicleta y se enfundó su impermeable, guantes de motorista y unas gafas de bucear. Un astronauta pedaleando por el Chaco argentino. Al poco vio a Pedro y a su hermano, cada uno de ellos en uno de los lindes de un campo de soya, agitando unos banderines, como haciendo señales desde la proa de un barco. Sus banderines ayudaban a las avionetas fumigadoras a determinar donde regar sus venenos. Y así, campo a campo, actualmente en todo el norte de Argentina, miles de muchachos de 14 y 15 años trabajan como banderilleros para el agronegocio de la soya que alimentará el ganado europeo.

Don Rodolfo corre hacia ellos, grita y grita... salir de ahí. ¡Os riegan con veneno!

Mientras en el traspatio de la casa de los Quintero, la abuela, con una pequeña regadera en su mano, delicadamente riega –con agua, sólo con agua– unas lechugas, unas matas de tomates y otras pocas de judías.

* Ex Director de Veterinarios Sin Fronteras y colaborador de la Universidad Rural Paulo Freire